actuales.

– Entonces hasta muy pronto. Tratare de averiguar algo sobre el otro, el que llego a su casa, y le mandare noticias.

– Muy bien. ?Hasta pronto! -se despidio Guillermo Lunder, acomodando su corpachon en la montura-. Tenemos que apurar el paso.

– Adios, Blanca; buen viaje -saludo Sandoval, mirando a la muchacha con ojos que querian ser tiernos y mal escondian el deseo. Blanca se estremecio.

– Adios -respondio debilmente.

Algunos peones se asomaron al verlos partir, agitaron las manos saludando con esa cordialidad campesina, fraternal y amplia de los hombres que enfrentan iguales peligros y penalidades, olvidando escalas y titulos. Pero Bernabe y su grupo no dio senales de vida. Sandoval habia aludido antes vagamente a unos trabajos previos al alambrado de los campos. En esto como en muchas otras cosas mentia. A esa altura del inminente invierno era imposible iniciar siquiera tales trabajos.

3

Al llegar los viajeros a la meseta, despues del ascenso realizado en silencio, el viento frio y cortante les flagelo la cara, obligandoles a cubrirse hasta los ojos. El dia que comenzara con un sol brillante se habia manchado con nubes insistentes. Cuando los tres jinetes hubieron cubierto una parte del camino, una fina llovizna fue cerrando la linea del horizonte y a poco los alcanzo a ellos tambien, empapandolos con tenues gotas heladas. A riesgo de cansar los caballos mas alla de lo prudente, apuraron el paso, iniciando el sostenido galope. Blanca, que marchaba al lado de su padre, observo a este y vio en su rostro reflejada identica e intensa preocupacion que la suya. Su padre, como ella misma, no lograba alejar su pensamiento de los ultimos acontecimientos. Mecida por el parejo galope del caballo, repasaba los sucesos que habian conmovido su apacible y sin embargo excitante existencia. La tranquilidad que envolvian su alma y su cuerpo, aquella libertad de correr las mesetas como un joven huemul; de sentir en la cara el sol y el viento salvaje, que no bastaba siquiera a rozar su belleza; tantos dias felices habian sido de pronto ensombrecidos por presentimientos innominados que empezaban a materializarse. No es que ella fuera por temperamento insensible al amor, ni que hubiera dejado de advertir la impresion que su limpida hermosura provocaba. Al contrario: su alma, magnificandose ante los eternos y agrestes panoramas de la vasta tierra que habitara desde nina, sumandose a su ingente predisposicion a lo noble y puro, concebia el amor como una floracion maravillosa entre dos corazones unidos por lazos indestructibles. Blanca esperaba el amor como un deslumbramiento de todos sus sentimientos. Por eso la sorpresiva proposicion de Sandoval, insinuada igual que todos los actos tortuosos de su vida, le causaba un hondo disgusto de quien ve marcharse una imagen hecha toda de luz y de verdad.

Esforzandose en combatir los molestos presagios que la abrumaban, no reparaba en la creciente obscuridad que los envolvia poco a poco. Bajo el cielo brumoso, envueltos en la lluvia que caia monotona y sin pausa, se fueron acercando al final del viaje, pero eran ya completas las sombras, cuando desde la alta meseta vieron a sus pies las temblorosas luces de la poblacion de su padre. Por lo demas la vision era nula. Descendieron la suave bajada del valle fiados al instinto seguro de los caballos. Lunder al llegar al final de la pendiente lanzo un agudo silbido, esperando ser oido en las casas. Al rato dos luces que se balanceaban en la noche espesa indicaron la presencia de alguien que venia al encuentro de los viajeros.

– ?Bueno! -exclamo Ruda, rompiendo el largo silencio-. Parece que lo han oido.

– Deben haber estado esperando -respondio Lunder.

– Seguro que mama se estara inquietando por nuestra tardanza -comento Blanca en la obscuridad.

– Asi es -oyo afirmar a su padre-. ?Hija, cuidado al cruzar el vado -aconsejo en seguida.

Se acercaban a los brazos del Senguerr por los lugares mas vadeables, que, aunque poco profundos, estaban sembrados de piedras pulidas por la corriente, faciles de provocar una costalada a los caballos. Pero estos conocian los pasos y salvaron con facilidad los dos primeros. La cercania de los establos ponia a los animales nerviosos, y pugnaban por acelerar el paso. Solamente faltaba un ultimo brazo y en el entraron los tres jinetes; Ruda el primero, seguido por Lunder y, cerrando la marcha, su hija. En la opuesta orilla las luces se aproximaban iluminando las piernas de sus portadores, cuyos pies se hundian en el barro de los charcos.

De pronto un caballo piafo en la obscuridad, asustado, y su agudo relincho parecio cortar la masa de sombras.

– ?Eh! ?Que pasa? -grito Ruda.

Blanca, que avanzaba atenta, tambien oyo el chapoteo y grito a su vez:

– ?Papa!… ?Cuidado!

Pero el caballo de Lunder parecia haberse herido contra alguna de las piedras, pues se escucho el sordo estruendo al desplomarse en el agua. Sus herraduras sonaban como disparos pateando las piedras. Blanca grito angustiada mientras luchaba por llevar a su cabalgadura al lugar donde presentia a su padre caido y de quien oyera apenas una sorda exclamacion de sorpresa. Un hombre en la orilla abandono el farol y por un momento solo se escucharon gritos de una y otra parte, choque de herraduras en las piedras, resoplidos de caballos asustados.

Blanca llego sin saber como a la orilla del rio y con inmensa alegria escucho la voz de su padre reclamando calma.

– No se asusten… no es nada. Ya me han sacado.

– ?Papa… papa! ?Estas lastimado? -quiso saber Blanca.

– No mi hija, no tengo nada mas que frio… vamos… vamos pronto a casa. Usted, Ruda -agrego, tratando de ubicar al nombrado, que a su vez estaba dejando los caballos en manos del capataz, uno de los que traian loa faroles. -Ayudeme… estoy helado.

– ?Quien lo saco? -quiso saber Ruda, mientras que con Blanca sostenian el cuerpo de Lunder, cuyas ropas chorreaban empapandolo completamente.

– Me parecio que era nuestra visita… el indio. Apenate me llevo a la orilla, desaparecio dejando el farol. ?Si parece un gato en la obscuridad! Por suerte me salvo de entre las patas de esa bestia, cuando, ya aturdido, no atinaba a levantarme solo…

– ?Oh!, el indio… -murmuro Blanca. ?Con que el habia sido? ?Los esperaba, entonces?

CAPITULO VIII

1

Llanlil era, en efecto, quien habia sacado a Lunder de su critica situacion.

Desde su mejoria el indio erraba indeciso por los corrales, admirando los hermosos ejemplares y, cuando no hacia nada, que era la mas de las veces, ya que nadie se lo exigia, se alejaba hasta el rio, desde donde contemplaba largamente el camino que conducia al Paso, pues su instinto le advertia que por alli se llegaba hasta sus enemigos.

Se sabia sin embargo en deuda con estos otros cristianos que lo habian salvado y cuidado, y en ultimo extremo, sin saber el mismo la causa, el solo pensamiento o recuerdo de Blanca lo dejaba clavado en aquel lugar, presa de un poderoso anhelo.

Rara vez tuvo ocasion de verla y unicamente de lejos. Blanca no manifestaba disgusto por su presencia, sino mas bien inquietud, y Llanlil que la veia lejana y hermosa, la comparo a una estrella de su cielo. Por eso, venciendo su poca inclinacion a conversar, trato de indagar a Roque, el viejo paisano a quien sabia que ella

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