helado cortaba la cara y las primeras sombras invadian el canadon. Como un clarin restallante rasgo el silencio el largo grito del indio convocando a los caballos. El salvaje llamado se prolongo por el angosto valle, salvo las paredes de piedra y reboto contra los cerros distantes, llevado por la limpida atmosfera, repitiendose en un eco distante y sobrecogedor. No ya los potros sino hasta los peones sintieron correr por sus espaldas un escalofrio siniestro. Algun potro, atemorizado, relincho y se estremecio como sintiendo el contacto de un lazo invisible rodeando su cuello. Luego uno hizo punta y lentamente fueron trotando hacia donde Ruda, tambien asombrado de la extrana y barbara incitacion a las bestias, de aquel impetuoso reclamo al dominio bravio del hombre sobre el animal, aguardaba a los fugitivos. Con maestria los hombres completaron el rodeo y media hora despues los potros trotaban tranquilos, guiados por un peon que los precedia, mientras el resto de los jinetes guardaban los flancos. Obscurecia rapidamente y las estrellas florecian, brillando entre las nubes. Amenazaba tormenta, quizas una nevazon intensa. Los hombres interrogaban el horizonte esperando la respuesta de los elementos.

3

El arreo fue suspendido y los potros llevados a una rinconada natural, formandose la guardia. Cuando hubieron acarreado suficiente combustible, raices de coiron, matas espinosas, calafates y algunos troncos secos recogidos en la margen del rio, encendido el fuego y comido, ya la obscuridad era absoluta. La noche sin luna no mostraba un resquicio de claridad.

Pasando el estrecho circulo de las llamas, todo era silencio y tinieblas. Algun resoplido apagado de los caballos, un pateo nervioso contra el suelo de piedras y despues de nuevo el silencio.

En su turno de guardia, Llanlil se acurruco junto al fuego. Ni siquiera sus ojos habituados podian ver nada en aquella espesa sombra. En el ambito de obscuridad los pensamientos del indio lo llevaron por sutiles caminos hacia los recuerdos. Recordo noches semejantes en las montanas, acechando el paso de los zorros, que pisaban casi fantasmales sobre el suelo alfombrado de hojarasca; noches como la de su marcha a traves de las mesetas; pero entonces herido, cansado y lacerado por el odio. Noches de vigilia como las ultimas, con los ojos y el alma vueltos hacia la casa de Blanca, la estrella de su vida, hacia su intima morada. Amaba a Blanca con un amor silencioso, desesperado, rendido y sin embargo altivo, como todos los sentimientos nacidos de su espiritu indomable. Por ella casi empezaba a olvidar su designio de venganza, que a veces interrumpia su recatado coloquio enamorado, sacudiendole los nervios ante el recuerdo de los golpes recibidos. Lejos estaba de suponer que Pavlosky, apenas unas leguas mas alla, pasaba la noche con otro peon de Sandoval. Llanlil se durmio acompanado de la figura ideal de Blanca en su corazon.

Por la manana reanudaron la marcha. Ruda se llevo al indio consigo y subieron a la meseta, desde donde se dominaba todo el valle; abajo los peones y los potros avanzaban contorneando el curso del Senguerr, que perezoso se demoraba en vueltas y revueltas inacabables.

Hablaban poco; Llanlil era dificil de arrastrar a las confidencias y el empeno de Ruda por inquirir al indio, se diluia en el aislamiento de este. Cuando le pregunto que opinaba sobre la escapada de los potros, su respuesta fue terminante:

– Alguien volteo la tranquera, senor, y fue de madrugada.

– Pero ?por donde huyeron los autores? -se pregunto Ruda.

Llanlil se encogio de hombros: -Con tantos caballos sueltos las huellas se han perdido -dijo.

Delante de ellos el terreno iniciaba un declive. Mas que una hondonada, aquello era apenas una depresion de la meseta. Lo que vieron en el fondo, les hizo frenar las cabalgaduras violentamente.

Disponiendose a montar, vieron a Pavlosky y a otro hombre.

Ruda miro a Llanlil observando su reaccion. El indio sujetaba las riendas con tan convulsa energia, que el animal gemia herido en la boca.

Tambien los hombres de Sandoval habian visto a los viajeros. Cuando Pavlosky reconocio a Llanlil, ahogo una exclamacion de asombro y temor y freneticamente intento sacar el Winchester de su funda sujeta a la montura. Su companero miraba a unos y otros, confundido y vagamente atemorizado.

El indio con un alarido de odio se lanzo en direccion del polaco, quien empunaba el arma, pero antes de que pudiera hacer fuego, el indio y su caballo, en una sola masa enloquecida caian sobre el aterrorizado Pavlosky. Segundo despues los dos hombres se revolcaban por el suelo, unidos en un abrazo mortal, tratando de herirse mutuamente.

El gigantesco polaco tenia el rostro ensangrentado, pero su tremenda fuerza lo mantenia firme ante la acometida de Llanlil, que buscaba su garganta. Ruda, que bajaba al galope, advirtio como el companero de Pavlosky tambien intentaba entrar en la pelea empunando un revolver y aprovechando la sorpresa de su inesperada aparicion, veloz y decidido golpeo con el cabo de su rebenque al individuo, que se desplomo desvanecido.

“Bueno, este no mata a nadie por ahora”, murmuro Ruda, apeandose, y tomando el revolver del peon, se lo metio en el bolsillo de su cinto.

Llanlil y Pavlosky, entretanto, habian rodado por la hondonada y alli sin desprenderse, cada uno tratando de ahogar a su rival, como dos perros embravecidos, luchaban al borde de la meseta. Un nuevo forcejeo los arrastro definitivamente por la ladera y fueron rodando barranca abajo.

Maldiciendo y gritando, Ruda bajo tras ellos procurando calmar la furia de Llanlil, que habia quedado sobre el rival, apretandolo contra una roca. Tuvo que emplear toda su energia para separar al indio que se dio vuelta enfurecido, centelleantes los ojos y empunando ya su cuchillo con el que intentaba ultimar a su rival.

– ?Basta, demonio! -grito autoritario don Ruda e interponiendose jadeante se planto con el grueso rebenque levantado. Llanlil dio un paso adelante, pero viendo el gesto de Ruda, grito a su vez:

– ?Dejeme, tengo que acabar con este ladron!

– Ya tiene bastante. No voy a permitir un asesinato, -replico Ruda decidido a todo-. ?Deme ese cuchillo! - ordeno sin temor.

– Esta bien, usted me lo manda… -consintio Llanlil guardando el arma. Se quedo inmovil, aguardando.

– Vaya y ocupese de los caballos… ?vaya, le digo!

Cuando Llanlil se alejo subiendo la barranca, don Pedro ayudo a Pavlosky a ponerse de pie.

– Bueno, amigo, ahi tiene el resultado de sus pillerias, -le dijo Ruda.

– ?Lo voy a matar! -replico rabioso el otro.

– Andese con cuidado… esta vez se salvo por poco. ?Puede caminar? ?Si?… Vamos a buscar su caballo… Y cuidado con hacerse el loco o le meto una bala en la cabeza…

– Usted tambien anda buscando guerra ?eh? -rezongo Pavlosky con ira.

Ruda lo miro dudando. De pronto pregunto:

– ?Que hacian ustedes por aqui?

El maltrecho peon, mientras subia con dificultad la barranca, se dio vuelta y pasandose la mano por la cara subia de tierra sudor y sangre, respondio con sorna.

– ?Por que no va y se lo pregunta a mi patron? A lo mejor se lo explica… ?Ja… ja!

– No faltara ocasion. ?O se cree que le tenemos miedo? Vaya no mas y digale que otra vez venga el mismo a romper tranqueras ajenas ?carnada de bellacos!

– No se de que me esta hablando… -dijo Pavlosky, continuando su ascenso.

Cuando llegaron vieron a Llanlil quitando las balas del Winchester del peon.

– ?Quieto! ?eh! -advirtio Ruda apareandose al polaco.

El desvanecido comenzo a retorcerse en el suelo, quejandose. Don Pedro lo observo diciendo:

– No es nada, companero… Levantese… ahi estan sus caballos… ?andando!

– Vamos, Serrano -dijo Pavlosky, espiando con desconfianza al indio que a unos pasos observaba cada gesto suyo. Momentos despues la pareja se alejaba al trote, siguiendo una huella que viboreaba entre las matas de calafates y los morriones de neneo ondulando al viento. Un carancho se levanto casi vertical, agitando colerico las grandes alas y graznando desagradablemente.

– ?Por que no me dejo matarlo? -interrogo Llanlil-. El me robo y me dejo por muerto.

– Por muchas razones, muchacho… en primer lugar, nadie mata delante mio impunemente y, en segundo lugar, por hacerle un favor. Si lo mata, ?cree que ira muy lejos?

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