hubiera seguido insistiendo indefinidamente, tambien le veia hombre de caracter, pidio una muestra molida del cargamento y la peso en un litro de cobre, 3,350 kg., eso suponia una ley de ochenta unidades o mas, en clave W. W., se mostro satisfecho y de la caja fuerte saco trescientas mil pesetas, en el wolfram no habia giros, letras, cheques ni nada que no fuera a tocateja, contante y sonante, es un fenomeno extrano, aquel dinero no me emocionaba en absoluto, era como ver un cuadro en un museo, me figuro, en mi vida habia pisado un museo, sabes que no lo vas a colgar en la pared de tu casa jamas, el dinero pasa a ser una obra de arte y uno tiene cosas mas inmediatas y rupestres de que ocuparse, contarlo, por ejemplo, un caballero no te va a meter ningun fajo capado, nueve billetes en lugar de diez, pero nunca se sabe, me llevo un buen rato el contarlo.

– ?Volveremos a vernos?

– Supongo.

– Eso espero. Salude de mi parte a mister White, no le conozco y me gustaria hacerlo personalmente, algun dia sera.

Pense en el alocado plan de Jovino y llegue a la conclusion de que, si por casualidad salia a flote, don Antonio era nuestro comprador idoneo, lo tantee por si acaso.

– ?Y si vengo por mi cuenta?

– Para el buen wolfram, la Comercial siempre tiene sus puertas abiertas.

Capitulo 26

La primavera y las cerezas se hacian de rogar, el tiempo era frio y seco, todavia quedaba nieve en las vaguadas altas de umbria, Jovino se froto las manos a medias satisfaccion y calentamiento, no necesitaba ya de la lluvia para localizar los airosos muslos de La Meona, los tenia alli, abiertos sobre su cabeza, propicios para alzarse al pilon de tan fabulosa dama, no le podian fallar los calculos, todos los yacimientos con telanga de la pena apuntaban a la lubrica grieta, Carin le miro sorprendido.

– ?Aqui? ?No es lo de dona Oda?

– Si, pero no lo comentes ni con tus muertos, desgracias, ver, oir y callar, ?comprendido?

– Comprendido. Tu eres el jefe.

Pues por eso, no lo dijo en voz alta porque el viento le helo las palabras, despues si, «manos a la obra», se las sacudio en la zamarra, lo mismo hizo Ricardo, y se pusieron a barrenar, el manco sujeto el hierro con pulso firme, debia de ser verdad eso de que los de Quilos valen por dos pues resistio todos los impactos de la maza sin variar de postura. Terminado el encastre Jovino se saco de los calzones el cartucho de dinamita, perfecto, el calorcillo del roce carne y franela lo conservaba en buen estado, no habia sudado ni una gota de glicerina, un truco de viejo zapador. Colocaron el barreno sin otro inconveniente.

– ?Fuego ardiendo!

Oyeron la explosion al socaire de la roca que vibro contra sus espaldas, los galgos, cantos voladizos, se precipitaron al abismo repitiendo al caer el mismo arrancar de cuanta vegetacion se oponia a su avance.

– Vamos dentro.

Parecia el hueco negro y dolorido de una caries, cuando la nube de polvo sedimento estudiaron las paredes, nada de particular salvo que aquello no era roca viva, el suelo de tierra floja se abria al fondo en un orificio presagio de cueva. Arrastrandose paso Jovino con una linterna y una soga de seguridad anudada a la cintura, repto varios metros hasta que el tobogan se ensancho tanto como para permitirle ponerse de rodillas, el lobrego espacio mas parecia una cueva hecha por humanos que por accidentes geologicos, ?el tunel de una mina?, no se amilano y siguio avanzando, lo que fuera se ensancho un poco mas pero no gano en altura, sin embargo el suelo de tierra cada vez era mas movedizo, llamo a Carin.

– ?Pasa, no hay peligro!

Si se toman las precauciones debidas, termino para si.

Cuando el otro estuvo junto a el prosiguio su avance.

– Sujeta bien la maroma por si se hunde el firme, puede haber un pozo y no quiero crismarme.

– No sigas, Jovi, esto esta endemoniado.

– No digas gilipolleces.

– Mira.

– ?Que es?

– Yo no lo cojo.

Jovino volvio a gatas sobre sus propias huellas, la linterna de Carin iluminaba un objeto de barro semihundido en el flojo suelo de arenisca. Excavo con las manos y lo extrajo, una olla de ceramica resquebrajada.

– No lo abras, si es lo del azufre nos vamos al infierno.

– No te creeras la historia de la vieja, ?verdad?

– ?Y que otra cosa puede ser?

– Vamos a verlo.

Jovino rompio la hucha contra la pared de roca, penso que era una hucha porque de entre la mugre que la rellenaba cayeron varias monedas, las estudio a la luz de la linterna, muy viejas, antiguas dirian los expertos, de cobre, sucias, gastadas, con una leyenda, «BERGIOPIUS», en la otra cara «SISEBUTUNRE», en los dos lados la misma figura coronada por una cruz, romanas, visigodas, cualquiera sabe, una curiosidad para don Angel.

– ?Que significa todo esto, di?

– Cualquiera sabe, pero una cosa es segura, por aqui se movio un personal y no de vacaciones precisamente.

– Dame una perra, de recuerdo.

– Ni hablar, hay que hacerlas desaparecer, las enterramos y ni una palabra a nadie.

– Ni a mis muertos, ya lo se.

– Sigo adelante, sujetame.

Jovino volvio a gatear hacia el interior de la cueva, estaba perplejo pero esperanzado, se deshizo de la hucha con la excepcion de dos monedas, las que considero en mejor estado, si tenian valor de anticuario mejor, al ropavejero, y si no para jugar a las chapas, se marcaria el farol de haberselas ganado en una apuesta al jefe de una cabila de Marruecos, ya inventaria la anecdota, la imaginacion se le congelo ante el descubrimiento, no podia dar credito a lo que veia a la tenue luz de unas pilas ya semidesgastadas, acaricio la negra pared de piedra, no se habia equivocado, wolfram, un nodulo inmenso como la boveda de una catedral, de el partian varios brazos de pulpo, los siguio con la linterna, tres vetas de un palmo de ancho perdiendose en las entranas del monte, en lo que parecia ser el final de una excavacion primitiva. No se habia equivocado en sus intuitivos calculos, si quieres hacerte rico, sube a la pena del Seo, como tampoco se habia equivocado el geologo que envio don Pepe Gonzalez, el de la compania minera Montanas del Sur, pero con la ventaja de que este ignoraba el lugar preciso, la madre del cordero, la conmemoraria tatuandose las palabras de la moneda, una en cada tetilla, sintio los pulsos de la muneca como el tictac de un reloj despertador, tenia que actuar rapido y meter en el ajo al menor numero posible de personas, gente de confianza como Ausencio y su hermano de leche, si alguien se iba de la lengua seria capaz de estrangularle, volvio una vez mas sobre sus propios pasos tan nervioso que se golpeo contra un saliente de la roca, ni siquiera noto el impacto, fue Carin quien le informo de la sangre entre la pelambrera.

– Dejala correr, alegria, lo he conseguido.

– ?El que?

– Que va a ser, imbecil, el filon.

– Cojonudo.

– Limpiate las orejas y escucha. Me voy a Cadafresnas pero tu te quedas aqui,

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