gran damajuana de vino que Pavlosky levantaba en alto, habia roto la reconcentrada circunspeccion de los indigenas, mas habilmente que cualquier discurso. Los indios con ademanes y voces reclamaban el licor, fuego liquido en que quemaban su ancestral melancolia.

Quilcan grito y llamo en vano; nadie lo escuchaba y entonces volviendose a Bernabe que miraba sonriente el espectaculo, dijo:

– Ya ves, nada atienden… ?Que quieren ustedes de mi gente?

– Ya lo esta viendo… Que se diviertan un poco.

– De balde no caminan tanto los blancos.

– Queremos gente para trabajar… Vamos a alambrar muchas leguas… hasta los valles de la cordillera…

– ?Mas todavia?… Antes mi tierra era una sola carrera de guanacos ligeros.

– Cuidado, Quilcan… La tierra es del gobierno grande y la reparte al que la trabaja -le reconvino Bernabe, adoptando un tono severo.

– Y a nosotros nos deja las piedras y el viento. ?Es tambien el gobierno grande el que lo manda?

– Usted debe saberlo -se soslayo el interpelado, disimulando un fastidio-. Bueno; hoy es fiesta, cacique, y deje a su gente que se divierta…

La fiesta se hizo general pese a la fina llovizna que calaba inexorablemente y a la baja temperatura. Los indios se reunieron en un dilatado circulo, en cuyo centro se ubicaron los mas ancianos controlando los viveres, que por turno eran entregados a la voracidad de los festejantes. Asi al principio, pero cuando el alcohol empezo a dejar sentir sus efectos, aquello se convirtio en un pataleo desenfrenado.

Un primitivo instrumento de cana agujereada, la trutruca, dejaba escapar con regularidad una nota aguda y en falsete, que acompanada por el ronco golpear del tambor de cuero de guanaco, producia una melopea deprimente y embrutecedora. La barbara musica termino por sumir a todos en un enervamiento agotador. Bajo la lluvia las cobrizas figuras danzaban ahora con catalepticos quiebros del cuerpo, acentuando los movimientos con roncos alaridos. La dantesca orgia, vigilada por los cuatro atentos diablos blancos, emponchados y al abrigo de la lluvia, siguio interminable toda la manana y la tarde. Solamente los hombres intervenian en la danza. Las mujeres marcaban el compas rodeadas de chiquillos y de perros.

Se espesaba ya el penumbroso dia cuando un jinete entro en la tolderia en sostenido galope.

– ?Quien sera? -pregunto inquieto Bernabe, a uno de los suyos.

– No tengo la menor idea -contesto el otro.

– Bueno mira, anda a verlo entonces y traemelo antes que hable con Manuel Quilcan -ordeno Bernabe sin abandonar su gesto preocupado.

Al rato volvio el emisario. Venia solo. Al verlo Bernabe se lo quedo mirando interrogador.

– Tiene malas pulgas el tio ese… -rezongo a manera de excusa el hombre.

– ?Pero quien diablos es?

– Ruda, un gallego amigo de Quilcan…

– Ah… lo conozco- ?Sospechara algo? ?Que dice?…

– Nada que yo sepa -contesto el interrogado-. Solamente que vendra a verlo cuando…

– ? Cuando que?…

– Bueno… dijo que “cuando le venga bien”…

– Compadre el hombre. Esta levantando mucho el gallito -sentencio rencoroso Bernabe-: Cuida esto, voy a ver donde anda la visita -termino con sorna.

Se alejo con dificultad entre los indios borrachos, apartando los perros a puntapies y frente al toldo del cacique se detuvo observando al recien llegado que pugnaba por traer al anciano a su cabal sentido; pero el indio, saturado de vino, se mostraba insensible a cualquier llamado. Aquella vez Quilcan, claudicando hasta con su repudio al alcohol, se habia emborrachado lastimosamente.

– Escuche ?maldito sea! -le gritaba Ruda-, ?pero si es una cuba este buen viejo!…

– Buenas… -interrumpio Bernabe acercandose.

– ?Es…! ?Usted anda en este embrollo?

– Despacio, companero… ?Que esta diciendo?

– ?Bah! no me dira que los indios se emborrachan con agua… Y ustedes no les traen el alcohol de balde… - subrayo Ruda.

– Vea, companero, no se ponga pesado… nada tiene que hacer en esto. Don Mateo nos da ordenes y nosotros las cumplimos. La gente se divierte un poco: ?que mal hay en eso? ?Bastante falta les hace! Por otra parte es la unica forma de convencerlos de que se vengan unos cuantos con nosotros…

– ?Para que, si puede saberse? -pregunto extranado Ruda. No dejaba de inquietarle la repentina solicitud de Sandoval por los indigenas. ?Que se traia encubierto? Bernabe era sin duda el que ataco al que estaba en casa de Lunder y maldito si le interesaba el bienestar de los paisanos. Pero el estaba solo -los indios ni se daban cuenta de su presencia y de los compinches de Sandoval no cabia esperar nada bueno. Resolvio callar lo que pensaba. Oyo a Bernabe entonces:

– Queremos peones para alambrar los nuevos campos concedidos. Necesitamos mucha gente.

– Ah, si… esta bueno. Sin embargo ellos como peones no sirven gran cosa…

– Cuestion de saber llevarlos -recalco el otro, sonriendo fugazmente.

– Tal vez… -dijo Ruda, caviloso y nada convencido.

– Y a usted ?que lo trajo con este tiempo? -pregunto Bernabe. Le intrigaba cada vez mas la intempestiva presencia del espanol.

– Nada, pues; mi acostumbrada visita a esta gente. Siempre atiendo sus problemas. Pero ya veo que no hago falta y me vuelvo cuanto antes.

– Aja… -aprobo el hombre de Sandoval satisfecho.

Don Pedro sentia crecer sus sospechas viendo el estado de los indios. ?Emborrachandolos para trabajar? ?Bueno esta el asunto! Algo habia entre medio… Algo siniestro sin duda. Ademas Bernabe demostraba mucho interes en que se fuera.

Siguio aquella tarde la tremenda fiesta y Ruda, apenas descansado, monto de nuevo y, sin despedirse de nadie, se dispuso a volver por el mismo camino que lo trajo. Se iba ya cuando alcanzo a observar los preparativos que Bernabe y su gente realizaban para llevarse a los indios hacia el Paso. Elegidos como un rebano, los pobres diablos, aun mas embrutecidos por los efectos del vino y la danza, se agrupaban bajo la atenta vigilancia de sus ocasionales protectores.

Ruda tuvo un gesto de impotencia y se perdio en el neblinoso amanecer.

CAPITULO VI

1

Avanzaban los indios flanqueados por los hombres a caballo. El sendero, ondulando hacia los puntos mas altos del terreno, estaba convertido en un pequeno arroyo, por donde el agua de la lluvia descendia a los bajos. Las duras planicies no mostraban mas que neneos y coirones y espaciados calafates, puro ramas y espinas. Apenas si, en el faldeo de algun canadon, breves montes de raquiticos algarrobillos modificaban la monotona linea de las mesetas. Habia disminuido la lluvia, y el cielo, siempre encapotado, era un extenso techo gris que parecia tocar los sombreros de los jinetes, proyectando sus figuras en desmesuradas proporciones. Los caballos fatigados por la marcha entre el barro y las piedras, a duras penas mantenian un paso desparejo y cansino.

Los indios, infinitamente mas desgraciados que los caballos, andaban como sonambulos en noche de brujas. Bajo el hechizo brutal de la tremenda borrachera, adelantaban sus pasos por instinto, sin conciencia del porque y a donde iban. Solamente unos cuantos calzaban rusticas botas en garron de guanaco, pero entre los agujeros del cuero podrido y gastado asomaban grotescamente los dedos. Los restantes estaban sencillamente descalzos y aun cuando no sufrian por ello, no dejaban de sentir el filo de las piedras y la mojadura constante a que se hallaban

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