Luego el cura, con mucha suavidad pregunto al ingeniero:

– Le parece mal, Jose Lorenzo, que vayamos a ver que pasa.

Y Jose Lorenzo se limito a negar con la cabeza.

– ?Pero que pintamos aqui! -dijo un familiar al novio-. ?Vamonos!

Y otra vez el novio, seco y mirando a la pared de enfrente, nego con la cabeza.

Plinio y don Lotario se cruzaron a la acera de los Paulones y echaron a andar calle arriba.

– Yo creo que el cura tiene razon. Vamos a ver que pasa alli.

– Si es que pase lo que pase, don Lotario, es cosa de ellos… Si hubiese aparecido algo sospechoso…

– A lo mejor, el algo esta alli y no lo ha visto nadie. Nosotros tenemos mas costumbre de buscar.

– Bueno, bueno, vamos a echar un ojeo. Para lo que tenemos que hacer. Pero me huele que esto es cosa de faldas o calzones.

Unas gentes hechas corro hablaban rapido, disparandose manoteos y salivas. Otros miraban al novio con la boca abierta. Muchos, y sobre todo muchas, cogidos del bracete, echaron trasPlinio y don Lotario.

– Que cara de estatua se le ha quedado al novio.

– Y sin querer moverse de la puerta de la iglesia, como seguro de que ha ocurrido lo que temia.

– Ahora vas un poco deprisa, Manuel.

– A lo mejor, pero como hay confianza digo lo que siento.

– El palpito. Lo que se me ha quedado muy grabado es que la asturiana se haya largado con el ramo en la mano.

– A lo mejor para darselo a otro.

– No recuerdo que haya ocurrido aqui algo asi desde que hay iglesia.

– Eso lo sabria Paco el sacristan.

– Que algun novio se escuquillase ante la verdad, si que hubo casos, pero nunca a la hora misma de la boda (Lotario).

– Si, hombre, el hijo del hermanoBufandas, el que se hizo el enfermo gravisimo durante cinco meses y vomitaba y todo cada vez que lo visitaba la familia de la novia… Pero una mujer aqui jamas dejo de ir a su boda aunque sospechase que el matrimonio no llegaria a la noche. ?O usted recuerda alguno?

– El matrimonio que menos duro aqui, segun contaba mi madre, fue el de una tal Castra, que dejo al marido a la media hora de acostarse con el la primera noche.

– ?Y que paso?

– Que era un tio deforme, con los culos trabucaos.

– Expliquese, don Lotario.

– Si, hombre, que el culo, culo, lo tenia debajo de la barriga; y la minina detras, como rabo cuando la tenia floja; y paralela a la espalda si se le empinaba.

– En mi vida he oido cosa igual, don Lotario.

– Y claro, ella, asi que vio que su hombre la atacaba dandoleculas, dio un grito que se oyo en todas las cuevas del barrio, y se fue en camison por las calles oscuras.

– Y usted que es veterinario ?cree que puede haber hombres con las verguenzas en la espalda?

– La naturaleza, tan loca como los hombres mismos, cria de todo; mancos antes de nacer, chicos con un huevo grande y dos pequenos en el otro lado; mujeres con las tetas totalmente cubiertas de pelo; sujetos o sujetas, segun se mire, con cono y picha a la vez, y hasta tias que les gusta acostarse con mastines: Comprenderas que al lado de esas monstruosidades y otras mil que ignoro, el que las verguenzas colgantes se hayan quedado rezagadas no es cosa mayor.

Era seguro que cuantos iban y venian por la calle de la Independencia hablaban de la boda que no fue.

A pesar de que ellos caminaban con aire maganto, como si aquello no fuese con ellos, todos miraban aPlinio y a su amigo; y algunos, disimulando, los seguian desde la acera de enfrente.

Aunque la puerta de la casa donde estaba la familia de la novia parecia cerrada, un corro bastante nutrido de vecinos la miraba desde cerca, como en espera de que sus llamadores, tallas de flores y laudes modernistas o la misma cerradura inglesa, pudieran dar de un momento a otro la clave de la desaparicion de Covadonga. Alli vivia Felipe, el hermano del novio, con su mujer, la Recinta y los hijos pequenos. Pues el ingeniero, las pocas veces que venia al pueblo, vivia con su hermana Rosa alla en la calle de La Concordia.

Al ver que llegaban los del Ayuntamiento se abrio el corro yPlinio, con aire indeciso, dio un par de llama- tazos muy secos. Pasaron largos momentos; no abrian. Plinio repitio la llamada y por fin abrio el hermano del novio, Felipe, que los dejo entrar con gusto, aunque cerro la puerta rapido.

La familia asturiana, padres y hermanos pequenos de la novia, estaban sentados, muy juntos, en el sofa del tresillo. Felipe y su mujer Recinta, de pie en el centro del patio. Todos elegantes y con las caras que mandaban las circunstancias. Daba la sensacion de que habian largado de la casa a amigos, vecinos y curiosos. Los asturianos echaron unos ojeos despectivos al jefe de la G. M. T. y al veterinario. El padre, coloradillo, tenia pinta de paisano ricote. La madre, cincuentona, parecia mas clara, mas de ciudad, y los dos hijos, como de dieciseis y dieciocho anos, con aire de estudiantinos.

– Veo que sin novedad -dijoPlinio a Felipe.

– Sin novedad. Sentaos. Aqui, los padres y hermanos de Covadonga.

Movieron todos un poco la cabeza.

– Para que estuvieran mas frescos los acomodamos en este piso bajo.

Y quedo callado. No sabiendo como continuar. Los padres bajaron los ojos.

– Bueno, pues estabamos ya preparados… -continuo Felipe decidido- para asi que nos dijeran que la novia estaba lista, coger el coche y salir para la iglesia… Pero paso la hora y como no llamaban baje a ver que ocurria, y me encontre a estos senores muy asurados porque no veian a la novia por ningun lado.

Callo Felipe yPlinio quedo mirando al senor Lopez, el asturiano bajito, que al hablar siempre sonreia un poco:

– Si -dijo con mucho acento asturiano-, arreglose, ayudada por su madre, ahi en la alcoba donde esta el armario grande con lunas -senalo a la puerta que estaba detras de Plinio-… Y tan arregladina. Con decirle que llevaba el ramo en la mano. Y cuando me disponia a subir para llamar a estos senores -senalo a Felipe- dijome ella: «Esperate un momentin, papa, que voy al bano.» Entrose. Y hasta ahora… Pero mi mujer dice mas…

Plinio quedo mirandola:

– Pues nada, senor, que un ratin antes, vila entrar en su alcoba, en aquella del rincon, y sacar el maletin que metio en el cuarto de bano.

– ?Y que tenia en el?

– Cosinas, las pocas joyas y el dinero que le hemos regalado para el viaje de novios.

– Entonces, a ver si me aclaro, ?antes de entrar con el ramo en el cuarto de bano habia pasado el maletin?

– Si, senor.

– ?Mucho tiempo antes?

– Unos diez minutines.

– ?Y cuando entro con el ramo cerro por dentro?

– No.

– ?Y el cuarto de bano no tiene otra puerta?

– No, Manuel -dijo Felipe.

– ?Entonces por donde salio?

– Seguro que por la ventana.

Plinio, sin decir palabra fue hacia el cuarto de bano que tantas veces habia mentado y senalado, abrio la puerta y miro sin entrar. Don Lotario en seguida estuvo a su lado.

Al fondo, como a un metro del suelo, estaba la ventana bastante grande. Debajo de la ventana, un armarito.

Plinio entro, miro con atencion la superficie del armarito blanco, pero ni en el ni en los alrededores vio nada que le llamase la atencion.

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