– No siempre anduve cazando en las montanas -aclaro el indio-. Entre hombres buenos que ensenan a querer a un Dios muy grande fui levantando mi estatura.
– ?Y donde fue eso? -pregunto Blanca.
– Alla mas al norte… en las Colonias. Cuando mi gente cayo en Apelegg, en la ultima pelea grande, ellos me llevaron. Aprendi el dibujo de las palabras en los libros y muchas cosas mas, pero igual me volvi a las montanas a ser libre como mi padre y el padre de mi padre, todos guerreros de Arauco.
– Bien, pero no todos hacen lo mismo. El trabajo tambien da libertad al hombre.
– No sera aqui, Huanguelen -murmuro Llanlil subitamente ensombrecido.
– Huanguelen… ?Que quiere decir? -pregunto ella.
– Estrella… -aclaro Llanlil, sorprendido en su secreto Aquel nombre aplicado a Blanca, resumia el sentimiento que lo abrasaba. Sintio ahora la rapida mirada de Blanca y torcio la cabeza, entre confundido y hurano.
Estaban cerca del rio. El pasto tierno era suavemente ondulado por un viento atemperado pero constante. De los pequenos charcos que la lluvia habia formado en los bajos, se levantaban ruidosos patos silvestres. Una pareja de flamencos erguia sus flexibles cuellos. Algunos teros alborotaban con sus chillidos, mientras que los pajaros, indiferentes a la presencia de los dos, seguian persiguiendose y saltando entre las matas. De los corrales llego el relincho de un potro semejante a un llamado profundo e intenso.
Avasallada por confusos pensamientos, Blanca se detuvo.
– Volvamos, mi padre esta enfermo y yo aqui, paseando…
– Mire, patroncita… yo… -empezo a decir Llanlil, pero Blanca, con inexplicable brusquedad, lo interrumpio diciendole:
– No me diga patroncita… usted es libre y puede irse cuando quiera… Y no vuelva a llamarme… Huanguelen…
Llanlil sintio de pronto una fria colera prendiendo peligrosas chispas en sus ojos. Tuvo impulsos de tomarla entre sus brazos poderosos y arrastrarla como el viento enloquecido arrastra a una brizna en ondas sucesivas por el aire. Sin embargo se quedo alli, viendo como Blanca se alejaba, algo inclinada, la brisa jugando con los cabellos que escapaban del gorro. Y cuando estaba mirandola con toda la atencion puesta en su figura, vio a su frente, a gran distancia, un jinete que descendia por la bajada del valle. La cabeza de Blanca le impidio la vision un momento, pero en seguida volvio a mostrarse el solitario viajero.
Blanca regreso a su casa con el corazon oprimido y agitada por las mas diversas emociones. Al volver por la alameda advirtio a Mordiscon, su caballo favorito, levantando la magnifica cabeza reluciente por el cerco del corral. El tostado parecia reconocer a su duena. Cuando ella se acerco, lanzo un relincho profundo y prolongado, dejandose acariciar la frente sin temor. Blanca la miro y los grandes ojos del animal, extranamente expresivos, le parecieron dos espejos diminutos y brillantes. Un largo sollozo le broto incontenible, llenandole los suyos de lagrimas. Aquella emocion desconocida parecio contagiarse al caballo, que manoteo las jarillas del cerco, como queriendo atropellarlas. Blanca lloraba sin saber ella misma la causa, mientras la manana luminosa le doraba los cabellos y la naturaleza renovaba el excitante prodigio de la vida. Los cantos de los pajaros, el griterio de los teros y el distante balido de las ovejas le llegaban lejanos y confundidos. Un velo de lagrimas le empanaba la vision y los altos alamos se deformaban en tanto ella, luchando por serenarse, corria presurosa, huyendo, rechazando un nombre y un rostro varonil que, como una mascara de bronce, de ojos ligeramente almendrados, la miraba silenciosa entre los arboles y la seguia mirando todavia al trasponer la puerta de la casa aquietada en su actividad desde la enfermedad de su padre.
Maria vino de la cocina y al verla echada en su cama con la cara oculta entre las almohadas, ahogando sus sollozos, la tomo suavemente de los hombros, como si tratara a una chiquilla entristecida, murmurando palabras de consuelo.
– Pero nina, ?nina querida!… ?Todo pasara! No se ponga asi. Si su mama la ye en ese estado se afligira mas todavia…
– ?Oh, Maria! ?Soy mala! Aunque no lo creas no lloraba por papa sino por mi… ?Oh, yo tambien quisiera saber que pasa!…
– Bueno, querida; ya pasara todo. Usted no es mala. Algo la inquieta. Todos andamos inquietos estos dias…
– ?Es cierto, Maria?
– Caramba nina; ?no me haga caso! ?Ve? En cuanto digo algo me hago un lio. ?Me voy a la cocina!… Alli no hay tiempo para pensar tonterias.
3
Llanlil, montando en pelo sobre un caballejo obscuro y bastante viejo que servia para los recados, galopo al encuentro del que llegaba. Al pasar cerca de los ranchos de los peones, estos salieron extranados de verlo tan apurado. Los perros persiguieron al caballo ladrandole y buscandole los garrones.
Maria desde su observatorio en la ventana de la cocina tambien lo vio pasar y se lo quedo contemplando con los labios apretados. Sobre su cara morena y agraciada le caia un negro mechon de cabello dandole un aspecto infantil y travieso.
– ?No lo estara queriendo la nina al cacique? Desde que el llego le ocurre algo a la pobre… ?Lo que faltaba!
Se encontraron en una hondonada cubierta de altos pastos. El viajero habia cortado a campo traviesa, como si fuera conocedor del terreno. A pesar del sombrero ladeado y el poncho, resaltaba sobre el caballo con su larga sotana negra. Al ver al indio levanto una mano saludandolo. Una franca sonrisa cruzaba su cara afeitada y redonda.
– Padrecito, salud… -dijo Llanlil, poniendose al lado.
– Buenos dias, hijo mio -respondio el sacerdote y se lo quedo mirando ostensiblemente. Esta cara, ?donde la habia visto antes?
Tambien Llanlil examinaba con atencion reconcentrada al visitante. La vista del religioso despertaba confusos recuerdos en su mente. Caras familiares alla en las Colonias. Pero desde su ultima aventura a veces le costaba reunir los fragmentos del pasado. Figurais y objetos antes nitidamente presentes, se le iban del pensamiento, mezclandose como ahora entre brumas.
– ?Pero si es el padre Bernardo! ?Alabado sea Dios y que oportuno! -exclamo sorprendida Maria al verlo, y se lanzo a dar la noticia.
Al momento todos rodeaban al misionero acosandolo con carinosos saludos y preguntas, que el procuraba contestar en el mayor orden posible.
– Bueno… bueno, por el amor de Dios. ?Puedo sacudirme el polvo del camino? -interrogo al fin con tierna sonrisa-. Buenos dias, senora -dijo reparando en Frida que venia a su encuentro. Ella, que escucho su leve protesta, exclamo:
– ?Oh, que torpes somos, padre Bernardo! Por aqui, ?venga usted por favor!
– Y don Guillermo ?anda por el campo? -interrogo al rato, entrando en la cocina, donde lo esperaban. La pregunta quedo flotando en el pesado silencio que provoco.
– Esta enfermo -respondio entonces Blanca, mirando esperanzada al misionero. Este, advertido de la ansiedad contenida en el silencio, hablo persuasivamente levantando la mano con gesto paternal.
– Vamos, queridas amigas, un arbol tan robusto no afloja por mucho tiempo… a no afligirse pues ?Puedo verlo?…
– Primero tiene que comer algo -observo Frida-. Ademas lo noto muy cansado. ?Venga! Sientese aqui.
– De ninguna manera. Las dos cosas pueden esperar… primero quiero ver a su esposo -y quedo aguardando decidido, toda su fatiga sustituida por la voluntad generosa de su corazon. Como le ocurria siempre, el dolor ajeno lo aguijoneaba, haciendole olvidar sus propias necesidades. Habia alguien que esperaba una ayuda, ?pues alli iba el a prodigarla y que su buen Dios le diera animos para sostenerse!
Entro en el cuarto silencioso donde el enfermo dormitaba consumido por la fiebre. Estaba solo, ya que don Pedro andaba por el campo, ocupado en mantener las tareas que la enfermedad del patron interrumpiera.
Frida y Blanca, penetrando con el, fueron a rodear a don Guillermo, quien hacia esfuerzos para observar al
