mi desde la sombra, predispuso a la opinion popular a favor de toda accion armada que se iniciase contra la Montana y sus criminales habitantes, que por su parte, y al carecer de medios de comunicacion proclives a su causa y defensa, solo podian limitarse a desfogar su rabia perpetrando algun atentado esporadico.

?La trampa en la que se encontraba era falsa? A raiz de lo leido, Ferrer se atrevio a creerlo asi. Falsa a pesar de los cuatro soldados que podia ver, muertos junto a la via, desde su posicion. Y tal vez -probablemente, pues parecia descartable una repeticion casual de los hechos- los atacantes de hoy conocian la puesta en escena de cuarenta anos atras. ?Quien se la habia contado?

Rememoro los detalles del asalto desde que el frenazo habia interrumpido su conversacion con Soas. Y fue entonces cuando se revolvio en su subconsciente el rictus del consejero Arias: ciertamente desollado, ciertamente torturado y ciertamente muerto. Pero sin afeitar… El relampago de una intuicion: Ferrer la atrapo al vuelo y no la solto. Miro su reloj: eran las seis de la manana; solo seis horas antes, a las doce menos escasos minutos de la noche, habia visto al consejero vivo, leyendo por television el mensaje de Leonidas. Aunque parecia inquieto, su imagen era impecable: bien vestido, peinado y acicalado. Impecablemente afeitado. En las pocas horas transcurridas entre su comparecencia televisada y la aparicion de su cadaver era imposible, fisicamente imposible, que su barba hubiera alcanzado la longitud -de al menos un par de dias sin rasurar-que exhibia en el aspa de madera. Reduciendo la ecuacion al nivel mas simplificado de la logica -A, intervencion televisada; B, cadaver clavado-, una de las dos proposiciones tenia que ser falsa. Y la evidencia de la via senalaba sin opcion de duda hacia A. Pero Ferrer habia sido testigo del mensaje en television… Recurrio a la logica de nuevo: el mensaje emitido con apariencia de conexion en directo era en realidad diferido; habia sido grabado un par de dias antes de la muerte de Arias con la intencion de hacerlo pasar por autentico en la fiesta del hotel. Y quien hubiese urdido ese engano era tambien autor del asalto al tren. Asalto que, como el del ano cincuenta y dos, era falso a pesar de los muertos autenticos: peones sacrificados, como entonces, por un objetivo ignoto de autor desconocido. ?O no tan desconocido? Si Lars estaba tras el primer engano, podia estar tambien detras de este segundo. Aunque estuviese enfermo o incluso agonizante… Pero ?lo estaba? Ferrer oyo un ruido a su espalda e, instintivamente, oculto el manuscrito en la mochila.

Soas se agacho de pronto junto a el; la expresion de su rostro era tensa y apresurada. Ferrer se pregunto si debia contarle su descubrimiento.

– Ni rastro de los indios -dijo-. Huertas opina que se han largado. Nosotros nos largamos tambien.

– ?Largarnos? -Ferrer se atrevio a salir de su refugio y se sento en la via, junto a Soas-. ?A donde?

– La Montana esta a unas horas de camino, y alli si pueden aterrizar los helicopteros. Es lo mas sensato. Y lo mas rapido. Huertas ha mandado ya una patrulla para que reconozca el camino. En cuanto vuelvan nos vamos.

– ?Hay muchos muertos?

– Siete.

Ferrer se estremecio: siete vidas segadas para hacer creible una mentira. Entonces cayo en la cuenta de que las ametralladoras habian comenzado a disparar cuando Soas y el se apartaron de los soldados. Tal vez esa era la orden recibida por los tiradores ocultos en las montanas, no matar a los dos civiles: experimento un alivio fisico infinito y egoista, como si la temperatura del sol hubiese descendido de pronto hasta un nivel soportable y el aire entrase fresco en sus pulmones.

– ?Y los dos disparos que se han oido?

– Intentos de desbloquear la via. Intentos fallidos, alli han caido dos soldados.

Un francotirador vigilaba que nadie se acercase al obstaculo. Como en 1952.

– Quedan trece hombres -continuo Soas-. Dieciseis con Huertas y nosotros dos. Vamos -se puso en pie con decision.

– ?Ya? ?No esperabamos a la patrulla?

– Sera mas seguro esperar en el vagon. Lo han fortificado.

Ferrer siguio a Soas; de nuevo se sintio tentado de compartir con el la inesperada informacion facilitada involuntariamente por Lars, pero decidio fiarse de la intuicion que le recomendaba desconfiar de todo y de todos.

Su compartimiento estaba en semipenumbra, iluminado solo por los tajos de luz que se colaban entre las rendijas de la burda proteccion de la ventana, improvisada con las puertas de madera arrancadas al armario. Soas le aconsejo que, de todas formas, se mantuviese alejado de ella y fue al encuentro de Huertas. Ferrer se quedo solo, de pie en medio del pequeno espacio rectangular, aliviada su inquietud por la conviccion de que, a pesar de todo, no era una de las victimas previstas en la representacion que se tejia a su alrededor. Fuese cual fuese esta.Su unico antidoto contra la angustia de la espera era el manuscrito, y al abrirlo de nuevo le asalto el recuerdo de Jean Laventier en el vestibulo del hotel apenas dieciseis horas antes, un momento que sin embargo le parecio ahora remotisimo. ?Donde se encontraba Laventier? ?Por que no habia respondido a sus mensajes? Desde un buen numero de paginas atras, ni siquiera habia interrumpido el relato de Lars -como hasta entonces habia hecho puntualmente- para narrar sus propios pasos en Leonito. Esa circunstancia propicio que Ferrer se sintiese victima de un presagio que lo dejaba aun mas desamparado en el ataud rodante clavado en el centro del Desfiladero del Cafe. La ultima vez que vio a Laventier, este se dirigia a ver a Victor Lars, y el mismo expreso su inquietud por la cita. ?Y si habia acudido al encuentro de su enemigo y ahora estaba…? Ferrer prefirio combatir la intuicion buscando en el manuscrito cualquier pista que, a traves del relato de la ascension de Lars tras la abortada revolucion de Leonito, desbaratase su verosimil presentimiento: el de que Laventier era ya cadaver. Asesinado, como tantos otros, por Victor Lars.

Setecientas ochenta almas, setecientos ochenta cuerpos con sus piernas y manos para aplastar y sus visceras para destripar, con sus miembros para retorcer y sus mentes -y sus memorias, sus conocimientos, su informacion- para exprimir: el hecho de que un bendito atentado me hubiese aupado a la posicion que repentinamente disfrutaba no era contradictorio con mi empeno de conocer al traidor que habia franqueado la entrada de palacio a los terroristas, quienes sin duda intentarian a la menor oportunidad concluir su trabajo. Hasta entonces, yo habia torturado a individuos aislados o amontonados en grupusculos de a lo sumo cinco o seis. Ahora, los casi ocho centenares de prisioneros me produjeron un vertigo desconocido pero sorprendentemente similar a la excitacion de saber que una mujer te aguarda, sumisa, en el dormitorio cuya llave solo tu posees. Una vez desnudados los presos -desgarrando sin miramientos las ropas de los hombres, obligando a las mujeres a despojarse de las prendas ante las miradas hambrientas y socarronas de mis verdugos-, los Pumas embutieron sus bocas con bolas de trapos y taponaron sus ojos con vendas empapadas en liquido inflamable, detalle que los mantuvo en tension permanente cuando fueron colgados por las manos desde alturas individualmente calculadas para que solo las plantas de los pies pudiesen, y eso tras un esfuerzo sobrehumano, apoyarse en el suelo sembrado de cristales rotos. Mentes aisladas, Jeannot, cuerpos incapaces de concentrarse en otra cosa que no fuese su propio sufrimiento… voluntades sometidas -o a punto de hacerlo- que deje a su suerte durante cinco dias devastadores: puedo asegurarte que existe un momento en que el reo desea, mas que cualquier otra cosa sobre la tierra, que su tortura concreta comience. Nada es mas aterrador para un ser humano que la percepcion, segundo a segundo, de una interminable Nada metafisica alimentada para colmo por el capricho -que la victima sabe risueno, infinito… jugueton- de otros seres humanos. Al amanecer de este sexto dia les concedi ese alivio: ordene a mis hombres encender los sopletes y me acomode para estudiar la silenciosa orgia de cuerpos amordazados retorciendose por las caricias del fuego. Curtidos en la vejacion de mujeres y el apaleamiento de hombres, a los Pumas les desconcertaba la rigurosa prohibicion de aplicar quemaduras mortales, e incluso los mas impulsivos, ignorantes de que la tortura es, como la relojeria o la buena mesa, un acto de precision creativa, protestaron e incluso amagaron una insubordinacion cuando les ordene abandonar los cuerpos quemados a otros cinco dias de reposo atroz. Cuando estos transcurrieron, entre a solas en mi jardin de estalactitas humanas: ciegos y mudos pero no sordos -los amordazadores habian puesto buen cuidado en dejar libre ese sentido-, los cuerpos se tensaban pateticamente ante los sonidos reposados que revelaban mi desplazamiento entre ellos. Sabiendome el dueno absoluto de aquel silencio que solo rasgaba el murmullo humedo de aisladas incontinencias intestinales, elegi sin prisa el cuerpo espigado de un adolescente y, plantado ante el, comence a desanudar la venda de sus ojos; el roce de mis dedos desato en el preso una convulsion de aterrorizadas coces al aire, y hube de esperar a que el agotamiento se impusiera sobre el miedo para concluir mi tarea. Mi corazon, tambien desbocado, latia cuando la venda cayo. Siempre recordare la mirada de aquel joven. Pero no por el terror que

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