Al salir de Clermont, Olivier hizo punteria cuidadosamente sobre Aurillac, y se limitaba a seguir su propia trayectoria. Viendose liberado de sujetar el volante, habia vuelto a aprisionar con su mano derecha la mano de Jacqueline.

El mayor husmeaba con delectacion el perfumado halito de los postes, con la nariz al viento y el perro sobre las rodillas. Iba cantando un melancolico blues, intentando calcular mentalmente, al mismo tiempo, cuantos dias se podrian pasar en Carcassonne con veintidos francos.

El calculo venia a desembocar siempre en la division de veintidos entre cuatrocientos sesenta, lo que acabo por producirle jaqueca y el consiguiente desinteres respecto al resultado. Decidio, sencillamente, quedarse un mes en el mejor hotel.

El mismo viento que azotaba las fosas nasales del mayor, dispersaba los bucles de Jacqueline, y refrescaba las enrojecidas sienes del desenfrenado Olivier. Desviando los ojos del retrovisor, este pudo ver junto a su pie derecho los encantadores zapatitos de Jacqueline, de lagarto todavia vivo con la boca cerrada con una hebilla de oro para que no pudieran escucharse sus gritos. La deliciosa silueta de sus ambarinas pantorrillas se recortaba sobre el cuero color crema de los asientos delanteros. Seria preciso mudar aquel cuero hecho ya jirones, pues la joven cambiaba de postura con bastante frecuencia, pero a Olivier el asunto apenas si le preocupaba, pues podria conservar el actual como un precioso recuerdo.

La carretera tenia que hacer en aquellos momentos grandes esfuerzos para convertirse en recta bajo las ruedas del coche. El tino de Olivier al apuntar hacia Aurillac a la salida de Clermont habia sido de tal precision, que ni la menor curva hubiera resultado concebible. Al minimo error del asfalto, el volante giraba sobre si mismo los grados necesarios, y volvia a imponerle la adecuada direccion, previo pago de extenuantes contorsiones. De tal manera, la carretera no pudo volver a recuperar su disposicion de siempre mas que hasta altas horas de la noche, originando multiples colisiones y considerablemente estirada.

Dejaron atras Aurillac, despues Rodez, y las lindes de la tropical Auvernia se mostraron por fin ante los ojos de los tres viajeros. En los mapas, el territorio viene bautizado como Languedoc, y los geologos no pueden equivocarse.

Desde que Aurillac habia quedado atras, Olivier ocupaba la parte posterior del coche junto a Jacqueline, y el mayor y el perro se encargaban de su conduccion. Con un golpe de llave inglesa habilidosamente aplicado, el mayor habia restablecido la orientacion exacta del retrovisor, por lo que ahora podia consagrarse al exclusivo examen del camino que acababan de recorrer.

Poco despues, las lindes de la Auvernia tropical desaparecian al mismo tiempo que la noche cerraba, pero volvieron a aparecer casi al instante: el perro acababa de manipular el interruptor de los faros.

A una hora de Carcassonne no era todavia mas que medianoche, pero tambien fue a la hora una cuando entraron en dicha ciudad.

La habitacion de Jacqueline y la de Olivier estaban reservadas desde mucho tiempo atras, y el mayor, acompanado por el perro, encontro de su agrado introducirse en la cama de una de las sirvientas del hotel, y a continuacion en la sirvienta misma. En tal punto hizo alto, y se durmio muy calentito. Volveria a cambiar de habitacion al dia siguiente, previa una cuidadosa eleccion.

IV

Se reunieron de nuevo por la manana alrededor de la redonda mesa del desayuno. Sentado debajo a igual distancia de cada uno de los tres, el perro se encontro de tal manera, y por vez primera, anulado, salvo en altura. Razon por la que pudo identificarse comodamente con la pata de la mesa.

Un movimiento del mayor le obligo, no obstante, a volver a convertirse en perro. Tal movimiento consistio en salir a los jardines del hotel. El le siguio moviendo la cola y ladrando, aunque solo fuera por cortesia. El mayor iba silbando un stomp y limpiando su monoculo.

Solos otra vez, Jacqueline y Olivier, que se sentia intimidado por las vigas tambien castanas del techo, miraban cada uno para lado distinto.

El sol dibujaba a contraluz el perfil de Jacqueline sobre una de las ventanas compuestas por trocitos de vidrio, y se vio obligado a volver a empezar varias veces antes de conseguir un parecido perfecto, pero cuando lo consiguio, la cosa resultaba verdaderamente encantadora.

La lisa piel de sus mejillas contribuia a acentuar su aspecto de lozana juventud, y el rosa de te de su tez adquiria junto a sus broncineos cabellos un matiz hasta entonces desconocido para Olivier.

Si, los ojos claros de Jacqueline, y despues morir.

Olivier estaba saboreando en lo mas profundo de si mismo un albaricoque que se acababa de tragar para degustarlo de reflujo, como lo hacen los animales provistos de cuernos. Cada vez se sentia mas feliz, ?y como explicar tal estado de animo si se hiciera abstraccion de Jacqueline?

Con un ligero movimiento, esta se levanto, echo hacia atras su silla y le tendio la mano.

– Vamos -dijo-. Demos un paseo antes del almuerzo.

En el extremo situado frente a la estacion, el mayor estaba comprando tarjetas postales. Compro por valor de veintiun francos y regalo las veinte monedas de cinco centimos que le quedaban al perro, para que se comprara alguna tonteria, con todos los tontos dentro, por supuesto.

El mayor les contemplo alejarse con ternura en un ojo, y solamente cristal en el otro, como es logico. Cogidos del brazo, sus amigos se internaron por el rupestre camino.

Ella llevaba un vestido de tela clara y sencillas sandalias de aparatosos tacones, asi como su cabellera con el sol prisionero dentro, e incapaz de escapar todavia.

El mayor dio en cambiar por un slow el stomp que aun seguia silbando, y se instalo comodamente en la terraza del cafe «De la Estacion y de los Albigenses, Reunidos».

La rural vereda resultaba, como otras veredas rurales, agradable de recorrer acompanado. La integraban una parte de camino propiamente dicho, una parte semicamino y semicampo dividida en talud con arbustos, fosa poco profunda y talud provisto de arboles, y, finalmente, campo y mas campo con todos los ingredientes deseables: mostaza, colza, trigo y animales diferentes e indiferentes.

Tambien estaba Jacqueline con sus largas piernas y su rotundo busto subrayado por su cinturon de cuero blanco, y con sus brazos al aire, excepcion hecha de dos manguitas en forma de globo, siempre dispuestas a levantar el vuelo con el corazon de Olivier colgado debajo por un fragmento de aorta lo suficientemente largo como para formar un nudo.

A la vuelta, la mano de Jacqueline sobre el antebrazo de Olivier vino a quedarse marcada, cuando ella la retiro, en tono claro sobre un fondo bronceado, pero sobre el cuerpo de Jacqueline no se distinguia ni una sola huella.

Tal vez Olivier fuese demasiado timido.

Llegaron a la plaza de la estacion cuando el mayor se levantaba para echar al correo once tarjetas postales emborronadas en un santiamen, y sabiendo que costaban diecinueve monedas de cinco centimos cada una, facil resultara calcular cuantas le quedaban todavia.

En el hotel, el almuerzo les esperaba.

V

El perro se estaba rascando las pulgas delante de la puerta de la habitacion del mayor, y Olivier le piso sin querer la cola, al salir de la suya para acudir a la llamada de la campanilla de la colacion de mediodia.

El dia anterior habia resultado maravilloso, con un paseo en coche hasta el rio. Pero el perro estaba protestando, pues solamente ahora, una vez habia acabado con la pulga, disponia del odio suficiente para ocuparse de Olivier.

Y que guapa estaba Jacqueline tumbada cerca del agua con su banador blanco, con agua perlada en sus cabellos, con agua en forma de brillante celofan en sus piernas y sus brazos, y con agua simplemente regada sobre el trozo de arena en el que estaba tendida. Asi que se agacho y golpeo amistosamente el lomo del perro,

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