recien llegado.
– ?Vaya, usted por aqui, padre Bernardo! -exclamo queriendo incorporarse.
El padre Bernardo se lo impidio con un gesto, al tiempo que le decia:
– Quieto, don Guillermo, no se mueva demasiado. ?Que me dice? ?Y quien lo libra ahora de mis sermones? ?Eh! Alma rebelde… Pero se que usted se levantara pronto.
– Ojala fuera asi, necesito hacerlo cuanto antes. ?Pero no puedo, que diablos! Parezco un pollo mojado…
– Bueno, no blasfeme y sanara mas pronto; ya lo vere luego, pues si no se opone sere su medico ?del cuerpo! ?eh!
Lunder miro al misionero, cuyos ojos hablaban mejor que los labios de su fe, e inexplicablemente se sintio liberado de una vaga inquietud.
4
Tiempo despues, ya lejanos aquellos dias en su ministerio patagonico, el padre Bernardo trazo un vivido panorama del cuadro que observara durante su estada en casa de Lunder:
– En aquella casa estaba ocurriendo, a no dudar, algo muy especial. Todos sus habitantes parecian vivir un clima de inquietud y de expectativa. Esperaban o temian algo inminente y no tardo en comprobar que el indio tenia su parte en aquella situacion. Pero no era la causa; el tambien esperaba… y estaba atento en la tensa espera. La enfermedad de Lunder era mas grave de lo que el mismo suponia y transcurrian aun largos dias de postracion antes de producirse su restablecimiento. Mientras tanto, su mujer y su hija afrontaban la lucha con distinta entereza. Pero donde note la mas profunda trasformacion fue en Blanca. Aquella alegre y despreocupada nina que conociera en mi excursion anterior, habia cedido paso a la mujer, pujante, con todos sus atributos, y tambien, en la repetida dramaticidad de la mujer, con todos sus problemas.
“Y de pronto todo se aclaro para mi. Comprendi que ella estaba ante su propio asombro y confusion, asistiendo al nacer del sentimiento mas dulce que anima a las criaturas… al amor. Entendi asimismo que Blanca lo intuia sin explicarselo y entonces me di a adivinar hacia quien iba dirigido aquel sentimiento. Conocia a casi todos los hombres jovenes de la zona, que eran muy pocos por cierto y al final mis deducciones los fueron descartando uno a uno.
“No fue posible determinar a ninguno. No dire desde luego nada referente a las confesiones que una mujer pura y limpia de corazon puede hacer a un sacerdote; pero comprendiendo que ella callaba lo mas importante, el conflicto de su alma, decidi esperar que su inclinacion a la verdad la llevase paulatinamente a confiarse con su viejo amigo y consejero.
“Entretanto reuni un completo panorama de los sucesos ocurridos en los ultimos tiempos y medite mucho en el papel que Sandoval jugaba en la ocasion: ?he de decirles cuanto horror y compasion despertaba en mi, quien, como el, se embrutecia en su afan de dominio?… Dura prueba en verdad para aquellos seres alejados de todo consuelo divino y aun humano, enfrentando la violencia de la naturaleza y de sus semejantes con armas de violencia y de codicia. Solo la fortaleza que dan la fe y la certidumbre de nuestra verdad en la tierra apuntalan las virtudes capaces de sobrellevar tantas penurias. En tal medio ?como no inspirarme serios temores el despertar a la vida total de Blanca Lunder!
“Aquel estado de ansiedad colectiva iba, en su hora, a provocar la tragedia… y el pobre corazon apretado de angustias y presentimientos, unicamente podia hallar seguridad en la oracion y la espera de los altos designios del Dios eterno.
CAPITULO IX
1
Entre tanto el invierno, como una cerrada carga de guerreros fantasmales, avanzaba inexorable desde el oeste. Los dias cada vez mas frios y cortos, obligaban a apresurar los trabajos de la estancia. El sol brillaba palido y continuamente era ocultado por espesas masas de nubes que cubrian el cielo. Una pesada tristeza parecia flotar en el ambiente del valle…
– Ya lo sabe, Blanquita, a menos que me echen, pienso pasar el invierno con ustedes… ?Me merezco unas vacaciones!
– Echarlo, padre… ?Si usted es realmente un enviado del cielo! -protesto con vehemencia Blanca, oprimiendo la mano del buen padre Bernardo-. Lo que hare es enviar un parte a Rawson, para tranquilidad de sus superiores y amigos.
– ?Ah claro… y van a privarse de un- hombre solo para asegurar mi tranquilidad! Mandar mensajes, ?no faltaba mas!
Ruda, que chupaba su pipa cerca del fuego, interrumpio:
– No, padre, tenemos un peon que quiere reunirse con los suyos. Ese se va y no vuelve. De todas maneras lo haria lo mismo.
Juan, distante como de costumbre, contemplaba la estufa que enrojecia el imperio de las llamas. Apenas si movio la cabeza cuando Blanca le dijo:
– Ya sabe, Juan, manana mismo despacha al gales para su casa. Le entrega su caballo y otro de los nuestros. ?Ah!, encarguele lo deje en la Gobernacion, en deposito.
Maria habia entrado en ese momento y se atareaba manejando platos en el gran armario construido con lenga cordillerana. A pesar de su seriedad le brillaba una chispa picaresca cada vez que sus miradas se cruzaban con las de don Ruda.
– ?No quiere que la ayude, Maritornes? -pregunto este.
– No gracias… y sepa que soy Maria Torne -contesto la aludida-. Siempre le fue mal con los gringos ?no es cierto?
Ruda lanzo una carcajada y respondio: -Eso te crees tu… ?A que no haces la prueba? -Ya se quisiera, ?veanlo al presumido! -replico ella alegremente.
El padre Bernardo, acompanado de Blanca salio afuera. Hacia frio y el firmamento tenia limpideces de cristal. Un silencio calmo se extendia a lo largo del valle, en el que la nieve caida formaba un manto blanco, desdibujando los contornos de la casa y los corrales. Numerosas estrellas parpadeaban incesantes en el cielo intensamente azul. El anciano se sintio envuelto en un aura de belleza, que la mano prodiga de Dios derramaba como prueba de su infinito poder. Por su parte Blanca, atada por mas inmediatos designios, imaginaba con las estrellas un apasionado dialogo, poblado de interrogantes ansiosos, que su alma formulaba timidamente, pero cada vez con mayor persistencia.
– ?Que noche tan hermosa! ?Verdad, hija mia? -pregunto el sacerdote, acariciando la mano de la muchacha.
– Si, padre. Tan hermosa y sin embargo tan tremendamente terrible. Mi corazon no deja de temblar y ni aun de dia me devuelve la paz… ni tampoco la oracion. ?Por que, padre… por que?
– Tu mejor que nadie has de saberlo, y Dios naturalmente, para quien nada permanece oculto. ?Pero de donde nace tu angustia? ?A que o a quien temes; o mejor quizas: por quien sufres?
– ?Ah!, si pudiera contestarme yo misma esas preguntas… Sufro por mi padre y por algo que siento en mi corazon. Como estas tierras y estas aguas que se hielan en la superficie, guardo en el fondo una llama que me consume. No existe para mi otro mundo que este, padre; siento que me debo a la tierra y a ella tienden como raices los hilos de mi alma. ?Por que entonces el valle y la montana parecen esconder hoscamente el eco de mi voz y ya no me siento a mi misma como antes? ?Por que la noche me trae tristes pensamientos y me niega el descanso? ?Por que sufro asi?… Tengo miedo de mi propio secreto.
