el momento de arrojar al Nino Jesus, habia fumado y bebido, no habia ciencia en aquel gesto sino solo rabia. Ahora deseaba la demostracion exacta del teorema.

Dios puede matar a quien quiere, y de mil maneras distintas, ahi esta la Biblia entera, negro sobre blanco, para demostrarlo. Si Dios existe, me decia, hara caer sobre mi un castigo espantoso. Si, por el contrario, no existe, no pasara nada.

De noche, fui al despacho de la superiora. No me habia mentido, la puerta siempre estaba abierta. Sobre la mesa no habia nada interesante, asi que busque en los cajones. Tuve mas suerte: habia un rosario gastado por el uso y una pequena cruz de madera sobre la que habian escrito «Jerusalen».

De mi mano fueron directamente a la taza del vater.

Vuelta a la cama, dormi profundamente y sin suenos.

Una semana despues el vater se atranco. Vino el fontanero a desmontarlo. Saco el rosario y la cruz, envueltos en papel higienico como en el velo de una novia.

Sobre el colegio descendio una capa de hielo. Hubo interrogatorios, encuentros con el padre confesor, investigaciones exhaustivas. Yo misma me maravillaba de mi habilidad para mentir, de la naturalidad con que lo hacia.

Durante diez dias no se hablo de otra cosa. Hubo una ceremonia para volver a consagrar los objetos ultrajados. Y, luego, incluso sobre aquel hecho cayo el olvido.

Volvi al despacho de la superiora a primeros de junio. Me llamo ella. Yo estaba convencida de que se trataba de la usual visita de rutina antes de las vacaciones. Pero, inmediatamente despues de decirme que me sentara, me dijo: «Lo siento, Rosa, pero no podemos seguir teniendote aqui.»

Siguio un largo silencio. Por la ventana abierta entraba el olor del jazmin.

«?Por que?», deberia haber preguntado pero no tenia gana. Cuando abri la boca, solo dije: «Vale.»

«Hasta la mayoria de edad estaras con tus tios…»

«Vale…»

La superiora se sento frente a mi. Por la manera en que suspiro, comprendi que ya era una persona vieja. De nuevo sus manos pequenas y frias sobre las mias.

«?No quieres decir nada mas?»

«?Que mas deberia decir? Usted es la que ha decidido, no yo.»

«?Por que no me abres el corazon?»

«El corazon es una caja.»

«En las cajas siempre hay algo.»

«Mi caja esta vacia.»

«Permite que no te crea.»

«Es libre de creer o no creer lo que quiera.»

«Rosa, ?me ocultas algo? Estoy muy preocupada por ti.»

«Puesto que estoy a punto de irme, mi vida ya no le afecta.»

«La primera vez que cogi tu mano entre las mias tenias casi ocho anos.»

Empezaba a hartarme.

«Paciencia», dije, levantandome, «todo pasa».

«El amor no pasa», respondio, siguiendome hasta la puerta. Me apretaba con sus manos graciles.

«Acuerdate de que yo estoy aqui siempre y que te espero. Me digas lo que me digas, lo aceptare.»

Era patetica.

«Vale», respondi secamente.

«Abrazame por lo menos, deja que te de un beso.»

Me incline a su altura. La piel de sus mejillas era suave y fresca.

Mis tios me recibieron en silencio. A su silencio, opuse el mio. Nadie ya me decia que fuera a la iglesia, ya no tenia la obligacion de los buenos modales, de mi todos esperaban lo peor y a mi no me costaba ningun trabajo ofrecerselo.

En vez de correr a ayudar a mi tia, por la manana dormia hasta tarde. Bajaba a desayunar cuando estaban comiendo. La nariz de Cuello de Pavo se dilataba de furor pero, en vez de saltarme a la garganta, callaba. El dia de mi regreso le dije: «Si se te ocurre rozarme, solo rozarme, armo tal escandalo que por verguenza tendras que mudarte de pueblo.» Por eso estaba quieta, inmovil, con la boca cerrada y, en cuanto yo salia, la tomaba con el marido. En el fondo yo era la sobrina de el: era el el que le habia metido aquella cruz en casa. La pequena huerfana que habia adoptado por caridad cristiana y que eternamente deberia haberles estado agradecida, se les habia revuelto como una serpiente con los dientes llenos de veneno.

Cuando el sol atenuaba un poco su fuerza, cogia la bicicleta de mi tia y me daba un paseo por las calles blancas. Esperaba al crepusculo para ver las luciernagas y muchas veces tambien me quedaba a mirar las estrellas.

Cuando volvia, mis tios llevaban durmiendo un buen rato. Aunque mi tio no tuviera gana, mi tia lo arrastraba a la cama con las gallinas. Entonces me iba al cuarto de estar y abria el armario de los licores. Habia tres o cuatro botellas, llevaban anos alli, regalo de alguien que seguramente ya estaba muerto. Empece por la Vecchia Romagna y segui con el Amaretto. Me tumbaba en el divan y por fin sentia calor. No el calor externo del sol de agosto sino un calor que llegaba de dentro. El mismo calor de la lluvia de besos.

Dos semanas despues las botellas estaban vacias. Volvia a casa y necesitaba beber. Asi empece a coger dinero de la chaqueta de mi tio. Cuando se dio cuenta y escondio la cartera, empece a pasarme por las iglesias de los pueblos vecinos. Llevaba un alambre retorcido y lo metia en el cepillo de las limosnas. Una o dos tardes de trabajo me bastaban siempre para comprar otra botella de licor.

En septiembre deberia haberme matriculado en el instituto y hacer todo lo posible por acabar los estudios. En realidad solo pensaba en una cosa: en alcanzar la mayoria de edad. Me sentia como un velocista en la linea de salida: los musculos estaban tensos, la mirada fija en la meta. Queria llegar lejos, demostrarles a todos de lo que era capaz.

A finales de diciembre cumplia los anos. A mediados de octubre empece a organizar la fuga.

Un mes despues, respondiendo a un anuncio, encontre mi camino. En la ciudad vecina, una familia buscaba a una chica. Deberia ocuparme de una nina, acompanarla al colegio, a la piscina. A cambio tendria una habitacion con bano solo para mi, una pequena compensacion economica y la posibilidad de asistir a un cursillo de formacion. Fui a conocerlos y nos gustamos. Cuando volvieran de las vacaciones, en enero, empezaria a trabajar. Naturalmente no les dije nada a mis tios. Habia esperado durante meses con la misma paciencia de una arana que teje su tela.

El dia antes de la partida, compre una botella de vino espumoso. Antes de irme la deje en la mesa, junto a dos vasos y una nota. «Por fin podeis brindar. La cruz se va por su propio pie.»

Afuera todavia estaba oscuro, por la carretera comarcal ya corrian los coches de los que trabajaban lejos de sus casas.

En algun sitio sonaba una campana. Hasta que no desapareci de su vista, el perro de los vecinos continuo ladrando.

VI

Pocas cosas son en el mundo tan delicadas como las plantas de interior. Basta un cambio de posicion u orientacion, una microscopica corriente de aire, para que en pocos dias pasen de la maxima lozania a la muerte.

La casa nueva estaba llena de plantas. Era un doble atico con muchas ventanas en el techo. Bajo cada franja de luz crecia una pequena selva. Giulia, la mama de la nina, las queria mucho y, en cuanto llegue, lo primero, me enseno a cuidarlas. Lavando y abrillantando las hojas, no pude evitar acordarme de las plantas que crecian en el colegio, amarillentas, tristes, estropeadas. Un poto que caia polvoriento de un armario, una maceta de pena al fondo del pasillo.

Las plantas hablan del lugar donde viven pero hablan tambien de quienes viven con ellas. En el colegio no le importaban a nadie, mientras que aqui las trataban con amor.

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