– En el galpon de la esquila -respondio Sandoval.
– Y bueno… ?vamos alla, entonces!…
– Claro pues -apoyo Ruda que se mantenia silencioso.
– Pero, ?y Blanca? ?Prefiere usted comer aqui? -dijo Sandoval, levantando sus ojos hacia Blanca, que estaba como ausente de la conversacion. Una sensacion indefinible de disgusto la mantenia extrana y distante.
– Voy a ir con ustedes. No sera la primera vez que como asado en un galpon, ni tampoco a campo abierto -y miro a Sandoval mientras hablaba… Y los sombrios pensamientos no la abandonaron. “?Sabia aquel hombre el ataque al indio? ?Que habian hecho de los otros que, segun Ruda, trajeron al Paso?”. El administrador estaba ante ella, sonriente, correcto como de costumbre, con sus modales tan diferentes de todos, pero que inconscientemente obligaban a Blanca a mantenerse alerta, indagando en aquellos ojos huidizos que resbalaban sobre ella como tocandola. Sin saber por que la recorrio un estremecimiento.
– ?Vamos! -exclamo encabezando el grupo. Sin chaqueta, con el ajustado pantalon de montar dibujando la cadera firme y excitadoramente suave; la blusa modelando el pecho apenas pronunciado pero turgente bajo el pano, con el rubio cabello en riadas de luz sobre los hombros, Blanca resplandecia hermosa como un milagro de las pampas.
– ?Dios! -musito deslumbrado Sandoval-. ?Que mujer!… ?En que he estado pensando todo este tiempo?…
Ruda, que marchaba delante, dio vuelta la cabeza y sorprendio su mirada. Sandoval estaba palido y tenso; sobre su frente se hinchaban perceptibles las venas. Ruda habia observado miradas asi dirigidas a Blanca, pero esta vez se sobresalto. Sin saber por que imagino una viscosa serpiente deslizandose a los pies de la hija de su amigo. Siguio caminando esforzandose en aparentar tranquilidad.
2
Sandoval, que sabia ser agradable cuando se lo proponia, los entretuvo con festivas ocurrencias durante la comida, de tal manera que trascurrieron dos horas largas sin que se mencionara el motivo del viaje de Lunder. Pero este no olvidaba y de pronto pregunto a Sandoval:
– A proposito, ?empezo ya a alambrar?
– Todavia no -respondio Sandoval- ?por que?
– Pues que segun me dijo Ruda trajo gente de Quilcan para hacerlo.
– ?Oh si!… Pero, ?es que no saben lo ocurrido?
– Ni una palabra -afirmo Lunder, dirigiendo una rapida mirada a Ruda.
– Mi gente tuvo que contener a esos locos a tiros… Cuando venian, quisieron apoderarse de los caballos y los viveres que llevaban. Usted sabe como se ponen de bravos a veces; tengo dos hombres heridos… ?Imposible contar con esos brutos! Pero ellos pagaron con sus vidas…
– ?Matarlos!… ?Pero es posible que para defenderse hayan tenido que matarlos? -pregunto Blanca horrorizada.
– Desgraciadamente. Se trataba de la vida de mis hombres o la de ellos.
– ?Y eso que le adverti a Bernabe que los indios no sirven para peones! Ahora no dira que sabe manejarlos. ?Linda manera de convencer! -casi grito Ruda excitandose.
– Calmese, amigo -advirtio Sandoval fastidiado-. No voy a permitir que ningun indio me mate a la gente. ?Asi tenga que acabar con todos! Quedo uno… ahi lo tengo y servira de descargo y testigo de lo que afirmo.
– ?No va a informar a las autoridades?-pregunto Lunder sublevado ante la cinica declaracion del administrador. Estaba sintiendo unos locos deseos de aplastarle la cabeza. Comprendiendo su impotencia para adoptar medidas energicas, le dolia permanecer indiferente. Despues de todo eran tambien sus intereses los que peligraban. Sandoval habia mostrado su juego: arrasar todo lo que le estorbara, y los indigenas de Quilcan iban a tener que defender el pellejo duramente o emigrar. Su pregunta hizo que Sandoval, tomado de sorpresa, quedara un momento indeciso ?jamas penso el en autoridades!
– ?Con el invierno encima? Por empezar, no puedo distraer hombres hasta Rawson, y ellos no van a mandar a nadie hasta vaya a saber cuando… No, don Guillermo, voy a defender esto con mi gente ?y pobres de los indios si quieren pelear!… A menos de que Ruda los convenza de que se vayan de mis tierras… Mientras, cuide sus campos y sus animales, mi estimado amigo, porque el invierno sera feo y a los paisanos les gusta mucho la carne y poco el trabajo.
– Por mi parte seguire pasandoles las raciones de siempre… Asi quedo convenido con el gobernador cuando me otorgaron las tierras… Ahora, sobre esa idea de que
– ?De ninguna manera! Quilcan es viejo y ha nacido en la zona. Estos tehuelches se aquerencian y no les gustan los cambios… menos en esta epoca. ?Adonde quieren que se vayan?… A proposito de indios: ?le conto Bernabe algo sobre un encuentro en la cordillera? -pregunto el espanol, mirando con acrimonia a Sandoval.
– Algo me conto… -respondio este, sin aventurar nada. ?De que estarian enterados estos entremetidos?
– Detras de Bernabe y Pavlosky llego hasta mi casa un araucano todo golpeado que parecia venir persiguiendolos. -explico Lunder.
– ?Como? ?Eso si que es sorpresa! Pero vea, don Guillermo, los indios son taimados y siempre buscan la vuelta para carearnos la responsabilidad de lo que les ocurre… Ya le habra inventado alguna historia desoladora…
– No este que le digo -interrumpio Lunder friamente-. Todavia no ha dicho una sola palabra… y no parece un indio del monton, tiene algo… personalidad, eso es.
– ?Que ave rara sera entonces! -sentencio Sandoval despectivo.
– ?Por que? -interrumpio Blanca, hasta ese momento silenciosa-. Ya veo que usted no concibe a los paisanos sino como bestias… ?acaso no tienen ellos tambien alma y sentimientos? ?No se les puede exterminar como animales daninos! La tierra no puede ser conquistada asi… tan brutalmente, rearandola con sangre inocente…
– ?Oh! Usted no puede comprender esto -se defendio Sandoval-. Aqui no se trata solamente de sentimientos. Estas tribus viven de lo que nos roban y si no hacemos un escarmiento no acabaremos nunca.
– Den cuenta a la autoridad, al gobierno si les parece. Castiguen al ladron ?pero a el unicamente! -Blanca se exaltaba. La pasion que ponia en defender a los indios le resplandecia en los ojos y encendia sus mejillas.
– Mi querida nina, ?nadie pretendera acusarnos de matar indios por gusto, ni nunca ha sido esa nuestra intencion! Nos atacan y nos defendemos; eso es todo… Por otra parte el gobierno no sabe que hacer con las tribus y en buena hora si le evitamos el problema -le contesto Sandoval, procurando persuadir a aquella inesperada fiscal de sus actos. Adivinaba en ella una fuerza desconocida capaz de enfrentarlo, y el descubrimiento lo enardecia de una colera subterranea.
– Un momento -interrumpio Lunder, buscando razones mas solidas que las sentimentales de su hija. Demasiado comprendia la poca influencia que ejercian en Sandoval.
– Perdon, papa… esto mas solamente. ?Quiere decir, senor Sandoval, que esa gente debe resignarse a ser siempre atropellada? Que sin armas y borrachos puedan pretender atacar a cuatro hombres armados y a caballo…
– Vea, Blanca; en principio no puedo hacerme eco de sus fantasias, ademas… -concluyo brutalmente- yo no he venido a la Patagonia a hacer literatura, sino plata, y a discutir mis actos con hombres.
– ?Como se atreve! -exclamo Blanca, estupefacta.
– Muchacha ?por favor! -intervino Ruda, queriendo conjurar la crisis-. Vaya un momento. Sandoval en parte tiene razon – entre hombres hemos de tratar este asunto -y miro con rabia al administrador.
– ?Es increible! -dijo Blanca, irguiendose altanera mientras se marchaba.
– Escuche, don Mateo; ya le han hecho el gusto… vamos ahora a tratar entre hombres, como usted quiere… -dijo Lunder gravemente, cuando Blanca se hubo alejado-. Dejemos de lado los sentimientos de mi hija…
– Que admiro pero que no comparto -subrayo Sandoval, queriendo atenuar la mala impresion causada. Interiormente se maldecia por su arrebato.
– Asi sera. Pero volviendo a lo nuestro: ?sabe usted si su politica de atemorizar a los indios no se volvera en contra suya? No tienen ya donde ir y la Compania no perdera nada con dejarlos en paz. La violencia contra esos
