estuve tentado -me contuvo saber que mi orgullo se hubiera resentido indefinidamente ante tal derrota- de dar la vuelta, dejar en tierra al lloron y llevarme al silencioso. Senti tambien el impulso de abofetearle, pero no parecia un principio adecuado para ganar la confianza del nino, y opte por recurrir al sentimentalismo seductor, mezcla de verdad y mentira, que tan bien se impostar: la promesa de que pronto volveria a ver a su hermano -afirmacion falsa- porque yo conocia su destino en Madrid -afirmacion verdadera- logro transformar sus chillidos en hipidos entrecortados, y estos en lagrimones callados que acabaron por agotarle y rendirle al sueno.

Cuando despertase, el orfanato estaria ya muy lejos.

Una explosion muy cercana arrojo a Ferrer de nuevo a la realidad.

– Luis, deprisa. Nos largamos.

La voz le hizo volverse hacia la puerta. Soas, en el umbral, le apremiaba.

Ferrer asintio mecanicamente, pero le llevo unas decimas de segundo ubicarse de nuevo en el compartimiento a oscuras del tren atrapado; la despedida de la manana de 1956 revivida desde el angulo de Lars le habia sobrecogido: aquel dia el vio a su hermano subir de buen grado al coche negro, y siempre habia pensado -sin duda porque siempre habia querido pensarlo asi-que el recorrido hacia su nueva vida habia sido tan placentero e ilusionado, a pesar de las logicas inquietudes, como el vuelo del propio Ferrer a Espana unos dias despues. El conocimiento de la desgarrada llantina de su hermano era un impacto que le acertaba en el centro del corazon treinta y seis anos despues de haber sucedido, aunque con menor fuerza que el hecho de saber que era el quien, por dos veces -la decision inicial de Panizo, el impulso de Lars de volver atras para canjear al recien adoptado-, habia estado a punto de irse con Victor Lars aquel remoto amanecer de 1956.

– Rapido, rapido -urgia Soas. Ferrer todavia tardo unos segundos en cerrar el manuscrito, y al otro no le paso desapercibido el extremo cuidado con que lo guardaba en la pequena mochila que dispuso como unico equipaje.

– Listo -dijo Ferrer, de regreso ya a la realidad. Solo entonces reparo en el olor a quemado. Y en la tension del rostro de Soas, al que siguio sin rechistar, repentinamente contagiado de su angustia. Mientras recorrian el estrecho pasillo se escucharon otras dos explosiones en el exterior del tren, y enseguida una tercera.

– Granadas incendiarias -explico Soas. El olor enrarecia el aire y lo volvia ardiente. Entraban al compartimiento de Huertas cuando Ferrer vio el humo negro que comenzaba a inundar el vagon.

El capitan, de espaldas a ellos, escrutaba el exterior a traves de una rendija de la fortificada ventana. Se volvio de pronto: parecia extranamente ensimismado, ausente. Ferrer percibio que a duras penas lograba controlar el panico que le oscurecia la mirada. Soas arranco la sabana de la litera y comenzo a rasgarla. Huertas se aproximo a la mesa y barrio la superficie con el antebrazo; no fue un gesto melodramatico, sino ejecutado con incongruente lentitud: dos tazas de cafe se rompieron al estrellarse contra el suelo, pero Huertas no se inmuto. Cogio un grueso rotulador rojo y comenzo a dibujar sobre el tablero despejado. Soas abrio la pequena nevera y empezo con movimientos precisos a destapar botellas de agua mineral, una tras otra. Ferrer los miraba desconcertado, sin acabar de decidir si lo que carecia de logica era la celeridad serena con que Soas empapo de agua tres de los trozos de tela o la aparente demencia de Huertas al lanzarse a escenificar lo que podria parecer una clase de teoria militar.

– Caballeros: estamos aqui, en este punto -en el centro del tablero el capitan dibujo dos lineas paralelas que representaban el Desfiladero del Cafe, y enmedio de ellas una cruz que senalaba el tren; luego trazo otra cruz mas grande cerca del borde este de la mesa-. Y aqui esta la Montana. Nos separan de ella treinta kilometros.

Huertas comenzo a emborronar con el rotulador el espacio entre ambas cruces; al raspar contra la mesa, la punta emitia un quejido chirriante que parecia fascinar al capitan.

– Si partimos ahora mismo, senores, llegaremos a la Montana al anochecer. A ustedes los recogera el helicoptero y esta noche dormiran en la cama del hotel, a salvo de todo tumulto. La estrategia a seguir…

Soas le arrebato el rotulador y le entrego uno de los trapos mojados. Ferrer vio como temblaban las manos de Huertas: el hasta entonces rudo militar, obviamente derrumbado durante el ataque con fuego de ametralladora, parecia ahora un muneco ridiculo vestido de uniforme.

– El tren esta ardiendo -le escupio Soas secamente-. Ordene que lo evacuemos o lo ordenare yo.

– ?Propone, entonces, una retirada a tiempo y en orden, imagino, riguroso?

Otra granada exploto, este vez al otro lado de la pared de madera. El fuego se propago de inmediato: Ferrer nunca habia visto llamas tan cerca de el. El cuerpo de Huertas comenzo a temblar. Soas entrego a Ferrer el segundo trapo mojado, agarro por el cuello de la guerrera a Huertas y lo empujo fuera del compartimiento. Ferrer salio tras ellos. Un soldado arrodillado en el pasillo, con su rifle apuntado en alto hacia ningun lugar concreto de los riscos, los miro angustiado.

– Evacuen el tren -logro susurrar Huertas.

– Ya oyo -grito Soas al soldado- ?Vamonos! ?Hacia la cabeza del tren, a la base de las rocas! ?Es la unica posibilidad! ?Hacia la cabeza, a la base de las rocas!

El soldado salio a toda prisa. De inmediato se oyeron sus gritos retransmitiendo la orden a los demas.

– ?A la cabeza del tren, a la base de las rocas! ?A la cabeza del tren, a la base de las rocas!

Soas tomo la mano inerte en la que Huertas sostenia el trapo y la llevo hasta la boca del capitan.

– Con fuerza -le insto a apretar la improvisada mascarilla antes de lanzarlo fuera del tren. Luego se volvio hacia Ferrer.

– Cuando corran hacia las rocas, quedate quieto y haz lo que yo haga.

Ferrer lo miro asustado: habia algo de conspiracion criminal en sus palabras, pero intuia que pegarse a Soas era la unica esperanza. En el exterior comenzaron los disparos: los primeros soldados, corriendo despavoridos, debian de haber abandonado ya la proteccion del humo. El tiro al blanco habia comenzado.

– ?Tienes mi pistola? -pregunto Soas mientras se anudaba en la nuca la tela mojada cenida a la cara.

Ferrer asintio: la llevaba en el bolsillo del pantalon.

– Si llega el momento, ya sabes para que usarla.

Ferrer no lo sabia, pero aun asi la empuno como si de esa presion contra la culata dependiera su vida. Soas salto del vagon. Ferrer, ciegamente, fue tras el.

El tren era una larga antorcha horizontal. El humo negro impedia respirar y abrasaba los ojos y la garganta, pero suponia una barrera protectora contra la punteria de los tiradores apostados en las alturas. Ferrer se pego el trapo a la cara. La humedad le alivio.

– ?Hacia la cabeza del tren, a la base de las rocas! ?Hacia la cabeza del tren, a la base de las rocas! -repetian, como el eco, las voces perdidas entre el humo de los soldados. Ferrer vio a Huertas: alucinado en medio de la nube negra, habia desenfundado la pistola. Una figura irreconocible en medio de la confusion corrio hacia el capitan. Huertas disparo al asaltante tres veces, histericamente: el cuerpo cayo muerto; era uno de los soldados. Ferrer no se detuvo a enjuiciar el dramatico error: se volvio hacia el unico que podia sacarle de alli.

– Ahora -le dijo Soas con voz tranquila.

«?Ahora que?», penso Ferrer. Pero fue tras el cuando Soas corrio, agachado, fuera de la humareda. El cielo azul y el aire limpio le obsequiaron un instante de infinita euforia -podia respirar y ver- antes de arrojarlo a la percepcion del miedo: estaba a tiro. Trato de tranquilizar el animo repitiendose que la emboscada era una pantomima cuando un disparo alcanzo al soldado que en ese instante salia a la luz a un par de metros de el: la bala le exploto en la cara. El cuerpo cayo entre convulsiones, con el rostro convertido en una olla en la que hervia un guiso de sangre. Disparos aislados sonaban alrededor de Ferrer, imprecisamente: a kilometros de distancia o junto a su oreja. Soas tiro de el hacia las rocas, en direccion a la cola del tren. La carrera desesperada lo aproximaba a la salvacion con lentitud asombrosa, y los pulmones le apretaban el pecho y la garganta y le impedian respirar. Su cuerpo queria detenerse y descansar, pero el miedo le llevaba en volandas a pesar del colapso fisico: enseguida fue incapaz de sostener la cabeza alta, y solo pudo ver sus propios pies, corriendo desenfocados por la trepidacion de la carrera. «La ametralladora», se estremecio. «En cuanto usen la ametralladora se acabo.» Pero no se decidian a usarla, y las rocas se acercaban milimetro a milimetro. Los disparos, todavia aislados, parecian alejarse o, cuando menos, comenzar a espaciarse entre si cuando sintio el impacto en la cabeza: brutal como si un gigante lo hubiese golpeado con una pala. Se toco la cara y retiro la mano, pegajosa del rojo de su propia sangre; un desmayo calido le invadio los musculos, y percibio como sus pensamientos y recuerdos evacuaban a toda prisa la mente: el ultimo, el mas firmemente aferrado a el, el de Pilar mirandole antes de cerrar los ojos para siempre. La losa de culpa se iba tambien, arrastrada por el torrente. Desde la felicidad de ese descanso, hasta entonces negado, se disponia a dar la bienvenida a la muerte cuando la negrura comenzo a volver sobre sus pasos, disolviendose: Pilar volvio a mirarle, y esa mirada fue la senal para

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