que regresasen los recuerdos y los pensamientos. Para que regresase la culpa. Tambien la consciencia desmayada y las capacidades sensitivas: abrio los ojos y vio y toco la pared de piedra contra la que habia chocado. A su lado, Soas recuperaba la respiracion, de pie y apoyadas las manos sobre los muslos. Lo habian logrado, se encontraban en la base de la roca, a salvo de los disparos.
Ferrer se toco otra vez la cara: ilesa excepto por una brecha en el pomulo que sangraba benignamente. La euforia de saberse entero le inundo las visceras y la piel. Miro a su alrededor. Huertas, arrodillado junto a la roca unos metros mas alla, trataba tambien de recuperar la respiracion. Su guerrera estaba manchada de la sangre de otro y habia perdido la pistola: la funda abierta y vacia simbolizaba toda su humillacion de militar intimamente derrotado por la unica e infinitesimal accion autentica de su vida profesional: haber matado, llevado por el panico, a uno de sus propios hombres.
Ferrer trato de hablar, pero hubo antes de quitarse el trapo mojado de la boca: en la carrera, habia llegado a apretarlo con fuerza tal que ahora vio las huellas de sus dientes marcadas en el. Con la misma fuerza apretaba aun la culata de la pequena pistola negra. La devolvio al bolsillo.
– ?Y los soldados? -pregunto por fin a Soas.
Soas lo miro de frente, sin decir nada, antes de volver la vista hacia la cabeza del tren, en cuya direccion aun corrian, en huida ciega y absurda, los dos unicos soldados que todavia no habian sido abatidos. Los francotiradores seguian disparando, y unos segundos despues lograban acertarles: uno tras otro, los desgraciados desaparecieron de la linea de vision de Ferrer, huidizamente reemplazados por efimeras nubeculas de polvo. Ferrer volvio a mirar a Soas, que otra vez tenia clavados sobre el los ojos expresivos y contundentes: los soldados estaban muertos porque habian constituido la distraccion que les habia permitido a ellos tres alcanzar las rocas. ?Algo que objetar?
No, hubo de admitir Ferrer a pesar del acoso instintivo de multiples e indefinidos remordimientos. Nada que objetar.
– ?Por que no han usado la ametralladora? -dijo como si el cambio de tema enterrase para siempre a los infelices utilizados como cebo.
– Ni lo se ni voy a subir a preguntarselo -respondio Soas; estaba tranquilo, dueno por completo de sus actos. Lanzo a Huertas una mirada interrogativa; el capitan, hosco y con la respiracion entrecortada, le indico por gestos que se encontraba bien y reclamo su derecho de permanecer aislado, a solas con sus propias aflicciones. Ferrer se pregunto si le dolia mas la erronea muerte del soldado o la cobardia demostrada ante si mismo y ante ellos, ante el fantasma del padre asesinado en ese mismo lugar tanto tiempo atras. Cualquiera de las opciones lo convertia en un companero de viaje rabioso e imprevisible del que recelar.
Hacia el sol, ya en lo alto, subian las llamas que consumian el tren. Aparte del crepitar del fuego, nada alteraba la quietud, otra vez victoriosa. Ferrer tuvo de nuevo la sensacion de que los tiradores de las rocas, ademas de invisibles, eran etereos o inexistentes, espectrales.
– Tanto si los de ahi arriba nos quieren vivos o muertos -interrumpio Soas el hilo de sus pensamientos-, es el momento de largarse. Como decia nuestro amigo Huertas antes de que interrumpiesen su leccion magistral de estrategia -el tono de Soas evidenciaba un desprecio nuevo, irreversible y cruel hacia el capitan, desprecio de militar a militar-, se trata de llegar a la cumbre de la Montana para que el helicoptero pueda recogernos. Siete horas, si nos ponemos en marcha ya y no hay contratiempos. Pero, naturalmente, los habra.
Soas hizo una pausa que recabo aun mas la atencion de Ferrer. Huertas tambien se aproximo a ellos. Soas lo miro y, dedicandole una sonrisa ironica, trazo con el dedo indice dos lineas paralelas sobre el suelo -el Desfiladero del Cafe-, una cruz en su centro -el tren, ellos- y otra cruz, mas grande, en direccion este: la Montana.
– Esos cabrones nos saltaran encima cuando menos lo esperemos. Puede que te quieran vivo a ti, Luis, pero esa deferencia tal vez no me incluya a mi. Y a Huertas seguro que no. Asi que en vez de ir en linea recta hacia la Montana, que es lo que esperan, vamos a pasar por aqui.
Trazo otra cruz, al sur de la Montana, y la unio mediante lineas con las otras dos. Un triangulo quedo dibujado sobre la tierra.
– En vez de ir por la hipotenusa, iremos por los lados.
– Mas largo -advirtio Ferrer.
– Pero mas seguro.
– ?Mas seguro? -Huertas hablaba por primera vez; su objecion era airada-. Hay que atravesar el rio.
– Lo atravesaremos.
– ?A nado? ?Entre los caimanes?
– No, a nado no. En motora.
La salida de Soas, expuesta con risuena seguridad, desconcerto a sus companeros.
– ?En motora?
Soas volvio al mapa sobre el suelo; partio de la primera de las cruces, el lugar donde se hallaban ellos, y fue recorriendo con el dedo la linea que la unia con la tercera cruz, la situada al sur.
– Exacto, en lancha motora. A un par de horas de aqui esta el rio. Para los indios, y para cualquiera en su sano juicio, es impensable remontarlo a nado. Pero lo que ni ellos ni casi nadie sabe es que tenemos previsto habilitar una parte del rio como atraccion de La Leyenda de la Montana. Por el momento, la idea esta aparcada, pero los tecnicos que estuvieron realizando el primer informe vivieron alli durante un par de semanas, estudiando las posibilidades sobre la marcha. Utilizaban una lancha, y puede que siga alli.
– Solo puede, ?eh? -pregunto Huertas, aparentemente feliz de encontrar objeciones que interponer a la actitud positiva de Soas.
– Solo puede -admitio Soas; el otro respingo.
– Y caso de que siga alli… -se intereso Ferrer.
– Caso de que siga alli, navegaremos hasta la costa, hasta el pequeno puerto que hay aqui -senalo la tercera cruz sobre el suelo- y luego subiremos hasta la Montana. Es mas largo, pero no se imaginaran que tomemos este camino.
– ?Hay un puerto?
– En desuso hace anos. Esto era una zona turistica arrasada por un ciclon.
– Los Faros Uno y Dos… -mascullo Ferrer.
– ?Como dices? -pregunto Soas. Ferrer le miro a los ojos.
– El lugar donde hace anos aparecieron los famosos Hombres Perro.
– Justo -sonrio Soas mientras se ponia en pie, sugiriendo que habia llegado el momento de ponerse en marcha-. No me diras que les tienes miedo…
– Miedo no -afirmo Ferrer-. Pero curiosidad si, mucha. Te lo aseguro.
– Quien sabe, a lo mejor se han reproducido. Tal vez ahora sean una gran manada y le coman los bigotes a nuestro heroico Huertas.
El capitan fingio no haber escuchado. Se puso en pie y comenzo a caminar hacia el rio. Soas y Ferrer fueron tras el. Arriba, sobre el cielo azul, comenzaban a concretarse sin prisa los aleteos majestuosos de los primeros buitres.
Capitulo Siete
La escena pertenece a la novela de Jack London
Hacerme con el carino del pequeno no fue dificil, pues los ninos, obscenos en su permanente ansiedad de agasajos materiales, acaban siempre por rendirse ante quien les obsequia con generosidad, y yo lo hice sin limite y anadiendo ademas irresistibles dosis de ternura y carino falsos. Esta impostura paternal me resultaba en parte sacrificada y en parte gratificante: sacrificada porque el rigor de mi experimento exigia dedicar tiempo al pequeno
