Con el paso de los dias me di cuenta de que lo que les sucede a las plantas no es muy distinto de lo que les sucede a los hombres. Con las monjas, yo era una planta de las monjas, una planta opaca de hojas palidas. Con mis tios, era una planta que moria de sed, me habian comprado convencidos de que era de plastico. Pero en la nueva casa yo era una planta que absorbia la luz. La luz me entraba dentro y evaporaba la niebla, el aire penetraba en los poros y quitaba el polvo. Por la manana me miraba al espejo y repetia mi nombre. «Rosa», decia despacio, como si me viese por primera vez.

Durante anos habia sido una olla tapada. Hervia, hervia y el liquido de condensacion se quedaba dentro. Lentamente iba desapareciendo. Oia nuevas palabras a mi alrededor, descubria una manera distinta de afrontar la vida. Escuchaba y sabia que aquella era la manera justa de vivir, la manera que deberia haber sido la mia desde el principio.

En los primeros dias la senora Giulia me siguio paso a paso. Queria ver como me las arreglaba en la cocina. Me enseno los tres o cuatro platos preferidos de su hija. Comprobo si yo era capaz de secundarla en las tareas. Como todo iba bien, una semana despues me dejo libre y volvio a sus clases.

Entre nosotras habia nacido una simpatia inmediata. Era muy carinosa y yo respondia a su carino procurando hacer mis tareas de la mejor forma posible. No se cuantos anos podria tener, seguro que mas de cuarenta porque ya tenia algunas canas. Una vez, mientras preparaba un arroz, dijo: «En los hijos solo he pensado a ultima hora.» El marido debia de tener mas o menos la misma edad. Quiza un par de anos mas. Se habian conocido en la universidad, me conto la senora Giulia. Ahora el era un arquitecto famoso y tenia un gran estudio donde, a menudo, se quedaba a trabajar hasta tarde. Era alto, con una barba bien cuidada, elegante, y, ademas de la arquitectura, le gustaba mucho la musica. Cuando estaba en la casa, las notas de su potente estereo invadian todas las habitaciones.

De noche, antes de dormirme, por el tragaluz miraba las estrellas, los aviones y los satelites. Mirandolos, imaginaba que la senora Giulia y el arquitecto eran mis verdaderos padres, los que tendrian que haberme adoptado en vez de mis tios. Y pensaba que ahora, aunque con diez anos de retraso, habia llegado por fin a mi verdadera casa.

Comia y cenaba con ellos y, por la noche, veiamos la television sentados en el mismo divan. Y, unas semanas mas tarde, incluso empece a intervenir en sus conversaciones. Me preguntaban: «?Tu que opinas, Rosa?», y yo respondia con libertad. Nadie se reia cuando yo hablaba, sino que parecian escucharme con cierto interes. Por primera vez sentia que mis ideas eran dignas de respeto y no desentonaban al lado de las de las personas normales.

Mi dormitorio estaba en la mansarda, junto al de Annalisa, la nina. El tragaluz estaba exactamente encima de la cama y asi, de noche, cuando no conseguia dormirme, podia mirar el cielo.

El colegio, la granja, existian ahora en una nebulosa diferente, los veia pequenos, lejanos, inofensivos. Habian desaparecido de mi vida y estaban a punto de desaparecer de mi memoria. Ahora estaba en la familia adecuada, en la que deberia haber nacido.

Observaba el cielo y luego, bajo las mantas, repetia las palabras prohibidas de siempre. Papa. Mama. Papa.

?Donde habia ido a parar la chica que todas las noches se emborrachaba en el salon? ?Aquella chica que, durante mas de diez anos, habia vivido prisionera entre la sordidez de la granja y la tristeza del colegio? Del odio que durante tanto tiempo habia dominado mi corazon, apenas si conseguia vislumbrar alguna huella. Era como una tormenta que, despues de desahogarse imitando el fin del mundo, termina de repente y corre veloz hacia otra region. La hierba todavia esta humeda en la tierra, algun arbol se ha incendiado, pero la tormenta ya esta lejos. Esa sutil linea violeta en fuga hacia el horizonte ya no da miedo.

Lo unico que me molestaba un poco en aquella casa era la nina. La habian malcriado de un modo terrible. Le bastaba mover un dedo para senalar cualquier cosa y ya la tenia. La madre la abrazaba continuamente, parecia querer triturarla. «Se que me equivoco», decia, «pero no puedo evitarlo. Cuando se llega a padres tan tarde, se es tambien un poco abuelos».

Annalisa era arrogante y nerviosa. Cuando estabamos solas, me trataba como a una zapatilla vieja. Naturalmente, yo no se lo permitia, y, si nadie me veia, le apretaba fuerte las munecas. No para hacerle dano, solo para que entendiera quien mandaba en aquel juego.

Una manana, fuimos a unos grandes almacenes del centro para renovar su guardarropa. Al pasar ante el espejo, me avergonce un poco. Ella parecia una princesa y yo Cenicienta. Mis vestidos todavia eran los de la granja, los del colegio. Bajo las luces despiadadas de la tienda, mostraban su verdadera naturaleza de harapos.

La dependienta tuvo que ensenar montones de vestidos. La madre se los probaba y la nina se ponia caprichosa porque estaba harta.

«?Que te parece, Rosa?», me preguntaba, de vez en cuando, la senora Giulia y yo daba mi opinion. Demasiado ancho. Demasiado llamativo. No le pega.

Cuando en el mostrador se acumularon una docena de prendas, la dependienta pregunto: «?Es suficiente?»

«Si, si», respondio la senora.

«?Pasamos a la chica?»

De repente senti que me ardian las mejillas como despues de una larga carrera. Me habia confundido con le hermana de Annalisa. ?Que responderia la senora? ?Ah, no, ella no, es del servicio? O…

Yo habia bajado la vista cuando la oi decir: «Si. Pasemos a la chica.»

Tuvimos que cambiar de seccion. Cruzando la tienda, me sentia como ebria, insegura, en evidencia.

La dependienta abrio un gran armario. Mientras elegia los vestidos, charlaba con la senora.

«Hoy dia los chicos son todos asi. Solo les gustan las cosas viejas. Cuanto mas son de buena familia, mas les gusta parecer mendigos. Usted no me creera, senora, pero he visto a madres que imploraban a sus hijas que aceptaran un vestido. Es que somos asi, copiamos todo de los americanos. Todo lo peor, claro.»

Luego cogio un vestido de algodon azul lirio, y me lo puso encima: «?Que me dice de este? ?O quiere algo mas llamativo?»

«Si, mas color», asintio la senora, «algo en tonos verdes. Un verde que le resalte los ojos».

Me probe cuatro o cinco. Cada vez que salia del probador, me sentia una persona distinta. Y entonces la senora Giulia se me acerco y me tiro del pelo, mirandome al espejo.

«?Ves lo bonita que eres cuando te haces valer?»

Salimos de la tienda con dos bolsas en la mano, una para mi, otra para Annalisa.

Por primera vez en mi vida le prestaba atencion a mi aspecto fisico. Hasta entonces, solo me habia fijado en lo que llevaba dentro. Nunca habia pensado que pudiera ser importante la manera en que los otros me veian. Empezaba a darme cuenta de que no era ni demasiado delgada, ni demasiado gorda. No era altisima, pero tampoco baja. Si me dejaba suelto el pelo y me miraba al espejo, veia frente a mi a una chica guapa.

Poco tiempo despues de la visita a la tienda, la senora empezo a insistir en que reemprendiera los estudios interrumpidos. No dejaba de repetir: «Te falta solo un ano, es una lastima que mandes todo a paseo. Y ademas, con lo inteligente que eres, ?quieres ser ninera toda la vida?»

Reflexione un poco, y le di la razon. ?Que sentido tenia dejar que se cerraran las vias que se abrian? Ya no habia muros a mi alrededor. Podia estudiar letras, filosofia o medicina. Todos esperaban que tuviera un mal final, como mi madre, para entendernos, pero iba a convertirme en alguien importante. Un gran medico. Un filosofo entrevistado por todos los periodicos.

A la semana siguiente empece a asistir a un instituto nocturno. En la clase todos eran adultos y yo me encontraba a mis anchas. Iba en autobus y, al terminar las clases, muchas veces me recogia el arquitecto. Su estudio estaba en la misma zona de la ciudad y no era raro que se quedara trabajando hasta tarde.

Las primeras veces me intimidaba mucho. Subia al coche en silencio y en silencio permanecia todo el camino. Con el, no tenia la misma confianza que con su mujer. Nunca habia habido hombres en mi vida, aparte de mi tio, que mas que un hombre era una larva. Pero sentia que junto a el sucedia algo extrano. Si me preguntaba alguna cosa, la voz me salia demasiado aguda o demasiado baja. Si me miraba, sudaba como una fuente.

?Se daba cuenta de mi timidez? No lo se. Conducia con gestos tranquilos, parecia completamente concentrado en la calzada. Frena, pon punto muerto, cambia de marcha, vuelve a circular.

Y una noche, detenidos ante un semaforo, se volvio y dijo: «Vamos, cuentame algo de ti.»

No estaba preparada para aquella pregunta, asi que balbucee alguna frase forzada. Para mentir necesitaba

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