Casi sin darme cuenta llegue a la estacion. Faltaba poco para las diez y el bar estaba abierto todavia. Entre y dije: «Una grappa.»

Era la primera vez en mi vida que pedia algo distinto de un chocolate caliente.

El primer sorbo me dio tos, y el segundo. Al tercero senti flojas las piernas. En un rincon brillaban las luces de un flipper.

«?A que hora pasa el proximo tren?», pregunte.

«El ultimo ya ha pasado», me respondio el hombre del mostrador, fregando vasos. «Y el proximo pasa manana por la manana.»

Tenia la cara grande y un gran bigote colgante. A lo mejor es mi padre, pense. Mama habia llegado como yo a la estacion, huia de algo y tenia miedo, estaba callada en un rincon y el, fingiendo consolarla, la habia aplastado con su cuerpo enorme contra la pared del vater. Y nueve meses despues yo vine al mundo.

Habia terminado la bebida y me sentia rara.

«?Tiene usted hijos?», le pregunte estupidamente.

«Por desgracia, no», respondio. «Pero te puedo decir lo mismo que no me parece bien que estes aqui a estas horas. Ahora mismo cierro el local y vuelves a casa, ?de acuerdo?»

Me acompano a la puerta y echo la persiana metalica. Tenia un 127 decrepito, le costo bastante arrancarlo. Cada vez que lo intentaba, el tubo de escape temblaba como si fuera a caerse. Y luego se alejo dejando una estela de nubarrones blancos.

?Volver a casa? ?Que me esperaba en casa? ?Y si volviera al colegio? A lo mejor no habia nadie, todas las monjas habian ido a ver a sus familias. Desde la vez del tizon, nunca me habia atrevido a rebelarme de esa manera contra mis tios. Como maximo, habia sido un poco maleducada. ?Como me recibirian? En el fondo, siempre habia sido una huesped desagradecida.

Alce la vista, un satelite atravesaba el cielo como si fuese un cometa. Era la noche de Navidad. Quiza mis temores eran temores inutiles. Quiza con su cola incandescente la estrella habia calentado incluso el corazon de mis tios. Llamaria a la puerta y, por primera vez, me acogerian con los brazos abiertos.

Ya pedaleaba hacia la casa, cuando oi una voz que me llamaba. Era el vendedor de bragas. Fumaba sentado entre las bolsas de mercancia.

«Estas aqui», dije.

Me hizo una sena para que me sentara y me ofrecio su cigarro. Una, dos, tres caladas. A la tercera, alguien me cogio el estomago y lo revolvio. ?Donde estaba? ?En una barca? Tenia ganas de vomitar como si hubiera mar gruesa. Todo me daba vueltas. Si, iba en una barca y la barca se hundia, giraba en el remolino que me arrastraria al fondo. «?Nunca habias fumado?», pregunto el negro. Su mano se apoyo en mi pierna, arriba, cerca de la ingle.

De repente, el remolino se detuvo y me eche a reir. La noche era negra, la carretera era negra, el vendedor de bragas era negro. ?De que color era el alma? Puede que tambien fuera negra, y por eso se me habia escapado siempre. En vez de hundirme, ahora iba a tientas. Tendia las manos hacia adelante como en el juego de la gallina ciega. ?Donde estaba el limite de las cosas? No conseguia encontrarlo.

A nuestras espaldas paso un tren. El ruido cubrio sus palabras. ?Que olor era aquel olor? Olor de bosque, de jungla, olor de animal que persigue y es perseguido. Su cuerpo estaba muy cerca, tan cerca que aplastaba el mio. ?Queria calentarme? ?Entonces por que me apretaba con tanta fuerza? Yo tenia mas ganas de reir que de llorar. Veia el blanco de sus ojos, sus manos habian desaparecido en la noche. ?Cuantas manos tenia? Me parecia sentirlas por todas partes. Cuando en mi boca entro una especie de babosa prepotente, para defenderme cerre de golpe los dientes.

De repente, me encontre en el suelo. El negro gritaba cosas que yo no entendia, y escupia. Luego recibi una patada en la espalda.

Inmediatamente despues, estaba montada en la bici y pedaleaba.

Pedaleaba y pedaleaba en la noche con el faro apagado y todo me parecia absolutamente quieto. Las piernas eran pesadas como las de las pesadillas, cuando debes escapar y nada responde a tus ordenes. Al principio sudaba. Luego el sudor se transformo en hielo. Un coche, adelantandome a toda velocidad, hizo sonar con rabia el claxon. Casi perdi el equilibrio. Cuando puse los pies en tierra mire alrededor y no reconoci nada. Ni una senal, ni un semaforo, ni un edificio.

?Adonde iba? ?Quien era yo? Observaba aquellos dedos que apretaban los frenos como los dedos de un desconocido. ?Como me llamaba? Era como intentar coger un pez con las manos: cuanto mas lo intentaba, mas se me escapaba. No habia nadie cerca a quien poder preguntarle: «?Sabe quien soy?»

De repente en mi interior se formo una enorme cavidad y en aquella cavidad yo giraba con los ojos de par en par y la boca muy abierta, como un pez en el acuario. Yo era el pez y tambien su dueno. Existia y me miraba existir. Y, aun existiendo y mirandome existir, ni siquiera estaba segura de existir.

Luego, de golpe, todas a la vez, empezaron a sonar las campanas. Asi me desperte. Es Navidad, dije, y soy Rosa. La Rosa salida de casa con el pavo bajo los pies, la Rosa que nadie quiere, la Rosa sin flores y llena de espinas, la Rosa que solo se ha llevado una patada del negro. Mire alrededor y por fin me di cuenta de donde estaba, y volvi a pedalear hacia el pueblo.

Si no me hubiese fumado aquel cigarrillo, ?hubiera sido todo de otra manera? ?Quien puede saberlo? Tenia la grappa en el estomago, la primera grappa de mi vida. Con el humo, se habia convertido en dinamita.

No pedaleaba con calma sino con rabia. El faro seguia apagado, pero la dinamo giraba y giraba. No cargaba la luz, sino la oscuridad de mi corazon. A cada vuelta de la cadena, aquel dolor confuso, aquella vaga sensacion de humillacion se transformaban en odio. Un odio puro, transparente e indestructible como el carbono en la composicion del diamante. Al subir a la boca, el odio se transformaba en palabras. Aceleraba hacia la carretera comarcal y gritaba: «?Iros todos al infierno!» «?Reventad, cabrones, hijos de puta, mierdosos!»

El corazon habia tocado las costillas, se habia enredado entre ellas, como una pelota entre las ramas de un arbol. Para hacerlo estallar, bastaria un movimiento minusculo. Las costillas eran como cuchillos. Respiraba y se clavaban en la carne. Cuanto mas respiraba, mas lancinante era el dolor. Quiza en un ventriculo se habia formado un absceso y ahora, por fin, estaba supurando.

La plaza de la iglesia parroquial estaba llena de coches. Por las vidrieras se filtraba la luz calida de las velas. Tire la bicicleta al suelo. Si hubiese encontrado a alguien en la puerta, le hubiera pegado un punetazo. No encontre a nadie, asi que abri la puerta de una patada.

Todo sucedio muy rapidamente. La iglesia estaba llena de gente. A pesar de la homilia, todos se volvieron a mirarme. Atravese la nave central a grandes pasos.

«?Todos me dais asco!», grite, «?y sabeis por que? ?Porque solo sois repugnantes, asquerosos sepulcros blanqueados!».

El parroco se quedo con la boca abierta y un brazo suspendido en el aire. Algun nino se echo a reir. Fui al nacimiento, cogi al nino del pesebre y lo levante sobre mi cabeza, como un trofeo.

«?Sabeis que es esto?», grite, dandole vueltas en el aire. «?Quereis de verdad saber que es? ?Es una estatuilla estupida!»

Nadie rechistaba, todos me miraban asustados.

«?Adorais a una estatua!», dije, antes de tirarla en mitad de la nave. «?Solo una estatua!»

El ruido del nino al hacerse pedazos los desperto. Todos se persignaron. Vi a mi tia derrumbarse en la primera fila, a mi tio saltar para cogerme.

Don Firmato empuno el candelabro y se precipito hacia mi.

Consegui huir por la nave de la izquierda. Al pasar, corriendo, arranque los carteles de colores del catecismo. Con grandes letras, habian escrito: «El amor es…» Los arroje sobre las velas a San Antonio. En menos de un segundo ardian. Yo ya estaba en la puerta.

Antes de salir, me volvi y grite con toda la fuerza de mis pulmones:

«?Escucha, Firmato, cerdo! ?Amor seria besar a la Magdalena, no vomitarle en la cara!»

Luego me monte en la bicicleta y volvi a casa.

?Queria morir? Probablemente si. La casa estaba vacia. En el fondo de la chimenea, todavia ardian las brasas.

De pronto, no sabia que hacer. Me sentia vacia. Ya no me latia el corazon, sino la cabeza. Sentia un dolor fortisimo entre los ojos. Todo me daba vueltas. Me deje caer en el celofan del sillon. ?Que pasaria ahora? ?Llegarian los carabineros y me detendrian? O a lo mejor me mataba mi tia. ?Como le habia dicho aquel dia al

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