protectora las operaciones durante tantos anos estaba de su lado. Los escasos traspies eran previsibles y los acontecimientos ocurridos ultimamente representaban solo una advertencia que provenia del mismo destino: tocaba liquidar el asunto. Eso implicaba que la tarea habia acabado. El hombre entrecano consideraba el destino como un buen amigo y prestaba atencion a las senales que le mandaba. Habia acumulado millones, ahora les tocaba a otros seguir con el negocio.

La prima de los dos correos habia mermado el capital, pero valia la pena. Solo aquellos dos colegas sabian quien era el. Olsen estaba muerto y Lavik mantenia la boca cerrada, al menos, de momento. Se ocuparia del asunto sobre la marcha, lo tenia todo pensado y planeado.

Hansa Olsen fue su primera victima en tiempos de paz; no le habia costado tomar la decision. Fue necesario y realmente no fue muy distinto de aquella vez, cuando dos soldados alemanes yacieron en la nieve delante de el con sendos balazos mortales en el uniforme. En aquel entonces tenia diecisiete anos y se dirigia hacia Suecia. La detonacion proveniente de la pistola retumbo en sus oidos mientras desvalijaba a los muertos de sus bienes; despues, lleno de euforia nacional, prosiguio hacia Suecia y la libertad. Ocurrio justo antes de las Navidades de 1944 y ya sabia que pertenecia al equipo ganador. Habia matado a dos enemigos y no sintio pena alguna por ello.

Tampoco el asesinato de Hansa Olsen provoco en el ningun sentimiento de culpabilidad, habia sido necesario acabar con aquel tipo. Sintio incluso cierta excitacion, una satisfaccion emparentada con el sentimiento de triunfo que experimento tras una redada exitosa entre los arboles frutales del vecino, mas de cincuenta anos atras. El arma era antigua, sin registrar, pero estaba en perfecto estado de uso y comprada a un cliente fallecido hacia muchos anos.

Tras leer el documento, enrollo las hojas en forma de antorcha y las apreto bien antes de arrojarlas a la hoguera. Los veintitres folios de codigos fueron colocados en el mismo lugar. Diez minutos mas tarde no existia documento alguno en el mundo que pudiera relacionarle con otras cosas que no fueran actividades respetables. Ninguna firma, ninguna nota escrita a mano, ninguna huella dactilar, en suma, ninguna prueba.

Empezo a temblar y fue al cuartucho a buscar ropa seca. Fue mas facil devolver el cofre a su lugar de procedencia en el pozo que sacarlo de alli. Echo el poso de cafe a las llamas antes de volver a ponerse la ropa que llevaba cuando llego, colgo las prendas mojadas en una despensa exterior y cerro la cabana. Eran las dos de la manana. Le daba tiempo para regresar a la ciudad con suficiente margen para ducharse y presentarse en la oficina puntualmente. Estaba acatarrado y cansado, pero eso era de lo mas normal, al menos en opinion de su secretaria.

Martes, 3 de noviembre

Fredrick Myhreng estaba en plena forma. Mientras aun seguia con vida, Hans A. Olsen le habia proporcionado un par de reportajes buenos a cambio de unas pocas cervezas en Gamla. El tipo corria detras de los periodistas como los chiquillos detras de los cascos de las botellas. A pesar de ello, Myhreng lo preferia muerto. Ahora contaba con la plena confianza del director del periodico y con tiempo libre para concentrarse en el caso de la mafia, ademas de recibir miradas de animo de los companeros que entendian que el chico estaba a punto de hacerse su hueco.

– Contactos, ya sabes, contactos -respondia a la gente cuando le preguntaban.

Se encendio un cigarrillo y el humo se mezclo con el dioxido de carbono que, pesado como el plomo, flotaba tres metros por encima del asfalto. Se reclino contra una farola y se subio las solapas de la cazadora de piel de borrego; se sentia como James Dean. Al inhalar, una brizna de tabaco acompano al humo hasta las vias respiratorias, y le provoco una tos violenta. Los ojos se le llenaron de lagrimas y las gafas se empanaron, ya no veia nada, y James Dean habia desaparecido, agito la cabeza y abrio los ojos de par en par a fin de librarse del vaho.

Al otro lado del trafico de la calle se encontraba el despacho de Jorgen Ulf Lavik. Una suntuosa placa de laton anunciaba que Lavik, Sastre & Villesen tenian su despacho en la tercera planta del espigado edificio de ladrillo de finales de siglo. Estaba muy centrico, a tiro de piedra del juzgado. Extremadamente practico.

Lavik le resultaba interesante. Myhreng habia investigado ya a unas cuantas personas, habia hecho llamadas de telefono, habia hojeado viejas declaraciones de la renta y habia frecuentado las tabernas mostrandose muy jovial. Al comenzar tenia veinte nombres en el cuaderno, ya solo le quedaban cinco. La seleccion habia sido dificil y en gran medida dictada por el instinto. Lavik se destacaba y habia terminado encabezando la lista, con su nombre subrayado. Gastaba tan poco dinero que resultaba sospechoso. Tal vez solo fuera ahorrativo, pero ?hasta ese punto? La vivienda y los coches podrian ser los de un asesor de nivel 31 de ingresos, y no tenia ni barco ni cabana en el campo, a pesar de que su declaracion de la renta demostraba que los ultimos anos las cosas le habian ido muy bien y que habia ganado mucho dinero con un proyecto hotelero en Bangkok, proyecto en el que aun seguia implicado. Al parecer, resulto ser una inversion especialmente ventajosa para sus clientes noruegos y habia generado nuevos proyectos en el extranjero, la mayoria de ellos con pingues beneficios tanto para los inversores como para el propio Lavik.

Como abogado defensor se podia decir que su exito era considerable. En la bolsa de renombres tenia un valor medio-alto, su estadistica de absoluciones resultaba convincente y no era facil encontrar a nadie que hablara mal de el.

Myhreng no era demasiado inteligente, pero si lo bastante listo como para fijarse en el abogado. Por otro lado, era ingenioso y estaba dotado de buena intuicion, ademas de haberse formado con el director de un periodico local, un hombre mas listo que el hambre y que sabia que el periodismo de investigacion consistia en su mayor parte en tiros fallidos y trabajo duro.

– La verdad esta siempre bien escondida, Fredrick, siempre bien escondida -le repetia el viejo periodista-. Hay que remover mucha mierda para encontrarla. Abrigate, no tires nunca la toalla y lavate a fondo cuando hayas acabado.

No podia hacerle dano mantener una charla con el abogado Lavik. Lo mejor era no tener cita, llegar de improviso. Apago el cigarro, escupio y cruzo la calle haciendo zigzag entre los coches que pitaban y un camion sin carga.

La senora de la recepcion era sorprendentemente fea. Era una mujer mayor que parecia la bibliotecaria de una pelicula para adolescentes. Las recepcionistas deberian ser bellas y amables, esta no lo era. Tuvo la impresion de que iba a renirlo cuando tropezo en la puerta y casi entro de bruces en la habitacion, pero para su sorpresa sonrio, aunque sus dientes eran anormalmente regulares y grisaceos y era evidente que llevaba dentadura postiza.

– Esa puerta esta fatal -se quejo-. Lo he dicho mil veces. En realidad es un milagro que a nadie le haya pasado nada grave. ?En que puedo ayudar al senor?

Myhreng le dedico su sonrisa irresistible-para-senoras-mayores, pero ella desenmascaro sus intenciones y su boca adquirio un aire severo, y se le formaron mil arrugas alrededor como pequenas flechas enfadadas.

– Me gustaria hablar con el abogado Lavik -dijo Myhreng, sin quitarse la sonrisa malograda.

La senora hojeo en un libro, pero no lo encontro.

– ?No tenia cita?

– No, pero la cosa tiene cierta importancia.

Myhreng dijo quien era y la boca de la senora se fruncio aun mas. Sin anadir palabra, la secretaria pulso dos teclas en un telefono. El abogado Lavik lo iba a recibir, pero tardaria unos minutos en estar disponible.

Tardo media hora.

El despacho de Lavik era grande y luminoso. Era una habitacion cuadrada con suelo de parque y en las paredes solo habia tres cuadros, con lo que la acustica era desagradable; hubiera resultado util tener mas adornos en las paredes. El escritorio estaba llamativamente ordenado, tan solo contenia cuatro carpetas. Un enorme armario archivero de madera noble ocupaba uno de los rincones de la habitacion, junto a una pequena caja fuerte. La silla para los clientes era comoda, pero Myhreng sabia que estaba comprada en Muebles A y que era mas barata de lo que parecia, porque el tenia una igual. En la estanteria no habia gran cosa, asi que el periodista supuso que el bufete contaba con una biblioteca. Sonrio al percatarse de que uno de los estantes estaba repleto de viejos libros juveniles, en envidiable estado de conservacion, a juzgar por los lomos.

Вы читаете La Diosa Ciega
Добавить отзыв
ВСЕ ОТЗЫВЫ О КНИГЕ В ИЗБРАННОЕ

0

Вы можете отметить интересные вам фрагменты текста, которые будут доступны по уникальной ссылке в адресной строке браузера.

Отметить Добавить цитату