-que afortunadamente era taciturno y sensible en vez de hiperactivo, jugueton o mimoso-, y gratificante porque resultaba divertido ver como su cerebrito se abria al mundo a traves de mis ojos.
El orfanato pronto fue un recuerdo del pasado, y solo el amor hacia el hermano perdido, que se percibia autenticamente anclado en el fondo del corazon, oscurecia en forma de melancolias intermitentes la flamante felicidad del pequeno. Instalado en mi exclusiva mansion -o, si lo prefieres, rigurosamente aislado de cualquier otra influencia-, enseguida lo fue absorbiendo su nueva y regalada vida, y la llegada de Manuelita a la finca contribuyo de forma decisiva a ello.
Manuelita era una joven limpiadora del palacio presidencial a la que pedi que aceptase ser la tata de mi hijo adoptado, pues como ya habras adivinado no entraba en mis planes atender las tareas domesticas. Ilusionada y agradecida por esta oportunidad, correspondio haciendose con el amor del nino, en cuya mente acabo por asentarse la idea de que por fin tenia algo muy cercano a la madre hasta ahora negada; a la madre y al padre, pues yo me divertia en parecer un catalogo viviente de virtudes paternales: le contaba cuentos de final feliz, lo arropaba cada noche con un beso en la frente y, durante las deliciosas veladas campestres en las que, fascinados o conmovidos, estudiabamos la fauna y la flora de los alrededores de la casa, le descubria los secretos del mundo -aunque falseandolos para probar los limites de su credulidad: «este mar que ves desde la playa es una llanura que no tiene fin», «la Tierra es plana»… «Existen el Bien y el Mal, hijo mio, y los delimita una linea confortablemente nitida»-, ejerciendo estas y otras bondades con despliegue tan seductor que incluso observe regocijado como la sensible Manuelita, lectora en sus ratos libres de noveluchas romanticas en las que jovencitas de mente limpia y fortuna escasa lograban acceder al amor de principes solitarios o millonarios melancolicos, llegaba a enamorarse secretamente de mi, lo que a la postre me inspiro para redondear aun mas la postalita de familiar perfeccion que convenia a mi plan: equidistante entre el tartamudeo y el rubor, le declare un dia mi amor y celebre el «si» de su mirada, desorbitada por una felicidad mas grande que el universo, abriendo a la virgencita la puerta de mi alcoba para rubricar la entrada al paraiso del trio -papa, mama, hijito- que compusimos durante unos meses, hasta que la nueva vida feliz del huerfanito fue una realidad asentada y decidi que habia por tanto llegado el momento de apalear a Buck.
Aquel lunes que seria tragico me reclamaron desde el palacio presidencial falsos asuntos urgentes, y el coche oficial me recogio al amanecer en la entrada de la finca. Como un padre y esposo modelo, bese la frente del nino dormido y abrace a la somnolienta Manuelita, que me acompano hasta el automovil para entregarme, solicita, una porcion del emplasto de frutas que con sus propias manos habia fraguado para mi almuerzo. Cuando partimos, me alivio saber que no soportaria mas a la figura paulatinamente empequenecida por la distancia que, plumbea hasta el final en su pegajoso carino, se despedia desde el zaguan agitando la mano en alto. El hogar quedaba en paz.
En la primera vuelta del camino recogimos a los tres Pumas Negros que con tanto entusiasmo se habian presentado voluntarios para la mision de asaltar mi residencia con una consigna explicita: que la ferocidad resultase lo mas gratuita posible.
Cuando, al caer aquella noche, regrese a casa, fingi espanto ante la carniceria practicada sobre el cuerpo infinitamente vejado de la difunta Manuelita, y abrace, paternal y consolador, al infantil amasijo de nervios rotos y retinas espeluznadas que se obstinaba en permanecer oculto bajo la cama, tiritando por el contacto de la sangre que le habia salpicado. Hube de lucir todo mi amor de padre para lograr que se relajara, se abandonara a las lagrimas, acabara por relatarme entre hipidos todos los detalles, que insisti en sonsacarle no porque los ignorase -enmascarado como los Pumas, habia asistido a la orgia, aunque permaneci todo el tiempo en pasivo silencio, concentrado en observar las reacciones que en el espiritu del nino iban marcando las atrocidades perpetradas sobre el angel maternal que el cielo le habia regalado en la persona de Manuelita-, sino porque supe asi, y por boca del propio interesado, que matices del horror le habian traumatizado mas indeleblemente. Su recuperacion fisica fue lenta y requirio de toda mi paternal paciencia, y cuando la terapia de farmacos logro imponerse sobre las pesadillas nocturnas y el insomnio, pase a la fase de conceder a la mente infantil el consuelo de una explicacion racional de los hechos. Mi trabajo en pro de la paz y el bienestar del pais, le dije gravemente una manana de algun tiempo despues, provocaba la ira de algunos hombres malos a los que solo satisfacia la comision de crimenes terribles como el de nuestra querida Manuelita. El nino escuchaba atonito, tan tercamente mudo como se habia mostrado desde el dia de autos, y llegue a pensar que mi deseo de sembrar en el el odio y el afan de venganza se resolveria de forma negativa.
Pero todo cambio la manana en que, tras anunciarle que los asesinos de Manuelita habian sido capturados, lo lleve a la mazmorra del palacio presidencial en la que nos aguardaban, colgados de las paredes, cuatro presos desnudos cuyos rostros habian sido cubiertos con caretas como las que llevabamos los Pumas y yo el dia de autos. Imaginaba que ante los supuestos asesinos de Manuelita el nino se mostraria, a lo sumo, temeroso o lloron. Sin embargo, supe por la tension repentina que lo sacudio que el burdo disfraz de los reos habia hecho diana en su corazon y sus recuerdos.
Alentado por esta insospechada reaccion, revivi para su mente los detalles de la escabechina sin escatimar matices macabros ni alegoricas referencias a una Manuelita llorosa y sufriente que anhelaria, atrozmente anclada en el limbo, cualquier venganza liberadora. Sin embargo, el nino no reaccionaba. ?Debia rendirme y admitir que los sentimientos infantiles son a pesar de todo virtuosos, humanos… buenos? ?O es que requerian de un esfuerzo mayor para ser erradicados? Me demoraba en el analisis de la cuestion cuando ocurrio… La mirada del pequeno quedo fija sobre uno de los reos -en concreto, en el detalle aparentemente nimio de su glande sin piel, desnudo a causa de alguna antigua operacion sanitaria o por un improbable pero posible ascendente judio-, y comprendi de golpe la causa de esa atraccion: el dia fatidico, el Puma Negro que se ensanaba con los alicates en la entrepierna de Manuelita lucio durante toda la sesion el tieso glande rojo de su pene erecto, y se evidenciaba ahora que habia sido esa imagen la mas memorable del horror. Los ojos del nino, freneticos de pronto, recorrieron la mazmorra hasta posarse sobre el tablero del ayudante del verdugo, donde reposaban los instrumentos de tortura. Siguiendo el preciso dictado de su memoria, eligio unos alicates -mi suposicion habia sido correcta-con los que, por fin vengativo, imparable y brutal, se dio a masacrar los genitales del prisionero, al que desamordace a toda prisa con el objeto de que sus aullidos inundaran para siempre la mente que ya nunca mas seria infantil. Siempre hay un momento en que un padre puede decidir el destino de su hijo y, si a mi se me puede llamar padre, este fue el mio. Sin perdida de tiempo, aproveche el calor de la sangre para incitarle a concluir la labor. El pavor de los otros tres presos ante la idea de ser torturados por un nino extraviado en una locura orgiastica alentada por papa -y, alla en el cielo, por el espiritu vengado y al fin liberado del limbo de Manuelita- resultaba apocaliptico y victorioso. Era maligno. Y apocaliptico, victorioso y maligno lo supieron ver
No me importo que mis jefes se adjudicasen una paternidad que por derecho me correspondia: mi espiritu cientifico se hallaba demasiado excitado para atender a tal nimiedad. Cuando los dictadores salieron, me acerque al Nino durmiente y lo observe en grave y reflexivo silencio. Reconozco que no imagine, mientras lo cargaba paternalmente en brazos y lo sacaba de alli, el patetico final en que, anos despues, culminaria mi relacion con el.
Despues de aquel dia, el Nino troco su acobardado mutismo cronico por una ansiedad voraz que le acechaba sin respiro. Los sucesos de la mazmorra bullian dentro de el sin remision ni posibilidad de retorno. Ocurre asi en toda iniciacion a la violencia: la ferocidad desatada llama a la ferocidad desatada, como si esta entranase un antidoto contra si misma o fuese el unico camino posible hacia la redencion, anhelada a pesar de todo en algun recoveco del alma; durante nuestra guerra mundial pude observar este fenomeno en asesinos natos y ejecutores profesionales, pero tambien en maestros de escuela y pacificos campesinos, en
