otra mano, pero no tuvo fortuna, porque, al querer agarrarse, el otro hombre dio un potente respingo y consiguio soltarse. Billy T. se quedo con la bota en la mano y tuvo el tiempo suficiente como para sentirse ridiculo antes de oir el golpe que produjo el otro al tocar el suelo al otro lado de la tapia. El policia tardo tres segundos en reaccionar, pero el fugitivo habia aprovechado muy bien el tiempo, estaba a punto de alcanzar otro zaguan, y esta vez para salir a la calle. Cuando llego a la salida en forma de arco, se giro hacia Billy T. empuno un arma y apunto en direccion al agente.

– ?Policia!-bramo Billy T.-. ?Soy policia!

Paro en seco, pero sus suelas de piel no aguantaron el gesto y siguieron deslizandose por el suelo. La enorme figura bailo cinco o seis pasos intentando recuperar el equilibrio mientras sus aspaventados brazos parecian dirigir una orquesta imaginaria. De nada sirvio, se precipito de espaldas al suelo y solo la nieve recien caida le salvo de un terrible impacto. Su orgullo se llevo la peor parte y profirio todo tipo de juramentos en su interior al oir la puerta exterior cerrarse detras del fugado.

Se estaba cepillando la nieve cuando Hanne aterrizo detras de el desde lo alto de la pared.

– Estas loco -dijo, llena a la vez de admiracion y reproche-. ?Y de que le habrias acusado si lo hubieses pillado?

– Tenencia ilicita de arma -mascullo el agente, mientras limpiaba la nieve de su trofeo de caza: una vulgar bota de caballero, un numero 44 hecho en piel.

Ordeno la retirada. Bastante cabreado.

Lunes, 26 de octubre

La bandeja de entrada del correo, situada en la estanteria de la salita, estaba llena de pegatinas amarillas. Hanne odiaba los mensajes de telefono, era demasiado responsable como para tirarlos, aunque sabia que, al menos, la mitad de las once personas que la habian llamado no tenian nada importante que transmitir. La parte mas molesta del oficio era tener que contestar a las preguntas de la gente; victimas impacientes que no entendian por que se tardaba mas de seis meses en investigar un caso de violacion cuando se conocia el agresor, abogados irascibles que exigian la busqueda de antiguos fallos procesales y algun que otro testigo que se creia mas valioso de lo que dejaba entrever la Policia.

Dos de los papelitos eran de la misma persona; en ellos se podia leer: «Llama a Askhaug, hospital de Ulleval», junto con un numero de telefono. Wilhelmsen sintio un fuerte desasosiego, recordo todas las pruebas que le habian practicado del craneo y decidio llamar. Askhaug estaba en su puesto, aunque Hanne tuvo que pasar antes por otras tres extensiones antes de dar con la mujer en cuestion. Finalmente se presento.

– Ah, si, me alegro de que llames -contesto la senora del telefono con voz de pollo-. Bueno, soy enfermera en la Seccion de Psiquiatria. -Hanne respiro aliviada, no era su cabeza la que tenia problemas; la sanitaria prosiguio-: Tuvimos aqui a un paciente, un detenido en prision preventiva. Creo que era holandes, y me han dicho que tu llevas el caso, ?es cierto? -Lo era-. Ingreso en estado psicotico y se mantuvo a base de neurolepticos durante varios dias hasta que pudimos observar alguna mejora. Finalmente pudimos poner un poco de orden en su vida espiritual, aunque no sabemos cuanto durara. Las dos primeras noches tuvimos que ponerle panales, es que ya no aguantabamos mas, ?sabes? -El suave acento del sur parecia pedir perdon, como si ella fuese la unica responsable de los pauperrimos recursos de la sanidad publica-. Suelen ser las asistentas quienes les cambian los panales, ?sabes?, pero es que el chico estaba muy estrenido, llevaba asi ya mucho tiempo, hasta que empece mi turno de noche treinta y seis horas despues de su hospitalizacion. Solemos echar una mano, quiero decir con los pacientes, asi que le cambie los panales al hombre, ?sabes? Ese trabajo les corresponde a los asistentes, ?sabes? -Hanne lo sabia-. Luego descubri en las heces un grumo blanco sin digerir y, como tenia curiosidad, lo saque…, bueno, tenemos guantes de plastico, claro.

Solto una risita por el auricular.

– ?Y bien?

Wilhelmsen estaba perdiendo la paciencia, y empezo a frotarse la sien con el dedo indice, en la zona de la herida, donde el pelo que nacia estaba empezando a picar.

– Era un trozo de papel, del tamano de una postal, pero enrollado, y se podia leer lo que ponia, incluso despues de un ligero aclarado. Pense que podia ser de interes, ?sabes?, asi que te llame, por si acaso.

Wilhelmsen no escatimo los elogios hacia la mujer deseando que llegase lo antes posible al grano.

A duras penas, se entero al fin de lo que ponia en el papel.

– Estare ahi dentro de quince minutos -dijo toda acelerada-. Veinte minutos como mucho.

La jefatura disponia ahora de una sala de emergencias, nombre que sonaba algo pretencioso hasta que uno entraba a las dependencias. Habian sobrado veinte metros cuadrados tras la redistribucion del espacio en el area A 2.11, al fondo del pasillo que miraba hacia el nordeste; aquel era un lugar impersonal y bastante inservible. Lo llamaban sala de emergencias cuando se trataba de asuntos importantes; podia albergar en el mismo espacio a todo el personal y todo el papeleo a la vez, es decir, que, de algun modo, era relativamente funcional. Habia dos telefonos sobre sendos escritorios, colocados a su vez el uno frente al otro debajo de la ventana. Las patas eran metalicas, como todas las de los pupitres del edificio, y con los tableros inclinados formando una suerte de tejado. Sobre el caballete se balanceaban una bandeja llena de lapices roidos, gomas de borrar y boligrafos baratos. Detras de cada escritorio las paredes estaban tapizadas de estanterias vacias que recordaban a todo el mundo lo miserable de su situacion y, en una habitacion contigua, habia una fotocopiadora demasiado vieja que ronroneaba monotona e irritantemente.

El inspector Kaldbakken lidero la reunion, era muy delgado y usaba un dialecto cuyas palabras desaparecian a medias en un murmullo borroso, pero no importaba, porque todos los presentes estaban acostumbrados y adivinaban lo que decia.

La subinspectora Hanne Wilhelmsen aclaro la situacion, fue desmenuzando toda la informacion entre hechos y especulaciones, realidades y rumores. Desgraciadamente, dominaban las especulaciones y los rumores, aun asi causaron cierta impresion en los presentes, pero los descubrimientos tecnicos eran escasos y no impresionaban ya a nadie.

– Detengan al abogado Lavik -exhorto un joven policia, lleno de pecas y con la nariz respingona-. Hay que jugarselo todo a una carta, esta a punto de reventar.

Un angel paso por la habitacion; el embarazoso silencio indico al joven que habia metido la pata, empezo a morderse las unas de verguenza.

– ?Tu que dices, Hakon? ?Que es lo que tenemos, en realidad? -pregunto Hanne, que tenia mejor aspecto y que finalmente habia decidido cortarse el pelo. Suponia una clara mejoria, el corte de pelo torcido que habia lucido durante una semana era realmente comico.

Hakon parecia ausente e hizo un esfuerzo por seguir la corriente.

– Si pudiesemos conseguir que Lavik hablara por propia voluntad, es posible que estuvieramos un poco mas cerca. El problema es que, tacticamente, debemos lograr que el interrogatorio parezca autentico. Sabemos… - Interrumpio la frase y empezo de nuevo-. Creemos que el hombre es culpable, hay demasiadas coincidencias, como el encuentro en plena noche con el fugitivo armado, las iniciales en los billetes de banco, la visita al patio trasero el dia que Han van der Kerch recibio la nota de amenaza que le dejo petrificado. Y otro hecho mas: Lavik visito a Jacob Frostrup pocas horas antes de que ese buen hombre decidiera acabar con su propia vida.

– Eso no significa nada -asevero Wilhelmsen-. Todos sabemos que las carceles estan llenas de drogas. Los propios carceleros, por ejemplo, entran y salen a su libre albedrio, no tienen que pasar un solo control desde la calle hasta las celdas, si les apetece. -Tras meditar durante unos segundos, anadio-: En realidad es increible. Es bastante extrano que los empleados de los grandes almacenes Steen & Strom deban aceptar que se les registre para prevenir los hurtos mientras que los funcionarios de prision se niegan a pasar los controles para evitar el contrabando de drogas en las carceles.

– Los sindicatos, los sindicatos -murmuro Kaldbakken.

– Ademas, puede que el temor que siente Han van der Kerch por la carcel tenga algo que ver con el caso. Tal vez sospeche de alguien dentro del sistema carcelario -prosiguio Hanne, sin dejarse afectar por las consideraciones politicas del inspector-. Me parece muy poco probable que Lavik se arriesgue a que le pillen con el maletin lleno de droga. La muerte de Frostrup es sin duda una senal que viene a confirmar que el pavor que

Вы читаете La Diosa Ciega
Добавить отзыв
ВСЕ ОТЗЫВЫ О КНИГЕ В ИЗБРАННОЕ

0

Вы можете отметить интересные вам фрагменты текста, которые будут доступны по уникальной ссылке в адресной строке браузера.

Отметить Добавить цитату