sometidos. Sus andrajos pintorescos hubieran causado horror en otro escenario, pero alli se identificaban con la naturaleza salvaje, no para armonizar con ella, sino para hacer mas patente la tremenda iniquidad que los hombres causan a sus semejantes llevandolos a la condicion de bestias. Viendolos marchar bajo aquel cielo sombrio, sobre aquellas tierras desoladas, custodiados como esclavos de un poder arbitrario, se tenia la impresion de que la salvaje y virgen naturaleza se contaminaba del espectaculo y de que aquella semipenumbra era propicia al crimen y la ambicion desmedida. Una larga hora continuo todavia la caravana silenciosa sin que los indios adquiriesen exacta conciencia de su estado. Recien cuando los efectos del alcohol comenzaron a disiparse, uno entre todos, un adolescente tembloroso por el miedo y el intenso frio, se arrimo a Bernabe y en su media lengua, espanola y tehuelche, le dijo:

– Dame, huinca patron, un trago… mucho cansado. -Segui -le ordeno el jinete, echandole el caballo por delante como si fuera una oveja.

– No sigo mas… -fue la desesperada respuesta del desgraciado. Al movimiento que hacian, los restantes, incluso los guardianes detuvieron sus pasos. Los indios seguian callados pero demostraban su inquietud en las rapidas miradas dirigidas ora a los jinetes, ora al campo. Los otros, por su parte, como desarrollando una tactica estudiada se apartaban rodeandolos, con los remington en alto y el dedo en el gatillo.

– ?Vas a seguir en seguida! -grito Bernabe, levantando el rebenque sobre la cabeza del rebelde. Este se agacho y, tomando una gruesa piedra, intento lanzarla a la cara de su apresor. Sono un disparo y el infeliz cayo sin un grito. Sus companeros emitieron alaridos de advertencia y ensayaron una espantada. Semejantes a asustadas avestruces corrian encogidos; pero acorralados y sin armas, caian uno a uno bajo las balas asesinas. Pavlosky derribado de su caballo, luchaba furiosamente contra un indio enloquecido; al fin su vigor abatio al contrincante. El hombre ni grito siquiera cuando la culata del fusil le destrozo la cabeza.

Los gritos de los heridos y las ordenes que daba Bernabe, mientras los caballos saltaban sobre los cuerpos caidos, persiguiendo a los que escapaban, aumentaban el tumulto de la sangrienta escena.

– ?Esta bien, companeros! -advirtio el jefe de la pandilla deteniendo el gesto con que uno de sus hombres se disponia a terminar con un indio derribado entre el barro.

– Levanten a ese que lo llevaremos como testigo del ataque… tiene cara de idiota y servira de descargo.

– ?Arriba vos! -le gritaron y el desgraciado se alzo lentamente, los grandes ojos abiertos con expresion de asombrado terror. Un miedo animal, profundo y manso, lo hacia encogerse tembloroso, como aguardando el golpe fatal proximo a caer sobre su cabeza. No comprendia casi lo sucedido y sus inseguros pensamientos solo retenian el terrible dramatismo de la pelea, los gritos de los companeros dormidos para siempre, el estampido de las armas y el patear de los caballos. Su cerebro, envuelto en una bruma espesa y tan fofa como la del dia, era incapaz de forjar una idea concreta… alguien habia gritado… alguien disparo un arma… y muchos cayeron para siempre ante el, sobre el barro y los coirones, manchando con su sangre las mesetas… las altas y desoladas mesetas por donde sus abuelos corrieron libremente al guanaco salvaje…

Ahora, atras y adelante, a derecha e izquierda, las patas de los caballos resonaban empujandolo, pero, mas piadosas que las manos de los hombres, no fue tocado ni una sola vez.

CAPITULO VII

1

– Patron, ?por la bajada del Senguerr vienen llegando Lunder y su hija! -era Bernabe quien agitado le hablaba a Sandoval.

– Caramba… ?si que es una sorpresa! A ver, ?pronto! Un caballo y salgo a esperarlos. No olvidemos que son nuestros vecinos… ?ja…ja…ja!

Frente a su casa espero el caballo pedido, esforzandose por distinguir a los que llegaban, pero estos, descendida ya la entrada al canadon, se hallaban ocultos en la hondonada que un antiguo cauce del rio excavara al pie del faldeo. Desde la pared norte del canadon hasta el rio que, describiendo una amplia curva, corria por el centro del paso, era un pedregal sin una mata. Desde la otra ribera del rio hasta la pared opuesta, el terreno se ondulaba de pastos y algunas arboledas ponian una alegre nota de color. El camino hacia la salida del sur contaba a su vera con las casas de la compania, almacen, depositos, casa del administrador, otras para peones y grandes corrales, seguros y bien dispuestos en la vega que el rio humedecia continuamente. Mas adelante el cauce se volcaba otra vez contra la falda del canadon y corria alli unos centenares de metros. Esta circunstancia, que permitia una relativa humedad al suelo y la proteccion contra el viento, formaba menucos y bajos donde la vegetacion crecia libremente. Una casita, oculta casi entre sauces y rocas del faldeo, parecia lanzarse, como una blanca gaviota, desde la pared al rio que, ensanchandose, tenia languideces de remanso. A pesar de la fria estacion, pajaros de hermosos colores volaban incansables en aquella manana singularmente calida, luego de una breve nevada de la vispera. La nieve, casi totalmente licuada, habia embellecido en limpias tonalidades el paisaje.

Sandoval se encontro con los viajeros a poco de cruzar el vado que ofrecia el curso del Aayones. Los que llegaban eran tres: Lunder, su hija, y Ruda, el inquieto espanol que habia vuelto, presuroso, desde Loma Redonda, a comunicar sus temores a su amigo Lunder.

– Encantado, amigos, de verlos por mi casa -exclamo el administrador estrechando las manos de los visitantes-. ?Han tenido buen viaje? -pregunto, estudiando las expresiones de los tres, pues tanto Lunder como su hija se mantenian en una estricta y estudiada reserva, atentos solo a retribuir las muestras de interes de su interlocutor. Ruda, desde luego, incapaz de disimular sus pensamientos, era un espejo abierto a todas las suspicacias.

– El viaje ha sido excelente… ?gracias! En realidad mis caballos son capaces de hacer la distancia en un galope… y los jinetes, modestia aparte, no desentonan con sus cabalgaduras.

– Sobre caballos no discuto, usted entiende de ellos mas que yo. Ahora sobre jinetes, afirmo que por lo menos su hija no tiene rival.

– ?Gracias! -respondio Blanca con desacostumbrada gravedad.

– Pero, ?que ocurre?… La noto tan seria hoy.

– Sera el cansancio del viaje -intervino Lunder.

– ?Pues entonces vamos a descansar -exclamo conciliador Sandoval- ?Adelante, senores! -anadio, apartando su caballo. Blanca quedo entonces flanqueada por Sandoval y su padre. Tras ellos seguia Ruda mordiendose las guias de sus lacios bigotes que semejaban a los de un viejo mandarin. Sus largas piernas caian desmesuradas empequeneciendo al nervioso caballo que montaba.

Blanca Lunder, con chaqueta, pantalones y botas varoniles y la cabeza cubierta de un gorro de pieles era la imagen de un efebo austral. A pesar del cansancio y las pesadas prendas que vestia, su figura resaltaba con una impresion de salud y belleza luminosa. Su cuerpo, como un junco joven, se mantenia airoso sobre el caballo, acompasando su marcha tan perfecta conjuncion de gracia y destreza.

Llegaron a la casa de Sandoval. Varios peones se hicieron cargo de los caballos. Con ellos se fueron hacia los corrales, bajo la direccion de un viejo criollo de noble y reservada estampa, que, con la medida cortesia de los hombres de campo, alzo su mano hasta el ala de su gastado chambergo flexible, mientras contemplaba con ojos velados por una imperceptible huella de nostalgia o tristeza, la resplandeciente presencia de Blanca en aquel escenario de hombres. Una mestiza vieja y gorda, llena de genuflexiones y zalemas, acompano a la muchacha al interior de la casa, con la actitud obsecuente y maliciosa con que la regenta de un serrallo introduciria a la nueva favorita. Poco mas tarde se encontraban reunidos de nuevo en la sala-cocina y Lunder quiso exponer el motivo de su visita.

– Luego, luego, estimado vecino. Nada de negocios todavia. Vamos primero a probar el asado que ya estara a punto. Voy a mandar que lo traigan aqui.

– ?Por que? -interrumpio Lunder-. ?Donde lo hacen?

Вы читаете Conquista salvaje
Добавить отзыв
ВСЕ ОТЗЫВЫ О КНИГЕ В ИЗБРАННОЕ

0

Вы можете отметить интересные вам фрагменты текста, которые будут доступны по уникальной ссылке в адресной строке браузера.

Отметить Добавить цитату