senalando a los hermosos potros caidos en el rio.

Juan contesto malhumorado:

– No hay que pensarlo mucho… una bala en la oreja y ?adios! No queda otro camino.

– ?Lastima de animales! No los hay mejores en todo el Chubut, seguro. En Trelew pagariamos hasta doscientos pesos por cada uno ?y muy contentos! -se lamento el mozo-. ?Bueno! ?Lo ayudo?

– Si pues, ?vamos! ?Tiene balas? -le dijo Juan.

El capataz amaba a los caballos. El chileno era jinete hasta la medula. Hervia viendo a un caballo maltratado o herido. Su desempeno en la poblacion de Lunder era inobjetable y lo convertia en el terror de los peones en cuanto al cuidado de la caballada se referia. Serio y hosco, no tenia otro cuidado mayor que la hacienda. Ahora estaba perplejo y la rabia y la sospecha lo obsesionaban. Hubiera dado una mano por saber quien habia roto la tranquera. El mismo la cerro la noche anterior y todo estaba normal y tranquilo. Sus dedos morenos oprimian fieramente la culata del revolver, mientras bajaba a pie la pequena barranca del rio. Tras el, el gales lo seguia empunando su arma. El muchacho asistia con lastima al obstinado pataleo de los potros vencidos. El inevitable sacrificio lo llenaba de dolor, pero, ?no habia mas remedio! Disparo una y otra vez; el agua helada le salpicaba las manos y la cara, pero el la sentia calida, con el pringoso y vivo calor de la sangre… La sangre de los caballos podia mas que el hielo que bajaba de las montanas. Algo distante, el capataz disparaba certero, rematando a las bestias moribundas y examinando alguna que parecia en mejor estado.

Regresaron cansados del trajinar y abatidos por la matanza, dejando tras ellos el rio enrojecido y las bestias hinchadas y sangrantes. El olor de la sangre atraia a los buitres y caranchos que se reunian en el cielo, volando contra el viento con sus alas tendidas en el esfuerzo.

Durante todo aquel tiempo el indio permanecio en el borde de la barranca, derecho sobre su caballo, con el lacio y negro pelo brillante al sol.

Cuando los otros terminaron su despiadado trabajo en el rio, se agrego a ellos orgulloso y callado. Juan lo miraba de reojo, todavia desconfiado. En cuanto al gales, no podia resistir a una secreta admiracion hacia el indigena.

– ?Estas cansado? -le pregunto rezagandose.

– No -contesto el- pero duele ver tanto caballo muerto… patron tiene mala suerte.

– ?Sabes que pensaba el capataz?… Que tu fuiste el que abrio la tranquera… te lo aviso por las dudas.

– ?Yo? ?Por que? -contesto Llanlil irguiendose-. Yo pienso que el no diria lo mismo ahora -aclaro el muchacho sonriendo.

Habian llegado a las casas. Juan desmonto y fue a ver a Lunder. En su pieza ya estaban don Ruda y el misionero. Frida y Blanca se atareaban preparando comida a los que llegaban.

– ?Y… que paso, capataz? -pregunto el enfermo acostado a medias en la cama.

Juan contesto con aquella su forma casi deliberadamente irritante a fuerza de ser pausada:

– Pues vera, senor… la cosa es rara y dificil de explicar -empezo diciendo, mientras daba vueltas al sombrero entre las manos morenas de cortos y fuertes dedos-. La tranquera grande estaba rota y medio abierta y con la primera luz los potros se fueron arrimando hasta que uno hizo punta y se largaron todos a disparar… el araucano y el gales parece que estaban cerca y corrieron y yo tambien tras ellos… -siguio diciendo Juan.

– ?Pero que maldicion me ha caido encima! -se quejo Lunder amargamente-. En resumidas cuentas… ?que hay de los potros?

– Vea, senor; unos veinte murieron o los matamos en el rio… estaban quebrados ?sabe? Otros tantos dispararon para el lado del Paso o Loma Redonda, sesenta y tantos se fueron por la margen del rio hacia Paso Moreno y al resto pudimos traerlos de vuelta -enumero el capataz.

– ?Que desastre! La mitad de mis mejores potros. Ya ve, padre Bernardo, lo que es nuestra vida… trabajar y trabajar y esto como pago… ?y si fuera eso solo! -dijo Lunder mirando consternado al religioso.

– Pero en fin, ?que pasa en su poblacion, don Guillermo? -interrogo adivinando el sentido de aquella protesta. -Ya le contare. Bueno, Juan… descansen usted y la gente hoy, pero manana temprano los desparrama en busca de la caballada… lleven a Roque que conoce cuanto canadon, huella y piedra hay hasta la cordillera… ?ah! y sobre todo traten de atajarles el paso antes de llegar al campo de Manuel Quilcan y sus paisanos… si no ?adios potros! ?Mis magnificos potros! -se quejo Lunder.

– Hablando de indios ?lo llevo al araucano? Es justo reconocer, patron, que como jinete no tiene rival… -quiso saber el aludido.

– Vea, capataz… usted conoce a los hombres. Por mi parte le tengo confianza.

– Y yo tambien -apoyo Ruda, energico.

El misionero dijo sonriendo:

– Me gustaria oirles decir eso… Llanlil es leal y buen amigo… Yo doy fe, ?saben ustedes que es un reche?

– ?…Un que? -pregunto Ruda intrigado.

– Un reche; un indio puro, de raza araucana sin mezcla, y en ellos la traicion no existe y, por lo que voy sabiendo, ha dado ya varias pruebas de agradecida lealtad, aunque no lo diga… -explico el padre. Todos asintieron gravemente. Luego se retiro el capataz.

Quedaron en silencio los restantes rodeando al enfermo. Entro Frida preguntando:

– ?Vienen ustedes o no tienen hambre todavia?

– Iremos en seguida senora -contesto el padre Bernardo-. ?Digame, don Guillermo?, ?que esta ocurriendo segun usted en sus tierras?…

3

El aludido tardo en contestar. Se sentia cansado y molesto. Cerro los ojos y abandono la cabeza sobre los almohadones. Cuando lo hizo habia actitud en sus palabras.

– Alguna vez le he contado, padre Bernardo, o usted mismo lo fue sabiendo, la historia de mi vida… pero para entender ciertas cosas debiera comenzar realmente hablandole de mis padres. Cuando, en 1848, mi padre tuvo la desgracia de ver como los ingleses lo despojaban de sus bienes en represalia por su intervencion en defensa de la autonomia de su gente, los boers, emigro o retrocedio junto con otras muchas familias, sucesivamente desde Uetel, su lugar de origen, hasta el Transvaal, donde, en el 56, naci yo. Alli se fue acabando aquel varon justo y siempre me decia que buscara en America un lugar para vivir con la libertad que alli se nos negaba… Decia, y al fin tuvo razon, que los nuevos duenos del pais acabarian con nosotros… Yo era ya un mozo lleno de entusiasmo por conocer nuevas tierras y un casual encuentro con un marino que conocia la aventura de los galeses en la Patagonia, termino por decidirme… Me case con Frida y viajamos al sur. Pero al poco tiempo de llegar a Madryn comprendi como aquella gente solo concebia la libertad para ellos y, en el fondo, eran tan intolerantes con los extranos como sus compatriotas lo fueron con las boers…. Nacio en 1886 nuestro primer hijo en Rawson y apenas dos anos mas tarde nos ibamos rumbo a Cabo Raso… En el trayecto perdimos a nuestro hijo… Luego vino Blanca y con nuevas esperanzas trabajamos duramente… En 1901, las primeras familias boers llegaban a Punta Borja y hacia alli fuimos tambien nosotros; pero la dura realidad del pueblo de la sed, el desolado vrek van dorst, era casi tan terrible como afrontar las balas de los ingleses. Como yo tenia alguna experiencia en las tareas del campo, no quise o no pude resignarme y anduve por el Musters y el Colhue – Huapi, buscando un lugar apropiado, hasta que llegue aqui… Muchos anos habian pasado y Frida ya no era tan joven ni tan animosa, y su constante repulsion al viento le habia destrozado los nervios. En fin… Aunque el recuerdo del hijo no se borrara jamas, tuvimos el premio esperado y levante una casa segura y prospera. ?A fuerza de pulmon, padre Bernardo; don Ruda lo sabe bien! Despues fueron llegando los ovejeros y nos talaron loe campos y bloquearon las aguadas. El campo se achicaba y nacieron las primeras alambradas, pero aun asi alcanzaba para todos, Conmigo nunca se metieron… Sin embargo en los arreglos de frontera se hicieron de leguas y leguas de campos de primera y nos vienen ahora presionando para sacarnos del medio. Nosotros, los campesinos, estorbamos a las grandes companias… Ese testaferro inhumano de Sandoval va a ensanarse con los indios, obligandolos a rebelarse y tener asi un pretexto para exterminarlos.

– Es cierto… -admitio el padre, pensativo.

– ?Sabia usted que pagan hasta veinte pesos por cabeza de indio? -pregunto don Ruda.

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