galopaba Llanlil. Con perfecta maestria ni se retrasaba a su companero, ni tampoco lo adelantaba jamas. Cada golpe de cascos del caballo de Ruda era repetido como un eco por el de Llanlil. Pareciera que un yugo invisible los uniera estrechamente. Nunca una vacilacion, un esquive brusco o un desplazamiento del jinete sobre el lomo de la cabalgadura. Erguido, con el poncho, unica prenda que salvo del robo, tendido sobre la vertical de su cuerpo en amplios pliegues, semejaba una estatua animada cabalgando incansable, con la impasibilidad del marmol.

El espanol, hidalgo admirador del coraje y la entereza en cualquier arte del campo, estudiaba de reojo a su companero y lo cotejaba con los gauchos que conociera, unicos tambien en armonizar la ferrea disposicion para el caballo con la mas flexible de las gracias en la marcha. Al principio le parecio una torpe actitud presuntuosa del indigena, pero la natural gravedad de este, su silencio y el acatamiento a su mando, evidenciado en aquel sutil gesto de no adelantar jamas su marcha a la de el, lo convencieron de su noble caracter. Llanlil ni adulaba por temor ni se apartaba por orgullo. Vibraba solitario en el amor a la carrera y saboreaba el galope sostenido, como quizas lo hicieron sus abuelos marchando hacia los parlamentos de sus iguales en jornadas memorables ya extinguidas.

El instinto de raza corria por su sangre como un calido torrente y galopaba sin cesar, seguro, avizor y feliz de su libertad.

El mediodia habia disipado la niebla, y los rayos del sol, oblicuos y debiles, se detenian en las grupas sudorosas de los caballos, para morir entre los pastos todavia helados. El viento iba aumentando su fuerza y frenando a los cansados animales que mantenian a duras penas el ritmo de sus brazadas. Nubes algodonosas navegaban hacia el sur con la grave majestuosidad de navios celestiales. Ruda sintio aflojar a su caballo y, levantando una mano, senalo una cuchilla que heria las paredes de la meseta oeste del canadon. Sus tres companeros comprendieron la indicacion y sin titubear sesgaron su marcha. Las patas de los caballos levantaban pequenos surtidores de agua al saltar sobre los abundantes charcos disimulados bajo la hierba.

– Parecen estar lejos -dijo Ruda al apearse-. Nos sacaron bastante ventaja.

Un peon comento con seguridad, mirando el valle que se abria mas adelante confundiendose con los limites de las mesetas:

– No iran mucho mas alla… Son demasiado finos para desafiar la pampa. Si se parecen a los senoritos que no andan una legua sin lenguaraz, guia y una tropa…

– ?Ja… ja… ja! Lo malo es que se graduan de exploradores -comento el espanol-. Me acuerdo cuando… bueno… Primero acomodemos los caballos y vos prepara el asado.

– Darme a mi los caballos -pidio Llanlil.

– Bueno, pues; pero no los sueltes mucho… Salimos dentro de dos horas -aclaro Ruda.

Llanlil se los llevo hasta un abrigo, donde corria un hilo de agua brotando del borde de la meseta. Cuando volvio, ya las llamas se retorcian como lenguas traslucidas, acariciando la carne clavada a un palo. El capon se chamuscaba, pero aquellos estomagos hambrientos no se paraban en detalles y miraban fascinados el fuego. A pesar de la hora el frio se hacia sentir. Las pesadas nubes se espesaban paulatinamente y el sol era cada vez menos visible.

– Y, don Ruda, ?que estaba por contarnos? -dijo un peon.

2

– Pues veras, muchacho… Alla por 1885, veniamos al mando del poblador Juan Acosta, criollo de los que quedan pocos, arreando una tropa para una estancia de San Julian. Acosta tomo la ruta de las montanas con algunos locos como yo. Tambien venia con nosotros un mozo porteno, que mas que a poblar, lo hacia escapando a alguna fea jugada. El caso es que se nos junto y demostro que no era flojo. Reia de todo y se burlaba de las leyendas que pintaban a la Patagonia plagada de tremendos peligros. A cada rato exigia un puma para lucirse o se iba persiguiendo como un chiquilin a los guanacos. Aunque nos fastidiaba bastante, se lo disculpabamos por su buen humor y falta de malicia. Para el aquello era una excursion, claro que olvidaba agregar que los companeros eran gauchos veteranos de las mesetas y que con ellos iba seguro… En fin, un dia, despues de cruzar el Mayo o Aayones, por el Paso, remontamos la meseta y en el ajetreo se nos dispersaron unas vacas. Salimos varios a rodearlas y Linares, asi dijo llamarse el porteno, entre ellos. Desgraciadamente al primer galope se nos fue de la vista en una picada. El muchacho, cuando se vio solo, empezo por inquietarse y galopo hasta la primera lomada, pero perdio el rumbo y ?ni rastros de nosotros!, que por otra parte teniamos bastante trabajo ya para advertir su ausencia. A la noche aun no habia vuelto y Acosta, responsable de la tropa, declaro que nadie saldria hasta que amaneciera. Pasamos una noche sinceramente amargados, pues a pesar de sus chanzas todos lo estimabamos. ?No hay como la soledad para unir a los hombres!

Por suerte corria el mes de enero y la noche era muy corta. Apenas amanecio sali en busca del ausente con unos companeros. Dimos vueltas y vueltas, y por fin lo encontramos. Desesperado y lleno de terror, habia tenido el buen tino de no andar a locas en la noche, y cuando nos vio se echo a llorar de alegria, abrazandonos como un nino perdido.

Desde aquel dia, Linares no se burlo mas de nada y empezo a sentir a las pampas como eran; graves, infinitas, encerradas en su soledad y en su viento como en una vasta fortaleza. Termino queriendolas y aprendio ?a que precio!, a orientarse por las senales mas sutiles: el viento, la direccion de las aguas, el contorno de las rocas. Hoy no lo saca nadie de la Patagonia ni con grillos… y no hay alusion a su llegada. ?Y usted? -quiso saber Ruda, dirigiendose a Llanlil-. ?No nos va a contar sus aventuras, sobre todo la ultima?

– Los cansaria -respondio el indio-. No tengo costumbre de contar historias… pero estoy contento de ser companeros… muy contento.

– ?Vamos, animese entonces! -apuro uno de los peones-. ?Como vino realmente a parar a la poblacion? - insistio.

– Siguiendo a unos blancos que me robaron el caballo y los cueros, alla, en las altas montanas… me dejaron para morir, pero no he muerto ?y ya los encontrare! -exclamo el indio brillandole los ojos.

– ?No le dije, don Pedro? -interrumpio el segundo peon.

– Si -insistio este-. Yo nunca dude de que Bernabe y Pavlosky eran unos bandidos.

– ?Quienes son esos? -quiso saber Llanlil.

– Con toda seguridad los que lo asaltaron -murmuro Ruda-. Digame: ?uno era grandote, de pelo y barba negra?

– Si -afirmo Llanlil-. Asi era, y el otro, mas chico, pero duro como un tronco.

– ?Son ellos! No cabe duda -gritaron a coro los tres hombres.

– Yo quisiera saber donde andan -murmuro Llanlil.

– Vea amigo… ya tuvo bastantes lios. No se busque otros… -aconsejo prudente don Pedro-. Mientras este con don Lunder nada le va a pasar. Mejor se olvida de lo ocurrido. A esa gente le importa poco los…

– Los indios… ?no es cierto? -completo Llanlil adusto.

– Bueno, asi es en realidad… claro que tampoco todos sus paisanos son como usted -dijo Ruda conciliador.

– Yo soy mapuche y mi gente… no roba ni mata por la espalda.

– Lo creo -asintio el espanol.

Comieron en silencio, cada uno reconcentrado nuevamente en sus pensamientos. Con la llama moribunda el frio se acentuo y Ruda apuro la salida. Volvieron a galopar por el valle que se elevaba nivelandose con la meseta. Si no hallaban a los potros antes de que esto ocurriera, su tarea iba a resultar dificil y fatigosa en extremo. Paso otra hora todavia. Entonces los descubrieron.

– ?Alli estan, don Pedro! -grito un peon, senalando un recodo en el valle.

– ?No les dije, muchachos? -exclamo Ruda riendo-. Estan como el porteno… desorientados y arrepentidos de su escapada. ?A ver! Ustedes dos por alli. Llanlil, vaya por aquella cuchilla y salgales por atras… y a no asustarlos, ?a ver si arremeten otra vez contra el rio!

Los peones salieron al galope, mientras Llanlil vadeaba el Senguerr y al rato se perfilaba en lo alto de la meseta. Agito una mano indicando su posicion y los peones le respondieron asintiendo. De inmediato volvio a desaparecer y ya no fue visible hasta que la inquietud evidente de los potros denuncio su presencia. Desde una pequena altura, parado sobre los estribos. Ruda estiraba aun mas su largo cuerpo vigilando la operacion. El aire

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