Me quede callada. Vi a mi tia, frente a mi, que me golpeaba con el atizador. En el fondo, matar tambien podia ser una forma de placer. ?Que dano le haria al mundo que alguien como mi tia desapareciera? Hasta mi tio se alegraria.
«Si, incluso matar.»
En aquel momento sono el telefono, pero Aldo no fue a descolgarlo.
Ahora me interrogaba Franco.
«?Y que no harias por ninguna cantidad?»
Para ganar tiempo me limpie la boca con la servilleta, me bebi todo el vino del vaso, me volvi a pasar la servilleta por los labios y luego dije: «No renunciaria a mis ideas. Las ideas no tienen precio.»
Franco y Aldo insistieron en quitar la mesa sin mi ayuda. «Si no, ?que fiesta en tu honor seria esta?», dijeron. «Mientras, relajate un poco en el salon.»
Me deje caer como un peso muerto en el divan. Las piernas apenas me sostenian. Oia las voces de mis amigos en la cocina. Estaban alegres, reian.
Sobre mi, en cambio, habia caido una terrible tristeza. Me habia venido a la cabeza el papagayo que vivia en el bar del pueblo de mis tios. Era verde y estaba sobre un caballete, junto al televisor. Los borrachos eran su compania habitual. Cuantas mas preguntas le hacian, mas fuerte gritaba. Todos se reian con sus ocurrencias y el, de alegria, batia las alas. Luego, cuando el bar cerraba, metia la cabeza bajo el ala y, completamente solo y trasquilado, se adormilaba a la luz del tubo de neon.
?Que tristeza era aquella tristeza? ?La tristeza de la granja? ?La tristeza del colegio? ?La tristeza de la madre que ya no estaba en ningun sitio? ?Era verdad que habia desaparecido o existia todavia en algun sitio? Los ojos se me humedecian peligrosamente. Deje caer la cabeza hacia atras, como cuando te echas colirio, y me sorprendi al verme reflejada en el techo.
El techo era un espejo.
«?Para que sirve?», pregunte cuando volvieron.
«?Para ver mejor el polvo!», respondio Franco.
Aldo reia. «No le hagas caso. El espejo me sirve para controlar que la gente no me robe las cosas. Tengo aqui muchos libros de valor y tambien objetos de pequenas dimensiones. Cuando hay algo bello, a todos les atrae…»
Mientras hablaba, habia cogido papel de fumar y habia empezado a mezclar una cosa oscura con el tabaco sobre un gran libro ilustrado. Franco se sento a mi lado, apoyando el brazo alrededor de mi cuello. Llevaba unos pantalones ligeros, su muslo se adheria perfectamente al mio.
«Una fiesta estupenda, ?eh?»
«Magnifica», respondi, pero ya solo tenia en la cabeza al papagayo. El, por lo menos, se quedaba solo en cierto momento. ?Que habia sido de la Rosa de hacia un instante? No conseguia encontrarla. Ahora solo quedaba la Rosa que tenia ganas de llorar.
Cuando me pasaron el cigarrillo aspire con avidez. Aldo se sento a mi lado, en la otra parte. La cabeza empezo a darme vueltas vertiginosamente. Ya no querian salir las lagrimas, sino el vomito. Sentia como la cena se balanceaba entre el estomago y la garganta como si fuese una barquilla con mar gruesa.
?De quien era aquella mano humeda y blanda? ?De quien era aquella voz? Parecia venir de muy lejos. ?Que decia? ?Por que sacaban a relucir a mi madre? Abri la mano y me encontre un billete en la palma. Lo agarre fuerte como si fuera un picaporte al que agarrarme. ?Estaba sentada o tendida? No estaba en condiciones de decirlo. Algo pesado me aplastaba, queria apartarlo pero no tenia fuerza en los brazos. Asi que hice lo que se hace cuando se encuentra un oso. Me hice la muerta.
No hacia mucho, con Annalisa, habia visto un documental sobre el adiestramiento de perros. Al principio, los perros corrian felices y desobedientes. Al final del curso, no les quedaba ninguna alegria, solo vivian para responder a las ordenes. «?Levantate! ?Sientate! ?Tumbate! ?Cogelo con la boca! ?Dejalo! ?Ahi! ?Gira!» La voz del instructor era fuerte. Si la voz no bastaba, usaba el silbato. Si tambien el silbato era inutil, pasaba a la descarga electrica. Habia un electrodo en el collar y el animal se revolvia, gritando de dolor.
VIII
Aquella noche y las noches siguientes tuve el mismo sueno. Estaba en una gran casa vacia, una casa llena de pasillos y habitaciones. Aunque hubiera por medio alguna herramienta de trabajo, ladrillos, un palustre, un pincel en un tarro de pintura, parecia abandonada desde hacia tiempo. Las tablas del suelo crujian y de las paredes y las jambas colgaban telaranas. ?Por que me encuentro aqui?, me pregunto, pero no se la respuesta. Asi que sigo adelante. Avanzo despacio, con cautela, tanteando sin cesar el terreno. No se adonde dirigirme, pero esta claro que voy buscando la salida. Y, exactamente al bajar las escaleras, oigo la voz de un nino. En vez de jugar o reir, esta llorando. «?Que sucede?», grito en el vacio de la casa. «?Que alguien lo busque! ?Que alguien le ayude!» En ese instante me doy cuenta de que en algun sitio, dentro, ha estallado un incendio. Las paredes son de madera y el humo corre ya por los pasillos. La voz del nino es cada vez mas desesperada. En lugar de ponerme a salvo, corro a buscarlo. Subo un piso, subo otro, llego a la mansarda y luego corro a la bodega. No hay decenas de puertas sino cientos y estan todas cerradas. El llanto se desplaza de una a otra. Las llamas me siguen como una jauria de perros. Luego el llanto se hace mas nitido, mas preciso, entiendo que alguien le esta haciendo dano al nino. Tengo ante mi tres puertas y una voz me dice: «Solo podras abrir una, elige pero hazlo rapido.» Me decido por la de la izquierda, alargo las manos para abrirla y solo entonces me doy cuenta de que en vez de brazos tengo tentaculos. No los tentaculos fuertes del pulpo, sino los de la medusa, resbaladizos y blandos. Los lanzo igualmente hacia el picaporte, parecen espaguetis demasiado cocidos, se agarran un instante y enseguida resbalan, caen. En el pasillo el calor es casi insoportable, las medusas no soportan las altas temperaturas. Ya siento como ceden los tentaculos de las piernas. Morire derretida, pienso, y en ese instante me doy cuenta de que hay un hombre sobre mi. ?Me ha sacado el del agua? ?O ha venido a ayudarme? Ahora estoy completamente en el suelo, el nino llora cada vez mas fuerte. Quisiera taparme los oidos, pero no tengo oidos. Miro al hombre y veo que tiene dos ojos oscuros y en la mano un arpon. Lo levanta y lo lanza contra mi. Siento como me atraviesa la punta y me clava en el suelo. Un momento antes de morir, me doy cuenta de que la voz del nino era la mia.
Al dia siguiente, me desperte en la casa vacia. Franco volvio a primeras horas de la tarde.
«?Por que tienes esa cara?», pregunto en cuanto me vio.
«Me duele la cabeza.»
«Es lo que pasa cuando se mezclan los vinos.»
Me dio una pastilla y, al rato, volvio a salir. Me quede toda la tarde en casa. La senora Giulia llamo por telefono.
«?Hay algun problema?», dijo cuando oyo mi voz.
«Un terrible dolor de cabeza.»
«Sera el estres del examen.»
Despues de la llamada, cogi el vodka del frigo y me lo bebi como si fuese agua. Me quede en el divan frente al televisor hasta que reuni la fuerza para arrastrarme a la cama. Ya casi estaba en el duermevela cuando senti la respiracion de Franco. Sabia a vino y a ajo. Estaba sobre mi.
«No», dije en voz baja.
«?Por que no?»
«Estoy cansada.»
«Lo importante es que yo no este cansado.»
?Quien ha dicho que las estrellas solo caen en las noches de agosto? Estando alli, con los ojos abiertos, vi una luminosisima que atravesaba el cielo. ?Que deseo?, me pregunte. Pero era demasiado tarde, la estrella habia desaparecido ya.
Dos noches despues vino Aldo a cenar a nuestra casa. Habria podido escapar, pero me quede. ?Donde hubiera podido esconderme?
Empece a beber desde primeras horas de la tarde. A la hora de la cena apenas si me tenia en pie. Solo me acuerdo de que nos reimos mucho. En cierto momento me oi decir: «Para hacer eso, ?quiero por lo menos el triple de dinero!»
