– El tendra que morir. Es cristiano malo… -replico tercamente el indio, arqueandose para montar.
– Tal vez; pero no lo haga… vea; yo siempre he sido amigo de ustedes los paisanos y nunca les fue bien cuando quisieron hacerse justicia por su mano…
– ?Y quien la hara por nosotros -dijo Llanlil, con tajante laconismo.
Ruda no supo que contestar. Realmente ?quien hacia justicia a los indios? ?Donde estaba la justicia en aquellos vastos territorios? Apenas si el vigor y la honradez de unos cuantos mantenia latente el sentimiento de la equidad, oponiendose a la barbarie triste de la indiada vencida y la civilizacion brutal de los testaferros de las companias decididas a enriquecerse a cualquier precio. Recordo su lucha esteril a favor de las tribus. Recordo a su amigo Koslowsky, confinado en Huemules, por la rapacidad de las grandes estancias; su floreciente poblacion, avanzada argentina, ahogada en el magnifico valle, a pesar de su inteligente trabajo, pues tanto esfuerzo se estrellaba siempre ante el odio frio e implacable que le tendia tragicas acechanzas a lo largo de la travesia por las mesetas, cada vez que pretendia llevar sus productos a Rawson o Trelew, o mas recientemente, a Comodoro Rivadavia, obligandolo en cambio a realizar un trafico miserable con las escasas poblaciones de la frontera chilena, para no morirse de hambre. Revivio la figura de otro conquistador de las montanas, el nordico Slapeliz, explotando una mina y tributando capital y ganancia para trasportar su carga a traves de las indiadas instigadas por Sandoval y sus compinches. Sandoval dominaba el Paso del rio Mayo; otros lo hacian en Santa Cruz, o en Esquel, o en la costa, cercando el esfuerzo individual en una red de intrigas, pleitos, indios hambrientos y bocas de fusiles pagados para matar a traicion. Tiempos llegarian de justicia, pero entretanto muchos pagaban con su sangre el derecho a vivir en la tierra de la leyenda negra explotada por conveniencia. Recordo a aquel pobre correntino que afinco en las Salinas, cargado de hijos y esperanzas y a quien un malon de borrachos y no de indios le deshizo el humilde rancho; violo a la mujer y enloquecio a la mayor de las muchachas, una morenita de ojos dulces y doce anos florecidos, que asistio, con horror, asco y tremenda angustia, al brutal atropello… Realmente: ?quien iba a hacer justicia?…
CAPITULO XI
1
Dos dias mas tarde las patrullas estaban de regreso. Cuando Lunder tuvo la casi certeza de que Sandoval estaba decidido a arruinarlo, se revolvio de colera y coraje. Todo su espiritu de viejo luchador se erizo disponiendose a devolver golpe por golpe. Armo a su gente, se redoblo la vigilancia de la estancia, se apresuro al rodeo de todos los animales a corrales de invierno, incluso envio a escondidos refugios en las sierras del San Bernardo, caballos y ovejas para prevenir cualquier circunstancia fatal; se acapararon viveres en abundancia, lena, forraje y cuanto era necesario para resistir el invierno que dia a dia los encerraba en su circulo de hielo y tormentas, y para defenderse de un posible ataque de Sandoval. El padre Bernardo hablaba continuamente de irse el mismo a Trelew o Rawson a pedir proteccion a las autoridades, pero Lunder, que tenia serios temores por el religioso, no quiso autorizarlo a realizar semejante travesia. Por otra parte dudaba de la eficacia de tan hipotetica ayuda. Con tales razones se opuso y, decidido, espero los acontecimientos.
Tanta febril actividad alejo a Blanca y Llanlil mas que la inquieta vigilancia de Maria, la prevencion desconfiada de Ruda, o la tierna solicitud del padre Bernardo. El indio, tan fuerte como un renacido Caupolican, trabajo tan intensamente, que las largas noches lo sumian en un sueno embotador y afiebrado. Hasta el ultimo peon, enterado de los peligros que amenazaban a la poblacion, se declaro decididamente a favor de Lunder y vivia con el arma pronta a repeler cualquier ataque. Entretanto llegaron noticias de que las tribus se disponian, apremiadas por el hambre y la eterna imprevision, a reclamar sus cuotas, a los estancieros que por delegacion del gobierno distribuian carne y otros viveres a la indiada.
– Anciano -dijo un dia Llanlil al viejo Roque-, antes el invierno era alegre y buena la noche alrededor del fuego, frente a la ruca del jefe. ?No es cierto?…
– Asi eran, muchacho -respondio el baqueano sorprendido-. ?Por que preguntas?
– Porque da rabia ver a nuestra gente arrimarse a los huincas mendigando la carne, como perros sin dueno. Ganas me vienen de volverme a mis cerros…
– Pero no puedes hacerlo; estas maneao y es muy largo el tiento… Huecubu te ha embrujado…
– No digas eso, anciano; mejor pensar que es un hechizo de Toquinche, el dios bueno… -murmuro Llanlil pensativo, contemplando el rio, cuyas aguas bajaban mansas, como fatigadas de venir de tan lejos y sin fuerzas para quebrar la costra de hielo que se formaba en sus orillas.
– ?Todavia crees en nuestros dioses tan viejos?… Hace tiempo que nos olvidaron, muchacho fuerte, a veces pienso como seguimos viviendo si parecemos muertos.
– Yo los olvide primero, nieto de los machis, si hasta cristiano me hicieron…
– ?Y te duele serlo?… -pregunto Roque, mirando a Llanlil directamente a los ojos.
– No dije eso -contesto gravemente el indio-. Los blancos me ensenaron muchas cosas; aprendi con ellos a entender a las estrellas, el libro del cielo, a conocer mi fuerza, a medir el tiempo. Me ensenaron a no temer al trueno, ni al grito del volcan, y que no es un dios el fuego… todo esto me ensenaron, y a ser piadoso y a ser bueno, y a no matar y creer en un dios grande que reina en el cielo y que proclama el amor… el amor… ?Y para que sirve todo eso? ?Lo sabe usted acaso, anciano de mi pueblo…?
– Hay muchas cosas que no se, muchacho. Soy un indio manso y ya ni tengo recuerdo de otros tiempos; pero dicen que mi abuelo era un mapuche guerrero, y muchos lo seguian con lanzas a donde fuera; despues; los huincas vinieron y arrearon con ellos… son ladinos y valientes, a su modo, y a veces tambien saben ser buenos… como el patron, por ejemplo…
– Y como ella, la nina -dijo casi en un quejido Llanlil.
Roque, distraido en hundir una rama en la nieve, calculando su espesor, no advirtio la pasion que habia en la cara del muchacho; sin embargo le basto el acento de su voz para comprender todo el sufrimiento que encerraban aquellas palabras.
– ?No la estaras queriendo a la nina? -le pregunto alarmado.
– ?Pero si la llevo en la sangre, igual que un dulce veneno!… Por ella me quedo. Por ella no mate a ese Huinca perro, y por ella estoy como un puma en el acecho… No hay mujeres en mi raza para Llanlil… Ya se que esta muy alta para mi, ?huanguelen de mi cielo! ?Pero lo mismo la quiero!…
– ?Estas loco, Llanlil! -grito entonces el viejo.
– Ya veras, anciano. Si me quiere ningun cristiano podra conmigo… ?Quieres ayudarme?
– ?Que quieres que haga?
– ?Quiero verla! ?Sabes? ?Verla!… lo necesito. No se que traera el invierno, pero un presentimiento me dice… en fin, yo me entiendo… ?Puedes hacerlo? -urgio Llanlil, tocando al viejo que bajaba la cabeza eludiendo su mirada.
– Tengo miedo, muchacho… ya soy viejo y me he ablandado viviendo con los blancos. ?Sabes acaso que hara don Guillermo si se entera? Los cristianos no perdonan cuando odian…
– Igual que yo -interrumpio Llanlil-. Pero yo tambien soy cristiano, ellos me hicieron… tengo sus mismos derechos… Mas que ellos porque he nacido en esta tierra y quiero tener mi casa, una ruca donde mande una mujer blanca y quiero tener un pedazo de la tierra… tengo derecho.
Roque no podia enfrentar a Llanlil. Se sentia cansado y con frio en los huesos. Miro los cerros blanqueados de nieve y luego la casa, los corrales, el huerto que aprendio a cuidar con esmero… ?Iria a perder todo aquello? ?Adonde lo arrastraria la pasion del kona? 1
Encontro casualmente a Blanca junto con Maria, regresando de los corrales. Al verlo, Maria agito la mano.
