luz al ser heridos por la naciente claridad y su parpadeo, como miles de pupilas de gatos juguetones recibiendo al sol, fulguraban en el interior de la habitacion. Maria dejo caer las cortinas y volviendose, grave y dulcemente persuasiva, dijo:

– En este momento lo mio no interesa, no debe interesarle. Soy su amiga. ?Me cree, verdad?… Estoy dispuesta a hacer cualquier cosa por ayudarla. ?Digame cual es el problema que la angustia!

Blanca tampoco encontro las palabras precisas para negar o volcar la emocion que la anegaba. Se sento en la cama y, apretando las manos, permanecio callada. De pronto dijo como saliendo de un sueno.

– Si, Maria; estoy enamorada, pero este amor hay que callarlo como si fuera un pecado… y sin embargo necesito a toda costa expresarlo… ?Me juras, Maria, callar tu este secreto?

Blanca luchaba todavia, resistiendose a dejar escapar la verdad que subia a sus labios.

– Si -respondio Maria, acariciando las manos de Blanca. Lo dijo con sencillez, con la concisa sencillez de su corazon noble y tierno. Alentada Blanca por aquella solicitud tan cercana a su amor, exclamo arrebatada de pasion y vehemencia:

– Pues si, Maria, ya mi corazon no me pertenece… un hombre ha llegado; la tierra, nuestra tierra me lo trajo, bravo como el viento que azota las mesetas… desde la venganza hasta mi amor ha llegado…

– ?Nina, Dios mio! ?Pero es Llanlil acaso?…

– Si Maria, el es… -gimio Blanca, maravillada de oirse a si misma afirmar lo que su corazon no concluia de admitir.

– ?La nina esta loca! ?Enamorada!… ?Y de quien?… de un indio… ?Que no se entere su madre, porque el dolor la mata!…

– ?Oh, Maria! ?Como me duelen tus palabras! Enamorada, si. Ya mi alma esta colmada y necesito decirlo, porque si no me dejan quererlo, sera para mi la muerte que presagias…

– ?Pero eso es una locura, nina Blanca! -exclamo Maria, abrazando a la muchacha. Alli estaban las dos mujeres, enajenadas y absortas en sus emociones, mientras la manana subia lentamente, rozando las ventanas y entrando con timida claridad hasta la habitacion, y mientras de lejos llegaba el grito aislado de un peon llamando a un companero, o el balido pastoso de una oveja buscando su majada diluida entre la niebla que subia del suelo helado, empapando la hierba y poniendo cendales grises en los calafates amustiados. Blanca, al borde de las lagrimas, respondio a la exclamacion de Maria:

– Yo ya no puedo evitarlo, Maria…

– Y el; ?la quiere acaso? -quiso saber esta.

– Su mirada lo delata.

– Es cierto. Ahora todo lo comprendo… lo he visto, como si besara su sombra ?el pagano!

– ?No! -grito Blanca-. No digas eso… lleva a Dios en sus ojos y de mi amor nada sabe. ?Hasta cuando he de callarlo! Todo es ahora diferente y pienso si no hice mal quedandome aqui, entre los mios, ?en esta tierra que tanto quiero! Pero aqui estoy y quiero seguir quedandome. Por el y por mis padres… Ay, Maria, tiemblo pensando en ellos y en mi amor tan extrano que puede sellarse con sangre… ?con sangre de los hijos de la tierra y de la de quienes todo se lo quitaron! ?No ves como mi entrega es apenas como devolver una flor del jardin que fue suyo? Sin embargo… yo lo quiero a el por el mismo y ni la muerte…

– Callese, nina, por Dios -interrumpio Maria llorando casi-. Espere… espere… ese indio…- parecio recordar algo. Pero Blanca odiaba ya aquella palabra despectiva, vocablo menospreciativo del hombre que amaba. Ella no veia en Llanlil mas que al dueno de su destino, y por eso mismo al mejor.

– No quiero que lo desprecies, sabiendo que lo amo. Tiene su nombre y por el has de llamarlo ?entiendes?

Maria asintio muda, asombrada ante aquella tremenda fuerza que nacia en el alma de Blanca, junto con su amor. ?Mucho debia valer verdaderamente Llanlil para despertar tanta pasion, tanto fuego!

En Blanca siguio desbordandose con impetu toda la vehemencia del sentimiento nuevo que la ahogaba. Exaltada o serena, toda su voluntad estaba al servicio de la pasion; vivia para el, respiraba para el y la sangre corria por sus venas transitando un camino de fuego, que le ardia, dulce y doloroso al mismo tiempo.

– ?Donde esta el ahora, Maria? ?Que hace? ?Tan callado y solitario que me estremece nombrarlo!… ?No diras nada, verdad?… Te asombras, Maria, pero ?no es el mejor acaso? A mi alrededor veo hombres brutales, duros, despiadados, cegados por la codicia desmedida, o torpes incapaces de ningun amor, ni para ellos mismos siquiera, o tan hundidos en su propio ser, que toda luz, todo calor lo ignoran… lo ame a el porque todos lo odian o le recelan. Representa un reproche… una amenaza viva para el despojo. Viene de un mundo salvaje, libre, inconquistable, pues al fin no lograran dominarlo, sino que tambien ellos seran conquistados y vencidos por la tierra dura, por el viento inexorable, por la nieve que pasma y ciega… por todo lo que Llanlil ama y que le niegan con alevoso calculo… Muerto quisieran verlo ya que no pueden domarlo…

De un punto de la casa, la voz de Frida se elevo llamando.

– Maria… Blanca… ?pero que hacen?…

– ?Vamos, nina, vamos! -suplico la muchacha.

– Si, vamos, Maria, pero dime, ?verdad que… que callaras todavia?… yo… tendre miedo de despertarme llamandolo… pero he de callar y callare porque yo misma me espanto.

CAPITULO X

1

“?Donde esta el ahora” -habiase preguntado Blanca. La pregunta no tenia respuesta para ella. Llanlil, con Ruda y dos peones hacia horas que galopaban parejo sobre la tierra humeda del valle, por donde el Senguerr se bifurca en pequenos brazos que, como arterias abiertas al cielo, irrigan el canadon para perderse en los bordes arenosos donde nacen las paredes de la meseta. Hasta donde llega el agua, la hierba crece lozana y entre ella ambulan los teros reales, las zancudas recelosas, y el avestruz balancea su largo cuello que parece sostenido por un resorte en permanente oscilacion y cuyo grotesco vaiven, repetido por todos en distintos planos y alturas simultaneamente, termina por fatigar la mirada.

Al paso de lote caballos chapoteando en el suelo semiliquido, todo el tropel se dispersaba, unos corriendo nerviosos a esconderse en las numerosas lagunas; otros, como la pesada avutarda levantaban vuelo y tras ellas seguian las armoniosas garzas de dorado plumaje, y pajaros inquietos y fugaces. Solo el tero chillon desafiaba atrabiliario a los jinetes, que en silencio, a medias descansando sobre los recados, galopaban siguiendo las huellas de los potros fugitivos. Los dos peones, hechos desde muchachos a tales correrias, seguian indiferentes la marcha regular y cadenciosa y el galope corto de sus caballos y asi habrian continuado hasta el confin de las mesetas sin el menor gesto de cansancio o aburrimiento. Aunque parecian dormirse sobre el recado, reencontraban el familiar contacto en cada recodo del rio, en la altura de las aguas, en el contorno de los cerros. Cada roca lejana o cada grupo de arboles eran individualizados como senales de la distancia basta otro punto ya recorrido de antemano. Sin temor a equivocarse podian afirmar: “Aqui pasamos la noche en el rodeo del ano tal…”. “Aqui fue donde matamos al puma”. “Alli cayo fulano cuando rodo su caballo”, y asi siempre ante cada objeto o accidente del terreno.

Ruda en cambio, experto jinete, reventaba de fastidio por el obligado silencio y de buena gana hubiera hecho alto para charlar, contar cualquier vieja historia, o asar un cuarto de capon al abrigo de unas rocas propicias; pero necesitaban apurarse. Los potros se irian dispersando cada vez mas y si no los alcanzaban pronto, corrian el riesgo de perderlos a manos de los indios. Por alli cerca, en Pastos Blancos, la tribu del cacique Maniquiquen, languidecia de persistente miseria. Aun si se salvaban de los indios, el frio acabaria pronto con los animales, criados a corral y con grano abundante. Ruda buscaba afanoso y, al no hallarlos bufaba de rabia e impaciencia.

A su costado, sobre un recio tordillo pampa, con apenas un liviano cojinillo por recado y con esa gracia fiera y natural a un mismo tiempo del jinete de sangre, del jinete consustanciado por instinto y amor con el caballo,

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