-dijo, fingiendo decepcion. Billy T. habia sido el maestro de autodefensa de Hanne Wilhelmsen-. ?Tienes pensado pasarte el dia ahi, dejando que te hagan la pelota, o puedes dedicarle unos minutos al trabajo de verdad?
Hanne podia. El escritorio de su despacho estaba dominado por un descomunal ramo de flores. Era hermoso, pero el florero era un espanto, aparte de que no era lo bastante grande. Cuando lo levanto con cuidado para dejarlo en el alfeizar de la ventana, todo el tinglado se desequilibro, se le cayo de las manos y se rompio contra el suelo. Las flores y el agua corrian. Billy T. se rio.
– Asi salen las cosas cuando alguien intenta ser amable en esta jefatura -dijo.
Aparto a Hanne, recogio las flores con sus enormes manazas e intento echar el agua hacia la pared con las botas. No sirvio de nada, asi que se sento y arrojo las flores a un rincon.
– Creo que tengo algo para ti -declaro, y se saco dos hojas de papel del bolsillo de atras del pantalon que habian cogido la forma de su trasero, como hacen con el tiempo las carteras de los hombres; estaba claro que llevaban unos dias en su bolsillo-. Un alijo -explico mientras la subinspectora desdoblaba las hojas-. La semana pasada entramos en un piso. Era un reincidente y tuvimos suerte. Veinte gramos de heroina y cuatro de cocaina. Una suerte de la hostia, hasta ahora solo lo habiamos cogido por chorradas. En estos momentos lo tenemos tiritando ahi detras. -Extendio el brazo en direccion a la ventana, debia de referirse al patio trasero-. Ahi se va a quedar, ya sabes, al menos durante una temporada -anadio con satisfaccion.
Las dos hojas se parecian mucho al papel de la pelicula pornografica del abogado Olsen. Lineas enteras de numeros, agrupados de tres en tres. Ambas estaban escritas a mano, en la parte alta de la hoja ponia «Borneo» y «Africa» respectivamente.
– Esta cantando como un loco, pero insiste en que no sabe lo que significan estas hojas. Lo hemos presionado muchisimo y nos ha dado un monton de informacion util, mas de la que necesitabamos. Por eso empiezo a pensar que puede que diga la verdad cuando afirma que no tiene la menor idea de lo que significan estos numeros.
Se quedaron mirando las hojas como si ocultaran algo que de pronto podia saltarles a la cara, con tal de que las miraran lo suficiente.
– ?Ha dicho de donde las ha sacado?
– Si, insiste en que se las encontro por casualidad y que las ha guardado como una especie de seguro. Mas alla de eso no conseguimos sacarle nada, ni siquiera de que tipo de casualidad se trata.
Wilhelmsen se fijo en la extrana consistencia del papel. Estaba cubierto por una pelicula polvorienta en la que se destacaban en lila claro algunas huellas dactilares.
– Ya he hecho que investiguen las huellas dactilares del papel, pero no hay nada -comento Billy T, luego cogio los papeles, salio del despacho y volvio al cabo de dos minutos y le tendio dos copias, que aun estaban calientes-. Los originales me los quedo yo, pero, si los necesitas, me los pides.
– Muchas gracias, Billy T.
El agradecimiento era sincero, a pesar de su fatigada expresion.
Lo primero que le dijeron fue que era testigo, no sospechoso. Para el no habia apenas diferencia, ya estaba siendo procesado por su propio caso. Luego le sirvieron una Coca-Cola, siguiendo sus propios deseos; ademas, antes de convocarlo, le habian permitido darse una ducha. Wilhelmsen le trataba con amabilidad, estaba receptiva y consiguio hacerle entender que alguien que estaba acusado en un caso podia sacar ventaja de ser un buen testigo en otro. No parecio que el detenido se dejara impresionar. La conversacion giraba en torno a banalidades y parecia agradecer la interrupcion de su aburrida existencia en la celda; daba la impresion de que se lo estaba pasando bastante bien. Hanne Wilhelmsen no. La jaqueca habia aumentado y los puntos de las heridas le tiraban cada vez que hacia una mueca por el dolor.
– Me van a caer unos cuantos anos por esto, eso ya lo se.
Parecia mas entero de lo que Billy T. habia dicho.
– Tal vez te lo tenga que repetir: no me interesa tu caso. Eso sigue siendo tu caso. Yo lo que quiero es hablar contigo sobre los dos documentos que encontraron en tu casa.
– ?Documentos? No eran documentos, ya sabes. Eran unas hojas de papel con numeros. Los documentos llevan sellos y firmas y cosas asi, ya sabes.
Se habia bebido la botella de Coca-Cola y pidio otra. Hanne apreto el boton del interfono y encargo otra botella.
– ?Servicio de habitaciones! ?Me gusta! ?Donde estoy yo, no hay cosas de esas, ya sabes!
– Los documentos esos, o las hojas -la policia lo intento, pero fue interrumpida.
– No tengo ni zorra idea, de verdad. Me las encontre. Y las he guardado como una especie de seguro. En mi profesion nunca se puede ser lo bastante cauto, ya sabes.
– ?Un seguro contra que?
– Un seguro, nada mas, contra nada en especial. ?Te han pegado una paliza, o que?
– No, naci asi.
Tras tres horas de trabajo, la agente empezaba a entender por que el medico habia insistido tanto en que siguiera de baja. Cecilie le habia advertido sobre la jaqueca y las nauseas, y le habia descrito escenas horrorosas sobre como el dolor podia hacerse cronico si no se lo tomaba con calma. Hanne estaba empezando a pensar que su novia podia tener razon. Se restrego con cuidado la sien en la que no llevaba tiritas.
– No puedo decir
Wilhelmsen estudio al hombre. Estaba escualido y palido como un fantasma. La barba desalinada no conseguia cubrir del todo la gran cantidad de espinillas, tenia la piel muy estropeada para no tener mucho mas de treinta anos. En algun momento debio de ser guapo. Se imagino al tipo con cinco anos, con rizos rubios y vestido de marinerito para ir al fotografo. Era probable que hubiera sido un nino mono. Estaba acostumbrada a escuchar las quejas de los juristas de la casa sobre todas las tonterias que decian los abogados defensores: una infancia miserable, traicionado por la sociedad, padres que se mataban a beber, madres que bebian un poco menos y se mantenian con vida de manera que impedian una transferencia sensata de la custodia, hasta que el nino, en torno a los trece anos, estaba completamente incontrolable y mas alla de toda ayuda que pudieran ofrecerle los servicios de proteccion de menores u otras almas caritativas. Esas cosas no podian salir bien. Wilhelmsen sabia que los abogados defensores tenian razon. Con diez anos de impotencia a sus espaldas, hacia mucho que habia entendido que un trapero no sale de la nada. Todos ellos lo habian pasado fatal. Probablemente este tipo tambien. Como si le leyera los pensamientos, el hombre se encogio y dijo con un hilo de voz:
– Yo lo he pasado fatal, ya sabes.
– Si, ya lo se -respondio ella abatida-. Ahora no puedo ayudarte con eso, ya sabes. Pero tal vez pueda arreglar hoy lo del traslado, si me dices de donde has sacado los documentos.
Fue evidente que la oferta le resulto tentadora. Lo vio contar bolas imaginarias, si es que sabia contar.
– Los encontre. No puedo decir
La subinspectora Wilhelmsen no tenia fuerzas para continuar. Le ordeno que se bebiera el resto de la Coca- Cola; el obedecio la orden y se la fue bebiendo por el camino hasta las celdas. Ante la puerta de la suya, le devolvio la botella vacia.
– He oido hablar de ti, ya sabes. Dicen que eres justa. ?Gracias por las Coca-Colas!
El hombre fue trasladado a la carcel provincial ese mismo dia. Wilhelmsen no estaba tan cansada como para no tener tiempo de mover unos hilos antes de irse a su casa. Aunque no podia sacarse de la manga plazas en una carcel repleta, al menos podia influir sobre las prioridades. Aquel hombre maltrecho se sintio feliz cuando, ese mismo dia, una vez instalado en una celda con ventana en la que al menos habia algo parecido a una cama, recibio la visita de su abogado.
Estaban solos en una habitacion, el jurista de traje y el hombre con sindrome de abstinencia. En el cuarto, se entraba desde una sala mas grande, donde los mas afortunados recibian visitas de la familia o de amigos; una
