supuraba -y que era la evidencia mas clara del exito de mi tratamiento-, sino por el salto en el tiempo que me regalo: magicamente, volvi a aquella primera noche de Paris en que, a solas, escrute el rostro de mi primer torturado, buscando la chispa que me permitiese ofrecer a los nazis «algo diferente», un avance significativo en el terreno donde me proponia descollar. Desoyendo todo instinto cauteloso, solte los brazos del joven leonitense, que cayo a mis pies como un fardo indefenso y lloriqueante, sumiso sin remision: aunque sus brazos estaban dislocados, la causa que lo inmovilizaba e impedia reaccionar, atacarme acaso, era el panico en estado puro. Aquel ser -llamarlo hombre seria generosidad o ceguera- era un cadaver que respiraba, un imposibilitado para cualquier cosa que no fuese la sumision expectante, la demostracion viva de mi victoria sobre el a traves del sufrimiento. Y como en su momento el resistente parisino, aquel despojo chamuscado me mostro un camino.
Esa misma tarde, un furgon sin matricula lo arrojo ante la puerta del hogar familiar, en un humilde inmueble del sector mas desfavorecido de la capital. Desde otro coche, observe en sus padres la indefinible mezcla de jubilo por el regreso y horror por los detalles de ese regreso, la rabia impotente de sus hermanos, el silencio obstinado y aparentemente irreversible de la indiecita que imagine su novia… el bullicio de visitantes que enseguida comenzo a desfilar por el portal: companeros de armas de la fallida aventura revolucionaria que llegaban a la casa circunspectos y altivos y salian de ella desencajados ante el poder que habia convertido al entusiasta camarada en un muerto vivo. Pretendia que el castigo infernal aplicado al joven recorriese la ciudad y el pais entero de boca en boca, como un reguero de polvora que agigantase hasta ilimitadas dimensiones apocalipticas la leyenda de mi revancha: el plan preveia mantener vivos a mis rehenes -espantosamente vivos, para ser precisos- e ir liberandolos con cuentagotas a fin de avivar las brasas del horror popular, de aumentar la incertidumbre sobre el paradero de los seres queridos en una ciudadania acostumbrada, hasta entonces, a la represion animalesca, carente de tapujos y sutilezas, sin duda brutal y posiblemente efectiva, pero carente de los matices de terror metafisico que yo introducia: los setecientos ochenta desaparecidos, lejos de haber sido fusilados tras su detencion -lejos de estar beatificamente muertos-, vivian sumidos en una pesadilla azuzada por diablos sin rostro que no tenian otra ocupacion que la de extraer nuevos, inimaginables e infinitos sufrimientos a sus cuerpos y almas. Por siempre y para siempre: aprended que el infierno, queridos y queridas, no es un cuento de la Biblia. Existe y te mira en este instante, meditando si le gustas lo suficiente para invitarte a pasar un fin de semana en su mansion. Me proponia ampliar mi laboratorio del castillo parisino a las dimensiones de un pais entero, y ensimismado en esa traslacion a la realidad del antiguo sueno no considere los recovecos del factor humano, que me traiciono esta vez desde mis propias filas: los impacientes Pumas Negros, hartos de medias tintas y ansiosos de carne y sangre, aprovecharon que algun asunto me reclamo fuera de la ciudad para entregarse a una orgia de muerte que se saldo con la dilapidacion gratuita e irresponsable de mis rehenes. A mi regreso, los vi alineados sobre el patio, muertos, expuestos para que sus familiares pudieran reconocer los cadaveres y recuperarlos, liberados de mi plan. Mis jefes, los tres flamantes coroneles, no encontraron escandalosa la racion de brutalidad, que tan bien encajaba con sus instintos, y hube de reprimir cualquier protesta. Pero aquella experiencia me obsesiono: si los Pumas habian osado desobedecerme apenas les di la espalda, ?que les impediria, crecidos como estaban por la impunidad de su acto, permitirse nuevos desmanes? No, mi seguridad -sagrada por encima de cualquier otro concepto – no podia estar en manos de un punado de carniceros caprichosos. Necesitaba crear una guardia de corps a mi medida, un cuerpo de elite vacunado contra la tentacion de iniciativas propias, perros de la guerra desencadenables solo por el chasquido de mis dedos… Y la revelacion tuvo lugar un amanecer en que paseaba por mi solitaria playa privada. A lo lejos, arrodillada junto a la orilla, distingui la figura de una nina, posiblemente hija de alguno de los sirvientes. Me aproxime con cautela innecesaria: la atencion de la pequena estaba absorta en algo que se movia sobre la arena y no se inmuto por la irrupcion de mi sombra. Volvio su rostro sin mirarme, lo justo para que la viese apoyar el dedo indice sobre los labios en demanda de silencio, y regreso a su tarea. Aproximandome un poco mas, me acuclille a su lado: frente a ella aleteaba dolorosamente un pescado herido al que la marea parecia haber arrojado a la playa. Con sumo cuidado, la nina le echaba agua sobre el lomo sanguinolento sirviendose de un cuenco improvisado con las palmas de sus manitas unidas, y la imagen habria tenido todo ese almibar de las postales pintadas por colectivos de huerfanitos invalidos de no ser porque el animal era un tiburon de longitud respetable y expresion espeluznante. Y, sobre todo, porque la pequena no mojaba sus branquias para aliviar su agonia, sino para prolongarla: asi lo revelaban su mirada hechizada y la resolucion con que, cada vez que su victima amenazaba con rendirse a la muerte, introducia una mano en la herida para convulsionar su sufrimiento. La escena se prolongo durante mas de dos horas, durante las que mi mente floto en una extrana serenidad convocada por aquella ninita que irradiaba pureza: nada ensuciaba la nitidez de su maldad vocacional. Ella me dio la idea: manipular -criar- ninos desde la mas tierna infancia para que, al llegar a la juventud, sus cuerpos y mentes fuesen automatas incapaces de concebir otro objetivo que el de obedecer -hasta la muerte si ello fuese necesario- al amo que les habia dado la vida y el fanatismo. El plan, ciertamente, tenia en contra su imprescindible extension temporal, que preferi considerar una ventaja en vez de un impedimento: mis pretorianos particulares estarian listos cuando mi vejez comenzase a anunciarse. No antes, de acuerdo; pero tampoco despues: y en medio estaria el excitante recorrido por una nueva forma de conocimiento.
Tras descartar para la tarea a los recien nacidos, cuyo proximidad tanto denigra, decidi buscar un nino -uno solo para empezar: el primero de un experimento cuyas dimensiones y consecuencias no podia entonces ni remotamente imaginar- de dos o tres anos, un espiritu todavia moldeable que hubiera superado sin embargo la edad ignominiosa.
Y lo encontre a las afueras de la ciudad, en un orfanato
Ferrer se quedo paralizado sobre la palabra; tuvo que empujarse a seguir leyendo.
regido por un imbecil idoneamente bondadoso: se mostro conmovido por mi deseo de conceder una oportunidad en la vida a alguno de sus pupilos, que mi teorica generosidad elegio entre el amplio muestrario de caritas expectantes una manana de diciembre de 1955.
Ferrer se puso en pie y dio dos pasos hasta la silla donde reposaba la americana. Saco del bolsillo interior el sobre, extrajo la segunda de las fotografias que habia traido consigo desde Madrid y volvio a sentarse frente al manuscrito. Era una vieja imagen virada al sepia y con las aristas de su formato rectangular desdibujadas por el paso del tiempo. Mostraba, alineados por estaturas en dos filas, a dieciocho ninos de entre dos y doce anos que posaban con disciplinada paciencia ante la camara, vestidos con burdas batas grises bajo las que asomaban las esqueleticas pantorrillas desnudas; ademas del vestuario, a todos los igualaba el rapado de pelo y cierta sombra de temor o perplejidad en la mirada. En el espacio de cielo grisaceo situado sobre las cabezas de los mas altos alguien habia escrito una inscripcion con letra torpe obstinada en aparentar elegancia o solemnidad: «25 de diciembre de 1955, Navidad, Orfanato Leonito». Concentro su mirada en el angulo inferior de la imagen: dos ninos pequenos -exactamente, de tres anos-, acuclillados uno junto al otro, muy juntos. Dos ninos identicos: el y su hermano gemelo. La misma mano que trazo las cuidadosas letras de la inscripcion habia dibujado alrededor de ellos una linea circular que los diferenciaba de los demas huerfanos. Segun le habian contado despues a Ferrer -el era demasiado joven para recordarlo-, Panizo, el entregado medico y maestro encargado del hospicio -«el imbecil idoneamente bondadoso»-, habia preparado dos copias iguales de la fotografia para los ninos, que en ese momento se preparaban para reunirse con sus respectivos padres adoptivos: Aurelio y Cristina Ferrer en su caso.
Y Victor Lars -lo sabia ahora- en el de su hermano.
La primera visita a la carnada de huerfanos y bastardos desestimados por sus progenitores biologicos me deparo una adversidad inicial: coincidia que la mayoria de los internos eran ya unos mozalbetes, y solo habia dos ninos que rondasen la edad -alrededor de tres anos- que me interesaba; sin embargo, el reves ocultaba una cara positiva: ambos eran gemelos. Y ademas estaban particularmente unidos: un inesperado obsequio para mis intenciones, sobre todo cuando supe que uno de ellos habia sido adjudicado en adopcion a un matrimonio espanol y estaba a punto de salir hacia Madrid. De inmediato comunique a Panizo -asi se llamaba el estupido director del centro que, creyendome un misterioso mecenas, me nutriria de huerfanos durante anos- que me quedaba con el otro. Pensando siempre en lo mejor para sus pupilos, el habia pensado enviar a Espana al mas desvalido de los chiquillos, y hube de convencerle de lo contrario: mi plan necesitaba precisamente a ese, el mas moldeable.
Me lo lleve una manana de enero de 1956. Tras despedirse de su hermano -ninguno de los dos era consciente de hallarse ante un adios definitivo, lo que por fortuna impidio que la separacion degenerase en una eclosion de abrazos o lloros-, se acomodo a mi lado en la parte trasera del coche oficial, aparentemente resignado a mi compania, pero apenas atravesamos la verja que delimitaba el orfanato se pego al cristal posterior y, ahora si al borde de las lagrimas, comenzo a gritar el nombre de su hermano, que observaba quieto y callado, con los ojos muy abiertos, como nuestro coche se alejaba. El histerico arranque lacrimoso fue espectacular, y
