Sobre mesas mal apuntaladas y en baules sin llave, el caos de las reliquias de la familia Sernandez, el esplendor hecho harapos, una espada con cabeza de dogo en la empunadura y hoja ronosa, puede que de Cuba, un abanico raido, quiza de Filipinas, unas desportilladas tazas de te probablemente de la China, una bandeja de marqueteria incompleta se suponia de Marruecos, un elefante cojo de vidrio a lo mejor de Murano, un zurcido manton seguro que de Manila.
– Mira, esta nuevo.
El reloj de pendulo rococo, de bronce dorado y porcelana, estilo Luis XVI, explicitaba su origen, «Berthoud, Hgr du Roy a Paris».
– Sin agujas.
– El que necesitamos para marcar nuestro tiempo de ahora mismo.
– Juntos para siempre, un buen minuto.
Don Angel bajo al patio, los mozos tenian faena pero prolongaban la sobremesa con una partida de chapas sobre las baldosas recien fregadas. Tiraba Carin y se daba buena mana con su unica mano.
– Van cinco pesos.
– Arriba caras.
– ?Barajo!
– Joder con tanto barajo, tu lo que quieres es perderme el pulso.
– Pues no las voltees, manguelo.
– Van arriba.
Ascendieron planas las dos monedas de cobre, asi chocaron los dos patacones contra el suelo y su tintineo sono a musica ancestral, sonrieron las nobles efigies a la mirada expectante, eran dos caras.
– Caras, ganas.
– Me doblo.
– Van arriba.
– ?Barajo!
– Cono, ya esta bien con tanto barajo.
– Cara y cruz, repite.
– Arriba de nuevo.
– Cruces, palmas.
– ?No teneis otra cosa que hacer?
– No se nos enfade, don Angel, usted sabe lo que son estas cosas. La ultima ronda.
– ?Habeis visto a Ausencio?
– ?Y quien ve a los enamorados con lo que les gusta la oscuridad?
Era nombrar la soga en casa del ahorcado, rieron los mozos y la risa se anudo en el cuello del farmaceutico.
– La ultima y al tajo, ?eh?
Olvido abrio el arca de las ropas, lo practico y lo frivolo se mezclaban en una derrota comun, el paso del tiempo, el jersey de lana y el foulard de seda, las botas remendadas con lustre de sebo, propias para cavar en las vinas y los botines de tafilete indicados para el salon de baile, el abrigo para defenderse del frio y el gaban para lucir en el paseo.
– Menudo Carnaval.
– Nunca me he disfrazado, ?te gustaria hacerlo, Ausen?
– Yo soy un disfraz viviente, desde que naci tengo puesta una mascara y lo que me gustaria es quitarmela de encima, saber de una punetera vez quien soy.
– No te atormentes con historias, sabes perfectamente quien vas a ser junto a mi.
– Y nadie podra impedirlo.
A Ausencio le inquietaba el preterito, pero el wolfram le hacia fuerte y dueno de su futuro, caminaba por el filo de la guadana, por donde solo se atrevian los mas hombres.
– Que maravilla.
En el fondo del arca las telas florecian con bordados, arreguives, gayaduras, volantes, farandolas y encajes, la chica se probo por encima un vestido de charleston, demasiado escote, demasiado corta la falda, la tela era un crepe dulce y pesado, sus ondulaciones se cenian a las del cuerpo antes de caer verticales.
– ?Me lo pongo?
– Es una audacia.
– Me lo pongo. Venga, disfrazate tu tambien.
– No se si me cabe…
Manoseaba chistera, levita y pantalones cenidos de maniqui, rodo una bola de naftalina.
– A mi me sienta de pecado.
Se vestian con el cabezal de una cama interpuesto entre ambos a modo de biombo, tiritaban de frio y emocion, tan proximos, tan desnudos, a ella le preocupaba el escote, las tiras del vestido eran tan estrechas que no ocultaban las del sosten y quitarselo si que seria una audacia, a el le preocupaba el pantalon torero, el paquete de la entrepierna resultaba escandaloso, superaron su timidez optando por la alegria de vivir, se les escapaba en risitas nerviosas.
– ?Estas lista? Vamos a salir al mismo tiempo, a la una…
– A las dos…
– ?Que estais haciendo?
– ?Padrino!
– Uy, tio, que susto.
– ?No soy tu tio! Tampoco soy tu padrino, bueno, si lo soy, ya no se lo que me digo, me vais a volver loco, pero esto se acabo.
Don Angel parecia un basilisco, si no llego a ser hipotenso me da un soponcio, penso, resistia sacando fuerzas de flaqueza como el patetico fantasma del castillo al que no le queda mas remedio que cumplir con su deber, aparecerse al sonar las campanadas de medianoche.
– No hacemos nada malo.
– Os lo habia prohibido.
– Solo es un disfraz.
– Callate, desvergonzada, pareces una, una… teniais prohibido el veros a solas, habiais dado vuestra palabra.
– Yo tengo la culpa.
– No te hagas el martir, Ausencio, esto se acabo. A ti, jovencita, te mando a las madres ensenantes de Astorga, te lo adverti.
– Son hermanas.
El colegio de las hermanas ensenantes de la Congregacion del Santo Maestro, de Astorga, eran el remedio de la provincia.
– Hermanas, cunadas, sores o lo que sean, son monjas de pelo en pecho que saben cuidar a las jovencitas desvergonzadas como tu.
– Por favor, tio, no me mandes interna, no lo vol…, no.
Se detuvo al borde de la dignidad ofendida, no, podrian torturarla pero no iba a prometer lo que no estaba dispuesta a cumplir, volveria a ver a Ausencio en cuanto pudiera.
– Baja a tu cuarto y vistete, pareces una cualquiera.
Se perdieron los sollozos de Olvido escalera abajo. Jose Exposito miro a don Angel consciente de que habia cruzado el punto sin retorno y guardo silencio.
– Vamos a hablar de hombre a hombre.
