hay en este tren que pueda interesarles? ?Llevamos armas o…?

– No. Es un tren rutinario de suministros de material de construccion. Lleva una escolta de veinte hombres medianamente armados, muy poca cosa…

– ?Entonces?

– Parece claro. Le interesas tu.

– ?Yo? Pero si ya me tenia… Vengo para hablar con el, para escuchar lo que tiene que decir. Vengo voluntariamente, ?que sentido tiene secuestrarme?

– Vienes para hablar con Leonidas, si aceptamos que Leonidas es el sector negociador. Pero esto lo ha hecho el otro sector, sea quien sea quien lo manda. Y sin duda, te quiere para otra cosa.

– ?Para que otra cosa? -a la mente de Ferrer regreso de golpe la imagen de Arias desollado.

Soas lo miro sin decir nada; un silencio de elocuencia inquietante.

– Voy a salir -dijo por fin; y comenzo a deslizarse hacia afuera-. Por este lado no han disparado, me he fijado durante el tiroteo; solo estan apostados en una de las paredes. Al menos de momento. Tal vez no son tantos… Vere que dice Huertas.

– Eh, Roberto…

– ?Si?

– ?Es de fiar? Huertas… ?Que le paso antes? ?A que fantasmas te referias?

– Es una vieja historia, muy famosa en Leonito. Pero no se si es muy conveniente que la sepas en las circunstancias presentes.

– Te aseguro que si -atajo Ferrer.

Soas lo medito un instante y se acerco de nuevo a el.

– El padre de Huertas, militar tambien, murio en una emboscada parecida a esta, hace muchos anos. Los indios emboscaron un tren lleno de soldados y los mataron a todos. Bueno, primero los capturaron vivos y luego los torturaron durante dias. Fue horrible. Los desollaron, los quemaron vivos… Clavaron los cuerpos a las paredes externas del tren y soltaron los frenos. El tren se deslizo por la via cuesta abajo, hacia la capital, aterrorizando a su paso ciudades y pueblos, hasta que pudo ser detenido. Hubo un solo superviviente, que conto los detalles espeluznantes, por si no estaban lo suficientemente claros. El padre de Huertas era uno de los oficiales que murio. Huertas era entonces un nino, y vio a su padre abierto en canal, con las tripas clavadas a la cara. Se hizo militar por despecho, supongo. Por odio.

– Vale. ?Pero por que ese ataque de histeria?

Ahora si se deslizo Soas al exterior.

– Todo ocurrio exactamente aqui, en este lugar. El Desfiladero del Cafe.

Ferrer sintio un frio repentino.

– La Emboscada del Desfiladero del Cafe… -dijo en voz baja.

– Eso es, en el ano cincuenta y dos. ?Ves como hasta tu has oido hablar de ella? Esperame aqui. Y toma.

Soas coloco su pistola junto a la mano de Ferrer y se alejo.

Durante unos segundos, Ferrer fue incapaz de moverse. Luego busco a tientas la mochila y extrajo de ella el manuscrito de Laventier. A pesar de la incomoda postura, con la estructura del tren sobre el, a diez centimetros de su nuca, y de la presion asfixiante del calor del sol en el aire, busco apresuradamente el punto donde Victor Lars se habia detenido a narrar la Emboscada del Desfiladero del Cafe.

tuvo lugar el 16 de marzo de 1952.

Iba a ser un dia caluroso, pero aun no habia amanecido cuando el tren se vio obligado a detenerse ante el senuelo de inspiracion dantesca que obstaculizaba el paso: despellejado y atado en aspa, el cuerpo de un militar cualquiera capturado dias antes reclamaba la estremecida atencion de sus companeros de armas. Apenas los soldados se apearon, un alud de piedras bloqueo la via a su espalda, y una tormenta de fuego y plomo procedente de las paredes del canon les obligo a ocultarse tras las rocas, en el interior de los vagones o bajo la estructura del tren. Desplegada la trampa, volvio la tranquilidad. Durante horas, los soldados ocultos sufrieron la incertidumbre y la sed.

Bajo la estructura metalica, Ferrer comenzo tambien a experimentarlas; sobre todo incertidumbre: la exactitud milimetrica de la trampa del pasado con la que el estaba viviendo le aboco a la angustiosa sensacion de ser, por encima de la racionalidad que reclamaban las coordenadas temporales, un pasajero del tren de 1952. Y solo una conclusion logica procuraba algun alivio al desasosiego: tenia que haber una razon que explicase el perverso paralelismo. Y a la fuerza debia encontrarse en las palabras de Lars.

Cuando algun soldado incauto osaba abandonar su escondrijo encomendandose al enganoso silencio, caia abatido por un disparo puntual, y la serenidad del paisaje era cada poco rasgada por el vuelo de fardos de paja; lanzados ardiendo desde las rocas sobre las inmediaciones del tren, venian a elevar unos grados cruciales el de por si asfixiante calor. La desesperacion desplegaba sin prisa sus alas, aunque una patrulla que logro romper el cerco abriendose paso a tiros alento durante unas horas la esperanza de un pronto auxilio. Fatal error: los fugitivos fueron capturados vivos y pronto los gritos del suplicio matizaron, espeluznantes e interminables, el miedo y la sed abrasadora de los sitiados, que se rindieron al alba del siguiente dia. Los indios comenzaron entonces su orgia de visceras abiertas en canal, pieles desolladas y antorchas aplicadas a la carne desnuda. Muertos o aun agonizantes, los cuerpos atormentados de los soldados fueron claveteados al maderamen exterior del tren, que con los frenos desbloqueados inicio una frenetica carrera cuesta abajo: la locomotora, que se diria viva o gobernada por el fantasmagorico protagonista de algun relato gotico, sorteo milagrosamente todo peligro de descarrilamiento antes de ser por fin detenida a las afueras de la capital. Para entonces, habia atravesado pueblos y ciudades con su catalogo del infierno a cuestas: los leonitenses -hombres y mujeres, viejos y ninos- que se asomaron

Sono un disparo, solitario como los descritos por Lars en su recreacion de la emboscada. El eco lo repitio a lo largo del Desfiladero mientras se levantaba en el aire un caotico rumor de voces acaloradas; Ferrer, inmovil y sin respirar, las identifico como pertenecientes a los soldados, que al parecer realizaban algun tipo de actividad en la cabeza del convoy. Sin duda, dedujo con alivio, apartaban el cadaver de Arias para dejar el paso libre.

De inmediato sono otro disparo: su eco reboto en las rocas varias veces antes de ser engullido por el silencio. Ferrer se esforzo por oir cualquier sonido que le permitiera suponer que el desbloqueo de la via continuaba, pero no lo consiguio.

los leonitenses -hombres y mujeres, viejos y ninos- que se asomaron al paso del tren fueron testigos de la crueldad de los indios de la Montana Profunda, cuyo salvajismo agigantaria la rumorologia popular a partir de las declaraciones, machaconamente reiteradas por la prensa, del unico soldado superviviente. Si, Jeannot, desde aquel dia de 1952 toda iniciativa contra los indios, por brutal que pareciese, encontro eco en la simpatia ciudadana. Si estas maliciando que mi aportacion al asunto pudo ser mas activa de lo que aparenta a simple vista, te adelanto que no vas descaminado. Porque, ?como si no podria haberte expuesto determinados detalles de la Emboscada? ?Como sabria que detuvo el tren un aspa clavada en tierra y no, por ejemplo, el desmantelamiento de los railes? ?Como que la muerte del infeliz sujeto a la madera fue por desollamiento y no por estrangulacion o deguello? ?Como que los soldados se rindieron al alba o que los intentos de fuga eran abortados por francotiradores precisos? ?Es que acaso el balbuceo del superviviente preciso detalles como el de los fardos de paja ardiendo o la hora en que se inicio el asalto? No, amigo mio: la Emboscada del Desfiladero del Cafe ocurrio realmente, pero no fueron los indios quienes la concibieron y dirigieron, sino yo, que ordene a los Pumas Negros ejecutar la celada, sitiar y torturar a los cautivos -realmente, claro esta: no habia otra forma de lograr la pretendida sensacion de verosimilitud – y fijar los cuerpos al tren, que si se deslizo sin incidentes no fue por designio diabolico o divino, sino por la atenta conduccion de un maquinista oculto en el que los espectadores del tremendo espectaculo itinerante, espantados, no repararon. ?Plan atrevido? Tal vez, pero la calidad de la puesta en escena convirtio a los indios en odiados enemigos publicos, y yo tuve manos libres para actuar en su contra. Entiendeme: no es que careciera de ellas antes de mi pequena farsa; pero digamos que gracias a esta pantomima logre encauzar el aparato de represion de los coroneles hacia unas esencias de sutileza insolitas hasta la fecha. La Emboscada del Desfiladero del Cafe inauguro una serie de dramas sanguinarios cuya orquestacion, batutada por

Вы читаете El Nino de los coroneles
Добавить отзыв
ВСЕ ОТЗЫВЫ О КНИГЕ В ИЗБРАННОЕ

0

Вы можете отметить интересные вам фрагменты текста, которые будут доступны по уникальной ссылке в адресной строке браузера.

Отметить Добавить цитату