secretas de Olivier, al volante de su automovil, y acompanado de Jacqueline, el perro, las maletas y el mayor.
Acompanado de Jacqueline, de la que Olivier todavia no conocia el nombre.
II
A la salida de Rouen, Jacqueline indico la carretera adecuada a Olivier, y su gracioso gesto la hizo aproximarse a el hasta rozar con sus castanos cabellos la mejilla del joven.
Un limpido vapor transito ante los ojos de este. Recupero por fin el sentido cinco minutos mas tarde, y aprovecho la circunstancia para soltar el pedal del acelerador, que volvio hacia atras a disgusto, pues desde su posicion anterior podia ver un gran trecho de asfalto a traves del orificio del piso.
La carretera se rebobinaba a gran velocidad alrededor de los neumaticos del coche, pero un perfeccionado sistema derivado del arrancaclavos «Super», en venta en los Almacenes Velocipedistas, la desprendia de ellos automaticamente, con lo que volvia a caer detras en flaccidas ondulaciones, estirada por el rapido movimiento de rebobinado. Sin embargo, a veces se sobresaltaban al paso del coche, pues Olivier habia dejado el escape libre, y aquellos cuyas ramas no llegaban a tocar los hilos del telefono (caso que era el general, dada la severa poda practicada en el lado oportuno por los agentes responsables), no podian ser avisados a tiempo.
Los nidos de los pajaros, que conocian el truco desde 1898, resistian, por su parte, a las mil maravillas, y tambien a los sobresaltos.
Algunas nubecillas daban al cielo el aspecto de un cielo salpicado de nubecillas, lo que no dejaba de ser el caso. El sol alumbraba, y el viento desplazaba el aire, a no ser que fuese el aire en desplazamiento lo que produjera el viento, tema sobre el que se podria discutir con profusion dado que el Pequeno Larousse define el viento como «agitacion del aire», y que agitacion significa tanto el hecho de agitar como la situacion de lo que esta agitado.
De vez en cuando, una marsopa atravesaba la carretera, pero esto no era mas que una ilusion.
Olivier seguia contemplando en el retrovisor las tres cuartas partes de Jacqueline. Su corazon se inflamaba de deseos mas o menos turbulentos, o al menos Max du Veuzit no diria otra cosa.
Un traqueteo mas violento que los anteriores (pues se habian producido algunos), saco de repente al mayor de su letargo. Estiro los brazos, se froto la cara con la mano ahuecada, saco el peine del bolsillo y volvio a ponerse en orden las grenas. A continuacion, extirpo su ojo de cristal de la orbita correspondiente, lo limpio cuidadosamente con la punta del panuelo tras escupir encima de esta, y se lo ofrecio al perro, quien se nego al trueque que le proponia. Entonces se lo volvio a colocar en su sitio, y se inclino hacia los asientos de delante para animar la conversacion, hasta entonces de las mas menguadas.
En efecto, se acodo sobre los respaldos, entre las espaldas de Jacqueline y de Olivier.
– ?Como te llamas? -pregunto.
– Jacqueline -respondio la joven volviendose ligeramente hacia la izquierda para que la viera de perfil, lo que origino que, en el retrovisor, Olivier la viese ahora de frente.
Resultando completamente absorbido el ultimo cuarto de su capacidad de vision por la nueva fraccion de Jacqueline que el movimiento de esta hacia el mayor le habia hecho descubrir, no pudo darse cuenta a tiempo de la aparicion, en la carretera, de un nuevo factor cuyo surgimiento, si lo hubiera percibido en el momento oportuno, no le habria ocasionado la carencia del reflejo necesario para evitarlo, pero como nada veia, aplasto el mencionado factor, en este caso una cabra.
De rebote de la cabra, fue a dar contra un mojon de piedra que senalaba la parte derecha de la puerta de un taller con la finalidad de permitir al chapista hacer sus pruebas, y, a causa de la velocidad adquirida, penetro hasta el centro mismo de la nave, no sin antes abandonar la aleta derecha del coche al hambriento mojon.
El mecanico se dispuso a comenzar la reparacion del automovil, y Olivier ayudo a Jacqueline a bajar por su lado, pues la portezuela derecha acababa de ser retirada ya por el chapista.
El mayor y el perro se apearon a su vez, y se pusieron a buscar un restaurante provisto, en la medida de lo posible, de bar, pues el mayor tenia sed.
De pasada constataron que la cabra, causa inicial del accidente, era fuerte como un roble, y ello debido a que era de madera de olmo, con la pelambrera pintada de blanco por el chapista, que la utilizaba como senuelo. Jacqueline la acaricio al pasar por su lado, y el perro hizo pipi en una de sus patas, por simpatia.
La unica venta del lugar, la de «El Tapir Coronado», presentaba un aspecto sobrecogedor. En uno de sus rincones, algunos hombres se afanaban alrededor de una especie de artesa de piedra repleta de ardientes ascuas, y uno de ellos golpeaba con violentos martillazos una pieza de hierro al rojo con forma de herradura. Cosa mas curiosa todavia, un caballo con la cebadera de basta tela alrededor del pescuezo y con la pata trasera izquierda flexionada, esperaba su turno de golpear, triturando algo negro con sus robustos dientes. Tuvieron que rendirse a la evidencia: la venta estaba enfrente.
Sobre un blanco mantel les fueron servidos platos vacios, cuchillos, tenedores, vasos y un salero-pimentero con mostacera central, a continuacion servilletas y, para terminar, algo de comer. El mayor bebio una copita de matarratas, y se fue a hacer la digestion entre la alfalfa acompanado del perro.
Olivier y Jacqueline se quedaron solos bajo el cenador.
– ?O sea que sabias -le pregunto a quemarropa- que iba a Carcassonne?
– No -respondio Jacqueline-, pero me siento muy feliz de que tambien tu vayas alli.
Oprimido por la dicha, Olivier perdio el aliento y comenzo a respirar como un hombre al que se esta estrangulando, excepcion hecha del ruido de la risa del verdugo, que faltaba.
Transcurrido algun tiempo, se recupero y consiguio superar de nuevo su timidez. Habiendo crecido de tal modo aproximadamente media cabeza, acerco ligeramente su mano a la de Jacqueline, sentada enfrente de el.
Los pajaros, bajo el cenador, chillaban como burros y se bombardeaban con miguitas de pan y con piedrecitas verdes, ambiente de felicidad que iba embriagando paulatinamente a Olivier.
– ?Pasaras muchos dias alli? -volvio a preguntar.
– Espero que todas las vacaciones -aseguro Jacqueline con una sonrisa mas que turbadora.
Olivier adelanto un poquitin mas la mano, y el latido de la sangre en sus arterias contagio ligeramente su vibracion al dorado vino contenido en uno de los vasos, que entro en resonancia y se quebro de repente.
Otra vez el tiempo necesario para recobrar el animo. Despues continuo:
– ?Vas a casa de unos familiares?
– No -dijo Jacqueline-; me alojare en el hotel Albigenses y de la Estacion, Reunidos.
Verdaderamente no tenia el cabello castano, sobre todo cuando el sol se lo atravesaba como ahora, y las minusculas pecas que podian verse en sus brazos tostados por la vida al aire libre -hacia tambien muchas otras-, daban motivo para imaginar mas, y Olivier se sonrojo.
A continuacion, tras volver a recuperar animos a manos llenas, se los puso todos en la izquierda, y coloco la derecha sobre la mano mas proxima de Jacqueline, no pudiendo darse cuenta con exactitud de cual se trataba, pues desaparecio por completo bajo su gran zarpa de hombre.
El corazon le golpeaba con gran intensidad en el pecho, y pregunto:
– ?Quien va?
Pero al instante se dio cuenta de su error, y Jacqueline seguia sin retirar la mano.
En aquel mismo momento, todas las flores florecieron a la vez, y una maravillosa melodia inundo los campos. Se trataba del mayor, que tarareaba la novena sinfonia, con coros y todo, y venia a avisarles de que el coche estaba arreglado.
III
A la sazon mas alla de Clermont, el automovil rodaba ahora entre dos hileras de postes electricos en plena floracion, que perfumaban el ambiente con un delicioso aroma de ozono.
