estimaba. Fue asi conociendo por los relatos del viejo la historia de aquella familia de cristianos rubios, que venian de muy lejos, pero cuya hija, nacida en las pampas, era como un lazo que los libaba a la nueva tierra. Al oir nombrar a Blanca. Llanlil murmuro:

– ?Huanguelen! -y su voz de varon fuerte se dulcifico, como si el vocablo, referido a Blanca adquiriese una significacion misteriosa rudamente poetica, pero digna de aquel hombre del desierto, que atado a la tierra por primarias necesidades, no olvidaba la luminosa feria del cielo. Para el Blanca cobraba, por influjo de su apasionado y creciente sentimiento, las dimensiones de una estrella distante.

El dia en que Blanca partio con su padre y Ruda al Paso, Llanlil anduvo mas reconcentrado que nunca. La casa se le antojo vacia sin la presencia de ella. Por algunas palabras escuchadas al azar entre el capataz y Roque, se entero que volverian al anochecer e inconscientemente sus ojos siguieron la marcha del sol en su sereno derrotero. Tambien el sol se oculto entre nubes de tormenta y su reprimida impaciencia aumento. Al llegar la noche salio a la puerta del galpon y alli se mantuvo inmovil, desafiando el frio penetrante. La obscuridad lo envolvio y se sintio solo, doloridamente solo, mientras el viento silbaba entre los arboles una cancion dulce y extrana. Un caballo relincho en el denso silencio y luego todo quedo otra vez sumergido en la paz del sueno. Unicamente Llanlil velaba, tan excesivamente alerta que a cada instante creia escuchar los caballos bajando el lejano sendero de la meseta. Pero las horas pasaron con indiferente lentitud y el indio continuo en su tensa espera. Envuelto en el poncho no reparaba en la fina lluvia que amortiguaba los sonidos, hasta que, imperceptible casi, escucho el rodar de una piedra por la ladera. Despues el agudo silbido de Lunder lo sorprendio atento avivando la llama de su farol. Llamo todavia a Juan que dormia en los fondos de la casa, y juntos salieron al encuentro de los viajeros.

Lo que ocurrio despues, el peligro corrido por Lunder y su decision en auxiliarlo, obraron en el como una inesperada valvula que descargo de su pecho la tension de la paciente espera.

Escapo en la noche, feliz, lleno de una alegria imprecisa pero apasionante y la soledad de antes se le antojo infinitamente lejana; el viento entre los alamos un canto varonil de la pampa; el rumor sordo del agua una melodia inagotable brotando de la tierra. Mas fuerte que el odio sentia crecer el amor.

2

A la manana siguiente Frida y su hija comprobaron angustiadas que Lunder estaba enfermo. Mas seriamente quizas de lo que el mismo se imaginaba.

– ?Pero no sean zonzos! -rezongo viendo sus rostros alarmados y el atareado afan de prepararle tecitos caseros-, si no tengo nada, el frio de la mojadura nomas. Vamos -, ?a volar que me levanto! -pero cuando quiso hacerlo, la rueda que parecia bailar en su cabeza giro y giro enloquecida… y Lunder se desmayo por primera vez en su vida.

Hasta Llanlil, que con Ruda se ocupaba en el corral en reparar una tranquera, advirtio algo raro al ver llegar corriendo a Maria en busca del espanol.

– ?Venga, don Pedro!…

– Donde tu quieras -bromeo Ruda.

– Como para gracias estamos… Venga, que la nina Blanca lo necesita.

– ?Pero que pasa? -quiso saber este sin abandonar las tenazas y el rollo de alambre que ocupaban sus manos.

– Casi nada. El patron esta enfermo… -respondio Maria, todavia agitada por la carrera.

– ?Caracoles… lindo momento elige! Como si no tuvieramos bastantes lios -y se marcho con zancadas vigorosas.

Llanlil escuchaba inmovil y en silencio, pero cuando Maria, demasiado preocupada para reparar en el, se disponia a regresar a la casa, la detuvo tomandola del brazo.

– ?Que le pasa ahora? -pregunto la mestiza algo asustada.

– ?Muy enfermo el patron? -dijo Llanlil a su vez. Su serena figura, alta y cenida, y su noble rostro disiparon los temores de Maria, que sintio en su brazo, estremeciendola, aquella presion, fuerte y suave al mismo tiempo. Vagamente deseo que el demorase la actitud, pero ya Llanlil la soltaba, interrogandola con los ojos.

– Y… no se pues… -contesto finalmente, desviando la mirada confusa.

– ?Ah!… -murmuro el indio, mientras Maria corria ya hacia la casa. Cuando ella volvio la cabeza, todavia Llanlil seguia inmovil, pero no la miraba a ella. Sus ojos ardientes estaban fijos en la casa entre los alamos y tampoco la veian. En los labios le moria una sonrisa triste.

?Que pasaba en aquella alma esforzada?… Ni el mismo podia descifrar los sentimientos que lo embargaban. Ansiedad… temor… o esperanza. A su alrededor sorprendia naturalezas vagamente inseguras y aunque ignoraba la causa, se sabia fuera de aquel circulo de inquietudes. Solamente el comprendia las inseguras senales del futuro. En Blanca advertia una fuerza, intensa y total como la suya, y como ahora ella era sacudida por el dolor, le angustiaba esa pena que no podia remediar.

Hubiera querido darse entero; ofrecer su brazo y su corazon, pero… ?Si apenas era un pobre indio! ?Quien repara siquiera en un indio? ?Un indio!… -pensaba amargamente Llanlil y su dignidad y el fuego de su raza crecian en el como una llamarada. ?De que eran capaces los blancos que el no lo fuera?

Siguio trabajando maquinalmente, hasta que al fin abandono tambien sus tareas y se marcho lentamente siguiendo la linea de la alameda. De golpe se inmovilizo como un poste, incapaz de avanzar o volverse. Frente a el y sentada en un tronco caido, Blanca contemplaba ensimismada el rio lejano. Estaba palida y tensamente abstraida. Sus ojos, como queriendo velar la claridad del dia o la huella de una lagrima, se contraian, marcandole una leve arruga en la frente.

Cuando Llanlil, librandose de la torpeza que lo inhibia, se dio vuelta para marcharse, las hojas que tapizaban el sendero lo delataron con su crujido.

– ?Llanlil, venga! -el llamado partia de ella, no cabia duda, pero igual dudaba todavia.

Volvio a pasos lentos, los brazos caidos a lo largo del cuerpo, buscando aquellos ojos inolvidables con los suyos de aguila. Sentia un curioso cosquilleo en la comisura de los labios y un vivo calor en el rostro. Blanca lo aguardaba de pie, serena y bondadosa, sin la menor senal de temor ni orgullo.

– Acerquese… quiero agradecerle su ayuda a papa… fue muy generoso y valiente de su parte… -le dijo, tendiendole la mano; ?a el a Llanlil, el solitario cazador de las montanas! Su mano vigorosa rozo apenas los dedos de Blanca y se quedo aguardando sin saber el mismo que aguardaba.

– Roque me dijo su nombre, ?es asi, verdad? ?Suena tan extrano! -le decia la hija de Lunder, pero a el le costaba salir de la embrujada zona de sus ojos luminosos.

– Si -se oyo responder y con gesto nervioso se quito el sombrero.

Tampoco Blanca supo a que obedecia la pregunta trivial que formulara, ni las que siguieron:

– Tambien me dijo que usted ha curado por completo. ?Eso es cierto? -y como el asintiera con una inclinacion de cabeza, concluyo-. Todos nos alegramos de eso -y quedaron callados.

Sobre ellos el viento rumoreaba una musica sorda en las copas de los alamos. La infinita y multiple presencia de la naturaleza los envolvia y circundaba en un anillo encantado y en el se confundian sin pensarlo, sin saberlo tampoco, ajenos a los caprichos que cinen las existencias mas dispares, pero conscientes del mutuo deslumbramiento. Los dos sentian en las venas el jubilo y la prepotencia de la tierra. Llanlil como una atadura ancestral; ella como un llamado inexcusable que la asociaba al destino de las pampas, a sus gentes, a su dolor y a sus esperanzas. Cuando al fin se hablaron nuevamente, lo hicieron como antiguos camaradas igualados en identico sentido de la vida.

Fueron bordeando las alamedas, aspirando el sutil aroma del campo, escuchando el murmullo del rio que se deslizaba lejano y apenas visible, admirando la estampa de los potros que se atropellaban recelosos al advertirlos, mientras que en las proximidades de las lagunas, las avutardas planeaban en circulos sobrevolando pesadamente el campo. El paisaje revelaba limpidamente su escondida belleza y maravilla. Pampas y cerros se alternaban hasta esfumarse en el reverberante horizonte.

Llanlil relato con breves imagenes su rabia ante el despojo de que fuera objeto, y los detalles mas salientes de la persecucion por montanas y mesetas. Hablaba un espanol tan aceptable, que sin ser rico en expresiones llegaba directo a la comprension de Blanca que, intrigada, quiso saber los origenes de Llanlil.

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