pobres diablos me subleva y no puedo quedar indiferente.

– ?Y que hara entonces?

– Eso es cosa mia -respondio Lunder a la pregunta ironica de Sandoval, que lo miraba sonriendo.

– Bueno, ya que usted se desvela tanto por los indios, puedo asegurarle que nada les pasara mientras no molesten. Es todo lo que puedo prometer. Don Ruda puede en cambio convencerlos de que se vayan o queden quietos. Y si no que trabajen, ?que diablos!

– Yo no puedo aconsejar a Ruda lo que debe hacer… Solo quiero advertirlo del peligro de enardecer a las tribus…

– Lo que ocurre, don Guillermo, es que usted y yo nos estamos poniendo en campos opuestos -significo Sandoval, buscando todavia un arreglo conveniente-. ?Por que no me hace caso y se une a los esfuerzos de la Compania? Su campo y sus animales estan fuera de la cuestion. ?Vengase con nosotros y participe del gran negocio! En diez anos sera una potencia en la region…

– Ya le he dado antes mi opinion. Vine a esta tierra porque era de libertad y de trabajo. Me gusta mandar ?como no!, pero a hombres libres como yo y que acepten mi mando voluntariamente. Respecto de los indios creo que hay que dejarlos en paz, guiarlos y, si no es posible, por lo menos soportarlos. Estas mesetas, desde la costa hasta la cordillera de ellos fueron antes y si se las quitaron, dejemoslos morir sin torturarlos con persecuciones brutales. No vamos a ser mas ricos con eso… ?O por que cree que los boers fuimos vencidos en el Cabo? No por flojos… Pero la libertad tiene un precio en sangre y si hay que pagarla lo haria de nuevo ?me entiende? -concluyo Lunder, encaminandose hacia la salida del galpon.

– ?Ojala sea tan facil como usted lo ve! -exclamo Sandoval acompanandolo-. Pero ahora voy a pedirle a Blanca que perdone mis modales. ?No comprendo como pudo ocurrir esto!

– ”?Yo si te comprendo, pillo!” -rezongo Ruda en voz baja.

– Alla la veo, orillando el menuco -indico Lunder-. Voy a acomodar los caballos. Nos vamos en seguida…

– Don Guillermo deme apenas el tiempo suficiente para que su senorita hija me perdone… Lo dejo y voy a buscarla. Con su permiso -dijo entonces Sandoval sin perder de vista la airosa figura que lentamente seguia la ribera del rio, en direccion a los arboles del recodo. Sandoval no alcanzo casi a escuchar la respuesta de Lunder; tanta era su prisa que impaciente echo a andar. Le temblaban las rodillas y sentia en las palmas de las manos una curiosa impresion de humedad.

– ?Parezco un muchacho corriendo tras su primera novia! -murmuro fastidiado. La ultima palabra se adhirio a su cerebro y lo fue acompanando hasta que alcanzo a la muchacha. Al acercarse disminuyo la rapidez de sus pasos. El aire seco lo habia agitado y el queria aparecer sereno y dueno de si.

– ?Escuche Blanca, por favor! -le pidio cuando estuvo a su lado.

– ?Ah! ?Es usted? ?Y mi padre?

– Aprontando su regreso, segun me dijo.

– Volvamos entonces… no quisiera que demorase por mi culpa -la voz de Blanca se elevaba timbrada y armoniosa a pesar de las emociones y el disgusto que la embargaban. Las mejillas encendidas y lozanas destacaban la rosada pulpa de los labios ligeramente gruesos y anhelantes. La chaqueta colocada sin abotonar, dejaban al descubierto el cuello y el nacimiento del pecho, cuya piel, alba y tersa, atraia inconscientemente las miradas fugitivas de Sandoval.

– Hay tiempo todavia -dijo Sandoval.

Caminaron en silencio. El la miraba de reojo, con una sonrisa a flor de labio.

– ?Esta enojada? -le pregunto suavemente.

– ?Acaso sirve de algo? -replico ella, molesta por el aire de burla.

– Realmente seria una injusticia de su parte… No prodiga mucho su cordialidad conmigo.

– Usted esta demasiado ocupado para interesarse por la cordialidad ajena -contesto ella sin poderse librar de su sensacion de fastidio.

Sandoval no sabia realmente con que tactica llegar al corazon de Blanca. Ella poseia una diafanidad extraordinaria y desconcertante. Se sintio rechazado y empequenecido… ?Pero que diablos se creia aquella chiquitina!…

– Es necesario que comprenda, senorita, la diferencia entre hablar de negocios y las cosas del corazon… ?Si yo fuera un tonto sentimental no ocuparia el lugar que ocupo en la zona!

Blanca replico con mordacidad desacostumbrada:

– En fin, usted juega al lobo y al cordero segun le convenga-. Conmigo no vale, Sandoval…

– Espero verla cambiar de opinion -dijo el administrador friamente-. Quisiera que olvidase mis palabras ofensivas -agrego despues recapacitando-. No hay ninguna persona cuyo aprecio desee tanto como el suyo… - continuo Sandoval, mientras regresaban lentamente. Mas alto que ella, agil y varonil no desmerecia a su companera. Blanca no pudo menos que apreciar la estampa de Sandoval, tan diferente y rara en aquellos parajes. El seguia sin levantar la voz, llevandola por los senderitos entre la arena y las pequenas lagunas que el menuco cercano formaba en las proximidades del rio. Los pasos de ambos eran seguros y firmes, sin esa vacilacion de los que han pasado muchos anos en las mesetas encogiendose bajo el viento, y que los asemeja a los marinos.

– Sus palabras no pueden ofenderme -contesto Blanca, pero me han dolido como un insulto o una burla a tantos desdichados. Usted parece olvidar que los blancos los llevaron a ese estado. Ellos eran libres y duenos de sus tierras…

– De acuerdo, Blanca, pero nosotros, los hombres de empresa, los que estamos enriqueciendo al pais con nuestra iniciativa, queremos ver compensado el aislamiento, el frio, los largos inviernos, la soledad.

– Ustedes se sienten abandonados porque no quieren a la tierra -respondio Blanca-, ven solo la ganancia inmediata y les irrita no poder exprimirla y tirarla cuando no de mas. Les falta la fe que da fuerzas y esperanzas.

– ?Y usted la tiene? -respondio Sandoval interrumpiendo el apasionado alegato de Blanca.

– ?Tanto como usted solo la tiene en el dinero y el poder! Yo no me siento jamas sola en mi tierra. Se que ella es generosa, limpia, noble y profundamente salvaje tambien. No se entrega a cualquiera ni se da sin esfuerzo.

– Pero hace su propio retrato, querida… -dijo Sandoval tomandola de un brazo.

– ? Oh, no!… -respondio esta turbada.

– ?Si; Si!… Asi es como la veo ahora… ?Oh, si usted quisiera, tambien yo podria aprender a querer a la tierra!

– No comprendo como. A la tierra hay que sentirla como sentimos la sangre en las venas -dijo Blanca, definiendo tan sencillamente su calida identificacion.

– Dejandome alentar una esperanza de que… en fin… usted y yo… -adivino Blanca el sentido de las palabras de Sandoval que sus ojos delataban, y con una ahogada exclamacion quiso impedir que siguiera.

– ? No! Por favor, no siga… No quiero oirlo… Me voy, mi padre espera y debo volver a su lado.

Desde su primer encuentro con el, le fue imposible evitar que su presencia le inspirase un recelo instintivo, como si sintiese en la piel, viva y estremecida, un contacto viscoso que heria sus sentimientos. Sandoval era incapaz de estar ante ella en adoracion, solo se le concebia dispuesto a saltar. La intolerable sensacion de rechazo los alejaria siempre a despecho de las palabras y aun a causa de ellas mismas.

– Blanca… ?Por que no me escucha? Hace un momento propuse a su padre unir nuestros esfuerzos. Ahora le pido a usted lo mismo; pero en este caso, la union nos daria la felicidad junto con la fuerza… -murmuro Sandoval excitante, sin soltar el brazo de Blanca Lunder.

– La felicidad… Soy muy feliz y no he pensado aun en unir mi vida a la de nadie… -replico ella apartandose.

– Pienselo, Blanca; pienselo, entonces, y no olvide que Mateo Sandoval la esperara siempre… Vamos, deben volver pronto; de lo contrario los va a sorprender la noche en el camino -termino el con brusca transicion.

Cuando llegaron frente a la casa de Sandoval, Lunder y Ruda ya tenian listas las cabalgaduras. Instaron a Blanca a montar e iniciaban las despedidas, en el momento en que el administrador de la Compania, que habia permanecido callado, como embargado por algun problema que lo preocupara, manifesto:

– Escuche, don Guillermo, ?no quiere hablar con el indio de Quilcan? -y volviendose a Ruda, repitio la invitacion-. O usted, don Ruda, que los conoce bien… Quiero que comprueben lo que les dije antes.

– No hace falta -contesto Lunder. Demasiado comprendia lo inutil de interrogar a un indio, que seguramente solo era capaz de repetir lo que le habian ensenado y que se cuidaria mucho de comprometer a sus amos

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