El sacerdote escuchaba y una tierna solicitud nacia en el ante la apasionada angustia de la mujer que le confiaba a el y a las mudas estrellas, su corazon. Hubiera querido levantar el velo, pero algo lo contuvo todavia y aguardo la ultima confidencia. Siguieron asi avanzando lentamente, mientras la noche los envolvia en su serenidad. Parecian hallarse en el centro de un silencio profundo, donde solo la voz de Blanca denunciaba la presencia de la criatura humana, en la vastedad del espacio desnudo; silencio despojado de sonidos, frente a los cerros obscuros donde la nieve resaltaba como si la luz del dia volviera a renacer, desfallecida, del seno de la piedra.
De improviso un ahogado relincho llego hasta ellos desde los corrales, seguido de sordos retumbos de cascos hollando la nieve. La muerte del silencio imprimio a la soledad inusitada sonoridad de tambores lejanos. Ellos se detuvieron, olvidados de sus apremiantes pensamientos, pero los ruidos no se repitieron y todo fue recobrado nuevamente para el silencio.
Regresaron.
El padre Bernardo no podia conciliar el sueno. Recito sus oraciones con fervor y solicito a su patrono la paz para todos los seres de aquel hogar donde se dignificaba el trabajo y se embellecia la naturaleza con amor.
Medito largamente. Solo en la soledad del cuarto a obscuras que se helaba al avanzar la noche, aguardo al sueno. En el cuarto vecino tambien Guillermo Lunder buscaba en el sueno descanso para su organismo afiebrado. Frida estaba a su lado, vigilando los menores gestos del esposo que no encontraron descanso. Fue la noche cayendo hora tras hora sobre la casa; las estrellas palidecieron hasta apagarse una a una como luces tocadas por la vara encantada de un nada con dedo de nube. Canto un gallo su liturgica salutacion al alba y el blanco vellon de las ovejas se agito y resplandecio entre la albura de la nieve. Paso por las alamedas, como un leve aleteo timido, el primer escorzo del viento y los arboles estremecieron sus multiples brazos impetratorios, como sintiendo una nueva corriente de sangre subir desde sus calidas raices. Detras de los cerros un halito escasamente tocado de rosa aclaro el filo de las rocas. Con lentitud, como prolongando el perezoso despertar, la aurora fue recargando sus tonos, abriendose como un arco de luz, acentuando el perfil verde trasnochado de los arboles, descubriendo los senderos, destacando la herida de las hondonadas; hasta que al fin el ambito sonoro de la manana estallo como una rosa salvaje el jubilo del dia. En los corrales el sol dibujaba estrellas matutinas en las ancas de los caballos.
2
Llanlil, despierto al primer indicio del alba, recogio su poncho y se echo a andar hacia el refugio de las ovejas. Todo estaba en orden y volvio al cobertizo, donde encendio el fuego para calentar su refrigerio. Pero volvio a salir en seguida. Su fino oido habia captado en la noche el rumor de los caballos y queria averiguar el motivo de su alarma. Se dio a pensar en la presencia de algun puma hambriento rondando las cercanias, aunque el silencio de los perros le llamaba la atencion. En el camino se le agrego un moceton rubio. Era el gales que volvia a sus pagos. Los dos hombres avanzaron juntos. Llanlil, tan alto y robusto como el gales, resaltaba por su andar elastico. Solo los diferenciaba la pigmentacion de la piel. Sobre la cabeza del gales el naciente sol se entretenia incendiando sus rubios cabellos.
– ?Se va, senor? -pregunto el indio.
– Si, companero -contesto afablemente el gales-. En Trelew me esperan mi mujer y mi hijo… el hogar, amigo.
Llanlil repitio pensativo:
– ?Hogar!… -hubiera querido continuar, pero temio la incomprension despectiva del blanco, siempre dispuesto a ignorar a aquellos seres que no comprendia, y el indio enmudecio.
Estaban cerca de los corrales.
– ?Mire un poco! -grito el gales de pronto-. ?Han roto la tranquera del corral grande!
En ese momento, Juan, atraido por los gritos que daba el peon, llego corriendo.
En efecto, la tranquera aparecia caida hacia adentro… Un potro olfateo con recelo los palos humedos de la tranquera, como si sospechara que se le tendia una trampa, y luego, algo mas seguro, la traspuso de un salto; en seguida lo siguio otro, mientras los demas, curiosos, se alborotaban frente a la salida.
A los gritos de los tres hombres que corrian hubo un revuelo de crines, un retumbo de relinchos y el panico los empujo ciegamente hacia aquella inesperada libertad.
– ?Maldicion se estan escapando! -bramo Juan enfurecido.
Llanlil se lanzo sobre los caballos, esquivando a uno que se le vino encima. Al pasar a su lado salto agilmente y lo monto. El potro resistia al jinete ferozmente, pero el estaba como engrapado en su lomo. Aturdido el animal se unio a los otros en su desenfrenada carrera.
– ?Adonde va ese loco? -pregunto el gales asombrado.
– A lo mejor se escapa el tambien… -contesto Juan sombriamente-. ?Pero le va a costar caro! -y sacando el revolver, apunto al araucano.
El gales no estaba tan seguro. Conocia a los indios y sabia de su nobleza. Su gente habia sido practicamente salvada de la destruccion por tehuelches generosos que los alimentaron y protegieron en sus primeras y terribles experiencias. Por eso cuando vio brillar el arma en las manos de Juan, levanto la suya a tiempo de desviar el tiro que silbo sobre los lomos de los caballos. Mas de doscientos corrian ahora enloquecidos hacia el rio. Envuelto en el fragor, Llanlil desaparecio de la vista de los otros.
– ?Que hace, idiota! -aullo el capataz-. ?No ve como se escapa?
– Yo diria que procura atajarlos. Pero, tratemos de montar y hagamoslo nosotros, si no… -le respondio el gales sin perder la calma.
Corrieron al corral chico, donde estaban los caballos de montar. Alli con un tiento sujeto al belfo de cada animal, estuvieron listos para salir tras los fugitivos.
Llanlil, encerrado entre la tropilla que huia, no lograba separarse y apenas podia contener al potro que montaba. El rio estaba proximo. La corriente bajaba velozmente, rompiendose contra las piedras salientes y arrastrando lajas de hielo que se quebraban a veces, perfilando sus bordes como espejos deshechos. El primer potro llego a la orilla y, asustado, quiso retroceder, pero sus seguidores ya lo empujaban. Alzado sobre las patas al filo de la barranca, lanzo un relincho de miedo… el borde arenoso cedio de golpe y la bestia cayo de costado al agua. Alli pateo, relincho y pretendio levantarse, pero evidentemente tenia algun miembro roto, porque volvio a caer resoplando. Unos tras otros fueron cayendo los bravos animales en la helada trampa. Saltaba alli uno entre las piedras, resbalando y volviendo a seguir, entre una confusion de patas y cabezas crinudas. Aquel otro lograba llegar a la orilla opuesta, luego de repechar la correntada y permanecia temblando indeciso, hasta arremeter contra la barranca y salvada esta, salir a escape por el valle, arido y pedregoso en aquella parte.
Llanlil, sujeto con una mano a las crines del potro, lo golpeaba con la otra debajo de la oreja para obligarlo a echarse a un lado de la tropilla. Los golpes y gritos feroces del indio, aturdieron a la bestia y veinte metros antes de llegar al rio se aparto pateando rabioso y mordiendo a sus companeros. Estaba ya domado y poco le costo a Llanlil echarle un lazo de cuero por el hocico. Saltando entre los coirones y las matas espinosas de los calafates que goteaban lagrimas de hielo, el rudo jinete procuro desviar a los potros de su marcha hacia la destruccion y al mismo tiempo detenerlos tras la barrera que formaba el Senguerr y que se prolongaba en el valle. Penosamente lo lograba pero aun asi eran muchos los animales que caian entre las piedras, desjarretados y relinchantes. Otros huian desbocados por los valles rumbo a las mesetas del oeste. Esto al menos representaba una posibilidad de recuperarlos.
– ?No le dije! -exclamo el gales que galopaba salvajemente al lado de Juan. El capataz no respondio, pero su experta mirada aprecio la heroica tarea del indio y evoluciono con su caballo para ayudarlo.
Despues de media hora, sudorosos y rendidos de cansancio, lograron reducir la furia de la tropilla y buena parte de ella volvia ya, flanqueada por Ruda, algunos peones y hasta el mismo padre Bernardo y Blanca, que acudieron presurosos. Sin embargo les esperaba otra faena agotadora; traer a los corrales a los fugitivos y decidir la suerte de los heridos que yacian en el rio, encajados entre las piedras. Algunos se habian ahogado y otros buscaban la orilla, saltando sobre sus miembros sanos. Sus relinchos asustados parecian bramidos cuyos ecos volvian de la gran pared de la meseta con un sordo mugido de animales salvajes perdidos entre la niebla.
– Bueno, capataz, a falta del patron, usted tiene que decidir, ?que haremos con esos? -le decia el rubio gales,
