– ?Que horror, santo Dios! -protesto el misionero-. ?No diga barbaridades! Jamas podre creer semejante cosa.

– Pues es la pura verdad -afirmo Lunder-. Bueno, ya he tenido algunas ofertas de Sandoval y tambien amenazas veladas… ?Todavia cuida las formas el muy ladino! Por ir a tratar con el me veo ahora en cama… luego, esta ese indio…

– ?Ah no! -interrumpio el religioso-. Ahi tiene un amigo ?se lo aseguro!

– Tal vez… pero estoy seguro que alguien en el Paso no cree lo mismo, con respecto a ellos y el indio, naturalmente. Ya podra ir imaginando las dificultades.

– Creo que ire al Paso a visitar a esas criaturas que Dios pone a prueba en estas soledades.

– No espere convertirlos, padre… -intervino Ruda-. Perderia usted el tiempo.

– ?Quien puede afirmarlo, hijo mio?… Los designios de Dios son inescrutables y, despues de todo, Sandoval si no es el pastor es el amo del rebano, y Dios no olvida a ninguna de sus ovejas.

– Ojala pudiera usted lograrlo-bueno, ?vayan saliendo, que las mujeres los esperan para comer!… ?Ah! don Ruda, le encargo lo relativo a la salida de las patrullas.

– Descuide, don Lunder, luego ire a ver a Juan y sus peones, o saldre con ellos… Hasta luego, pues.

Algo mas tarde Ruda se encamino al galpon donde Juan con algunos peones preparaban los detalles de la salida. El gales se habia despedido ya y se encaminaba a Trelew, siguiendo la costa en un viaje enorme y dilatado a traves del arido territorio, donde las primeras nieves insinuaban su blanca amenaza. El muchacho demostraba poseer mucho coraje, pues a los peligros de la naturaleza se agregaban las acechanzas de los bandoleros que vagaban por la zona, como lobos errantes oteando a sus victimas.

– ?Salud, muchachos! -grito Ruda asomandose al galpon-. ?Donde anda el capataz?

– Por ahi, pues… -contesto un chileno pequeno y estevado-. Lo vi hace poco con el indio y el viejo Roque yendo a los corrales… creo que a elegir caballos.

– ?Vaya! ?Se han hecho amigos?

– Asi parece… para haberlo traido el viento, cayo derecho el paisano -comento el peon con malicia.

– ?Te parece?

– …Y no… si hasta la nina le tomo simpatia…

– Mira -replico el espanol-. Mejor te ocupas de tu trabajo y dejas a los demas tranquilos… ?eh!

– Si, pues, patroncito… no se me enoje, ?pucha que tiene genio! -dijo el peon, conciliador.

– Mejor asi, y a ver como se portan manana.

Don Pedro, despues de esta recomendacion a la gente, se fue en busca del capataz. Iba pensando casi inconscientemente en las palabras del peon: “?Asi que la gente murmuraba alrededor del indio y de Blanca? ?Si seran estupidos! Bueno, siempre dije que una moza guapa trae lios entre esta gente brava, pero de ahi a que se entienda con el araucano… ?bah! ?Y que? ?Acaso porque es Blanca de nombre y de piel, y rubia, y hermosa, no podria enamorarse de un indio…? ?A las hembras las entienda Cristo! ?Pero si se entera Lunder la mata!… ?Mejor no pensar en ello!…

Y Ruda, largo y flaco, siguio andando en direccion a los corrales, moviendo sin gracia los brazos, al ritmo de su solitario coloquio.

Al siguiente dia, con la primera, indecisa y prolongada claridad del amanecer, endurecidos por el frio y agrandados por los pesados ponchos y la neblina, los jinetes de las patrullas se abrieron lentamente como puntas de una estrella y pronto se alejaron de la gran casa, que volvio a hundirse en el silencio de la manana helada y opaca, como si las olas de nieve se arrastraran por el fondo del mar.

Blanca, desde su lecho, desperto al ruido de los preparativos. Somnolienta todavia se acurruco bajo las mantas y escucho las palabras sueltas que le llegaban desde afuera. De pronto se sorprendio esperando oir la voz sonora e intensamente profunda de Llanlil. El deseo de escucharlo la hizo incorporar casi, pero el indio no parecia estar en el grupo, pues ni a el ni a Roque los oyo una sola vez. Fatigada de la espera y con frio, se estremecio y volvio a taparse. La obscuridad complice parecio liberarla de toda opresion y se quedo absorta, con el corazon latiendole desoladoramente solitario en el centro de la noche. Despues de tantos dias de andar a ciegas por el laberinto de su espiritu, la certidumbre de su destino habia saltado en el silencio nocturno como una llama exacta y significativa. Llanlil era -ahora lo sentia, mas que comprenderlo- la razon de su angustia, el dolor de su alma enamorada. ?Extrano amor, entre el hombre de la tierra, aparecido en la alta noche desolada, y ella, que corria sobre la misma tierra con la leve inconsciencia de la pluma! ?Extrano amor el suyo que se resistia orgulloso y tenaz, como el agil huemul al salto desgarrante del puma!

“?Lo quiero… lo quiero!”, -musito hurana y brava, como defendiendo ya de ocultos peligros el amor recien revelado. La conviccion, la dulce y aterradora conviccion la sobrecogio en una enajenada excitacion y se quedo esperando, vacia, perdida, aguardando el dia y la luz; inexorablemente enfrentada a la realidad de su pasion; colocada en conflicto y rebeldia con su mundo familiar y amante, que desde ahora tendria para ella un asombrado interrogante impreso en cada frente y una instintiva renuencia en cada corazon.

Porque desde alli en adelante, mas alta que las paredes de roca, la dura e inabordable repugnancia y subestimacion hacia todo lo indigena, hombres y cosas, comun en cualquier blanco, estaria pronta a herirla sin piedad en aquel amor que era su locura, pero tambien su justificacion.

Ya alto el dia, su madre, inquieta, fue a su cuarto y la hallo aun acostada. Blanca miraba a su madre como asustada, su bello rostro demudado y equivoco.

– ?Que tienes hoy?, si puede saberse… ?pero que cara! ?Estas asustada de algo o de alguien? ?Acaso tuviste pesadillas?

– No mama; no tengo nada, ya me levanto. ?Como esta papa?

– Igual, hija, igual. El padre Bernardo esta a su lado desde temprano. ?Bueno, hay mucho que hacer! -dijo mirando a su hija.

Apenas hubo salido y cuando Blanca se disponia a vestirse, la voz clara de Maria la sustrajo de nuevo de sus pensamientos.

– ?Se puede, nina? -pregunto la muchacha, entrando resueltamente.

– Pudiste esperar que te contestara por lo menos -la reprendio Blanca.

Maria parecio contrariada, pero venciendo la situacion con su franca risa, respondio:

– ?Caramba, mi nina! ?Cuanto misterio! ?Esconde algo?

– No seas tonta, Maria, ?no veo la gracia!

– Lo que es yo tampoco veo a quien esconde.

Blanca no contesto y en silencio continuo vistiendose. Ensimismada, aliso sus cabellos rubios que bajaban en cascada por sus hombros de contornos suaves. Maria la miraba y la sentia lejana, ausente hasta de su misma presencia. Con la instintiva clarividencia que posee toda mujer para adivinar el secreto que otra oculta, su mente daba vueltas a una idea tenaz. La muchacha seguia contemplando a su ama, que al fin no pudo ya soportar aquel examen indagador y bruscamente exclamo:

– ?Por que me miras de ese modo?

– ?Oh! Por nada tal vez, la miraba simplemente… Usted sabe, nina, que puede confiar en mi, y yo estoy pensando que usted necesita confiarse en alguien…

– ?Que te hace pensar asi? No me pasa nada. ?Nada!

– Eso no es cierto, nina Blanca -replico, corajuda, Maria- a mi no puede enganarme. La conozco bien… casi soy su hermana mayor. ?Nina! ?No va a contarme sus cuitas? ?Quien es el?…

– Eso quieres saber, ?eh? -desafio Blanca temblando-. Pues si, hay un hombre en mi vida, pero tu nunca llegaras a comprender. ?Ni tu ni nadie!

Maria estallo con calida emocion:

– ?Si que puedo, mi nina…! ?yo tambien quiero y tengo que callar!

– ?Que dices, mi buena Maria!, pero entonces…

La muchacha la interrumpio con un ademan y, yendo hasta la ventana, levanto las cortinas. Desde alli contemplo el valle que, todavia envuelto en la niebla de la manana, borroneaba levemente la perspectiva de los cerros, los arboles y aun los animales de los corrales, que parecian flotar en el vaho pesado de la tierra, moviendo los remos blandamente entre la niebla, llevandosela por delante, como si tocasen, desgarrandolo, un tul inexpresadamente sutil. Los movimientos de las bestias eran deliberadamente lentos, como si temiesen despertar los ecos del nuevo dia. El hielo de la noche mostraba su huella en los vidrios de la ventana, dibujando intrincados laberintos geometricos de rara belleza. Los primorosos cristales centelleaban fugaces, despidiendo debiles hilos de

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