– ?Como anda, abuelo?
– Regularcito, muchacha… Buen dia, Quila…
– Buenos dias, abuelo -respondio Blanca, dejando en el suelo el pequeno cubo de leche que traia. El esfuerzo parecia aumentar su belleza. Sin embargo sus ojos se velaban preocupados. Maria parecio subitamente comprender la muda interrogacion que los ojos de Blanca hacian al viejo indigena y siguio adelante, llevandose el cubo de su ama y el suyo.
– Esperame, Maria, ?ven aqui!… -exclamo Blanca.
– Ya vuelvo, nina, ?ah! no se olvide que la senora nos espera…
– ?Y bien, Roque? ?Que tienes que decirme? Porque tu quieres decirme algo ?verdad? -interrumpio Blanca, sujetando los cabellos luminosos que caian sobre su cara.
El anciano titubeaba eligiendo con cuidado las palabras. Miraba a la muchacha y justificaba la pasion que despertara en Llanlil. Aquella hermosura de mujer que florecia con inusitada lozania en el valle agreste… aquella boca fresca y roja como quillem, la frutilla que endulza los labios al morderla… aquel vago anhelo interrogante que flotaba como un velo por el rostro blanco…
– ?Vamos, Roque! ?No puedo estarme aqui toda la manana! -protesto Blanca, sonriendo debilmente.
– Si, nina… es dificil el recado… Quila, Llanlil estara esta noche esperandola… -dijo el indio de un tiron. Blanca parecio no comprender y murmuro:
– ?Verme a mi?… Es imposible… imposible… ?Que has dicho, Dios mio!… Alli viene Maria.
– Escucha, Quila… esta noche; donde la alameda muere junto al rio… el dice que esperara.
2
Roque no estaba muy seguro de haber sido escuchado. Blanca, agitada por una multitud de pensamientos contradictorios, corria hacia la casa sin reparar en Maria que venia a su encuentro. El indio y la muchacha la vieron desaparecer y despues con una mirada expresaron la mutua complicidad y responsabilidad que los uniria en torno a aquellos dos seres sacudidos por el deseo. La manana tenia una luminosidad helada y trasparente. Rumbo a los galpones iba llegando la peonada atraida por el atractivo del descanso y una vianda generosa.
Cuando, bastante mas tarde, Ruda salio de la gran cocina en busca de Juan, alcanzo a ver a un grupo de jinetes que descendian la barranca del oeste. En cuatro zancadas estuvo en la puerta del galpon y grito a la gente:
– A ver, muchachos… ?me parece que baja gente del Paso!… Juan, corrase con unos cuantos detras de la casa y mande otros a los corrales… ?Ojo con las armas! Usted, Llanlil, no se mueva de aqui ?eh!… Quedese con Roque y estos muchachos y nada de lios.
– ? Vamos… vamos! -ordeno Juan sin alterarse-. ?Eh, vos, alcanzame el revolver!
Los jinetes ya cruzaban el rio por el vado donde cayera el caballo de Lunder. Las patas de los animales quebraban el delgado cristal de hielo que orillaba las riberas. El cruce era breve y pronto los jinetes eran escoltados por los perros que ladraban recelosos a los recien llegados. Bajo la galeria los aguardaban don Ruda, el padre Bernardo y Juan.
“?Que andara buscando por estos pagos el curita?”, penso Sandoval saltando agilmente del caballo. Los tres que lo acompanaban permanecieron montados esperando una indicacion del patron. Bernabe era uno de ellos.
– ?Salud, senores, buenos dias a todos!…
– Buenos y en paz le de Dios -respondio el padre Bernardo estrechando la mano que le tendia Sandoval. Viendo que Ruda y Juan se limitaban a saludarlo con un gesto, abrio los brazos exclamando:
– En fin, aqui estamos de visita… como buenos vecinos… ?y el patron?
– No podra verlo en seguida -respondio Ruda-. ?No se apea su gente?… Juan, haga venir alguno para acomodar a los caballos.
– ?Oh! No hace falta. Seguimos viaje en cuanto vea a don Guillermo… Luego nos vamos hasta Sarmiento y es un buen tiron -dijo Sandoval volviendose a Ruda. Este asintio.
– Como guste. Bueno, entonces pasen todos a la cocina… estabamos mateando.
– ?Macanudo! A ver ustedes, vengan si quieren…
– Yo me quedo, patron -respondio Bernabe, dejando errar la mirada por la casa y los alrededores. Juan y Ruda lo observaban a su vez con desconfianza.
– ?A quien busca, colega? -pregunto Juan con sorna, cuando visitantes y visitados estuvieron dentro de la casa.
– Estoy oliendo mugre… ?No tendran algun indio guardadito?
– Trate de encontrarlo… por el olor… pero le aconsejo que se ande con cuidado hay paisanos bravos- - respondio Juan agresivo. A el tampoco le gustaba nada el compinche de Sandoval.
Bernabe se rio y atando su caballo a una columna de la galeria, exclamo:
– ?No han de serlo tanto!… Companero, para los indios bravos tengo la mejor medicina… -y palmeo el revolver que llevaba al cinto.
– ?Ahijuna! -rugio casi Juan. La vieja sangre de la tierra le estaba dibujando visiones de muerte en el cerebro. Un peoncito se acercaba.
– ?Cebale mate a la visita! -y se metio tambien en la casa, dejando caer al pasar la ultima advertencia.
– No ande buscando demasiado… hay perros chucaros, ?y con buenos dientes!
3
– ?Y desde cuando esta enfermo don Guillermo? -preguntaba en ese momento Sandoval.
– Hace ya bastantes dias, don Mateo -contesto Frida alcanzando el mate.
– ?Caramba!… pues yo tengo un asunto importante que tratar con el, antes de seguir viaje a Colonia Sarmiento.
– Usted perdone -dijo el padre Bernardo suavemente- Si se trata de conversar amigablemente no creo que haya inconveniente en que lo vea.
– ?Muchas gracias, padre!… Este, ?sabe? Voy a la colonia para conversar con las autoridades de la flamante cabecera del departamento y no queria hacerlo sin antes ver a don Guillermo, que es, no cabe duda, un prestigioso vecino en la zona. Usted, padre, podria si quisiera, ayudarme a unir nuestros intereses para hacer la felicidad de todos… ?No le parece?
– Hijo; ?que quiere que le diga! Habria primero que ver que clase de intereses son esos… -respondio siempre sonriente el misionero.
– ?Honrados y sinceros, padre! -exclamo Sandoval, con un amplio ademan-honrados y que van mucho mas alla de lo meramente comercial…
– No entiendo -confeso el padre Bernardo intrigado. Pero iba comprendiendo adonde queria llegar el administrador.
– Bueno, esto es algo que tengo que tratar exclusivamente con don Guillermo y dona Frida, cuando llegue la ocasion propicia. ?No le parece, senora?
– Si usted lo dice…
– Si, senora, mantengo mi palabra. Usted y yo seremos siempre buenos amigos. Yo se que a veces se dicen cosas muy feas de mi, pero les probare que son calumnias de envidiosos. Yo quiero ser el amigo de mis… vecinos. ?Ya bastante duro es vivir en la soledad y aridez del Paso!… Pero hablando de amigos y soledad, ?ocurre algo con Blanca?
Frida estaba confundida con el intrincado discurso de Sandoval, cuyo sentido adivinaba solo a medias. “Este esta algo chiflado de andar en compania tan salvaje” -penso. “?Y tu, acaso no estas tambien perturbada por el maldito viento?… Todos, ?todos aqui! Todos ocultamos algo… ambicion… recelos, odios, suenos… ?y Blanca? ?Que oculta ella, tan extrana ultimamente?”
