– Mira… ?Ya tenemos encima los toldos!
– Tambien, ?no se ve uno las manos en esta obscuridad!
– Y menos si te las lavas tan poco… -se burlo su companero.
– Estas gracioso esta noche, amigo.
– No, si estoy llorando… tengo la cara mojada…
– Seran los pelos. Hace rato que no se te ve la cara -sentencio el jinete.
Los ladridos se habian multiplicado. Por las cuatro esquinas de la noche, sombras increibles de perros, puro hueso y pelambre, se lanzaban entre las patas de los caballos, encabritandolos asustados. Alguno, mordido quizas, lanzo un relincho y el “trac” de unas certeras coces tundio los flacos huesos de un perro que aullo dolorido. El olor de la sangre atrajo a sus companeros y un espantoso jadeo y ruido de quijadas hambrientas, indico la lucha por disputarse los restos del caido. Creeriase ver en la compacta sombra los ojos feroces y las fauces babeantes de los famelicos canes.
3
Entretanto los hombres permanecian indecisos, titubeando en bajar de los caballos en medio de aquella jauria salvaje; una luz brillo entonces y alguien, entre la obscuridad, los invito a seguirlo.
Detras de una alta y negra roca se adivinaba, mas que verse, la silueta de una habitacion humana. Sin apearse aguardaron de nuevo y al rato el indio que los guiaba habia encendido una hoguera, la que despedia una debil llama y un olor insoportable.
– ?Puff! ?Que queman estos demonios? -pregunto el jinete mas cercano, mientras bajaba del caballo.
– De todo… huesos, grasa vieja, inmundicias y algunas raices de calafates -le respondio Bernabe, agregando-: ?Y esta porqueria se dice duena de la tierra!…
– ?Chist!… Viene el cacique Manuel.
Salieron de la ancha y negra boca del rancho, mitad de adobe, mitad de cueros, cuyo frente apenas iluminaba la mortecina hoguera, avanzo Manuel Quilcan, el viejo jefe de la tribu. El anciano, con lento ademan, anejo recuerdo de solemnes parlamentos de igual a igual con los jefes blancos -no podia olvidar que treinta y cinco anos atras, su voz se alzo soberana en el gran parlamento del Limay, al lado de Cheoeque (Sayhueque), Maiufko, Casimiro y otros jefes de rango-, se adelanto hasta quedar delante del resplandor del fuego.
Las llamas vacilantes encendieron con rapidos reflejos los ojos negros del indio, y su rostro de bronce, cruzado de profundas arrugas y algunas cicatrices, brillo fantastico contra el fondo de sombra.
Quizas fue su vejez imponente todavia, tal vez el hechizo que presta a la noche la soledad y el fuego solitario, lo cierto es que los cuatro jinetes detuvieron inconscientemente sus ademanes despectivos, y callados, permanecieron unos instantes contemplando al cacique, que envuelto en grave silencio, esperaba se le impusiera del motivo de la visita.
Su dignidad le impedia ser el primero en hablar. En otros tiempos no era tan facil acercarse a su toldo, pero hoy, vencido y arrinconado en aquel paramo esteril, solo le restaba el silencio, como una lanza rota entre las manos, apenas un arma pasiva empunada con vigor.
Bernabe tosio, revolviendose molesto sobre el recado; estaba mojado y helandose. Maldijo en voz baja su poca airosa llegada y mando apearse a sus companeros, que para hacerlo debieron rechazar a rebencazos a algunos perros audaces que pugnaban por morderlos.
– Cacique, tarde venimos y mojados. Te pedimos un lugar para descansar… manana he de hablar contigo…
Quilcan se acerco al grupo y siempre en silencio extendio la mano abierta. Fue asi estrechando la de cada uno, mirandolos fijamente a los ojos que resbalaban por los suyos, como descubriendo los mas escondidos pensamientos. Cuando hubo saludado a todos dijo en claro espanol:
– Bienvenidos a mi pueblo. Dormiran en mi casa…
– Pero no, jefe, cualquier lugar nos servira… -protesto Bernabe.
– Mi gente es pobre y los blancos delicados… Mi rancho, es apenas una cueva para ustedes -explico Quilcan, desolado, excusandose.
– Muy contentos de dormir en tu casa -acepto Bernabe, temiendo un prolongado debate sobre la mayor o menor comodidad que les ofrecian. En el fondo odiaba por igual cualquier albergue nativo y a no ser por la llovizna y el frio, hubiera hecho el campamento al amparo de un matorral de calafates.
El cacique hizo un gesto al hombre que habia traido a los visitantes y con el se encamino a su toldo. Casi de inmediato figuras envueltas en gruesas mantas de piel fueron escurriendose hacia los toldos vecinos. La familia de Quilean en pleno cedia su puesto a los recien llegados. Cuando todos hubieron salido el jefe indio llamo a Bernabe
– Tuya y de tu gente es mientras esten aqui… -y sin mas, erguido y firme se perdio entre las sombras.
– Maldita bestia -rezongo Bernabe-. Me deja su pocilga como si tuviera un palacio -a pesar de la cordial acogida dispuso una guardia que vigilara la carga, ya depositada debajo de una lona frente al rancho. Hecho esto, los tres restantes se acomodaron lo mejor posible entre los cueros malolientes y calidos aun, que se encontraban extendidos por el suelo, y al rato un sueno pesado reinaba entre ellos.
4
– ?Eh, Pavlosky! ?Sigue lloviendo todavia? -pregunto Bernabe, varias horas despues, asomando la cara fuera del toldo.
– Por suerte no… pero del sol ni muestras… -contesto este, sin abandonar la proximidad de la hoguera.
– Y los paisanos ?andan por ahi?
– No he visto a ninguno, ?solo hay perros! ?Maldito sea, esta lleno de perros hambrientos!
– Bueno, ya termina tu turno y te vas a dormir…
– ?Dormir? Con tantos piojos no voy a poder dormir en un mes. Los siento hasta en la boca…
La queja del polaco fue recibida con grandes carcajadas por sus companeros, que se levantaban ya de sus jergones, rascandose vigorosamente.
– ?Caracoles! Ahi lo tenemos al viejo con su facha de general, y ahora con acompanamiento.
Encabezando a un grupo heterogeneo de hombres, mujeres y chicuelos de todas las edades y vestimentas, desde burdas chaquetas de guanaco, hasta panas rotos y viejos uniformes de la Guardia Nacional, que el gobierno les repartiera en sus expediciones, llegaba Manuel Quilcan a saludar a sus huespedes. En la obscuridad de la manana taciturna, el cortejo marchaba en, silencio detras de su jefe. Saludo este a los hombres desplegados a la puerta del toldo y su saludo fue coreado por sus acompanantes como una salmodia quejumbrosa. Lejos estaban de la arrogancia orgullosa de sus antecesores. Arrollados y diezmados por los vicios y la miseria, eran solamente un rebano resignado que llegaba hasta el blanco con un fatalismo ciego, mas por respeto o por temor, que por interes alguno. De buena gana hubieran ido a esconderse lejos, pues unicamente desgracias presagiaban aquellos energicos hombres cargados de armas. Quilcan trabajo mucho para convencerlos de la inutilidad de querer eludir la presencia detestada, y ahora esperaba conocer los motivos de aquel viaje. Hablo entonces y sus palabras fueron dirigidas a Bernabe, a quien conocia como segundo de Sandoval.
– ?Han dormido bien? ?Todos buenos? ?Y el jefe Sandoval tambien bueno? -la jerarquia de mando otorgada a Sandoval era el mas familiar de los tratamientos para Quilcan. El habia sido cacique desde joven y dar y recibir ordenes eran la esencia de su vida de antiguo guerrero.
– Hemos dormido bien, jefe Quilcan; todos buenos… mi patron Sandoval me manda a verte.
– ?Ah!
– Asi es, cacique, y traigo muchos regalos para todos, ropas, comida y ginebra de primera…
– ?Ginebra? Nada bueno trae la ginebra -murmuro Quilcan- muchos inviernos han pasado por mi toldo y nunca he tomado el agua de fuego… ahora mi gente se envenena la sangre.
Su altiva queja fue interrumpida por una algarada general a sus espaldas. La elocuente exhibicion de una
