– ?La cena!

Billy T. vocifero de alegria y se sirvio cafe del termo.

– Viernes gourmet -dijo Hanne, dibujando una sonrisa con la boca llena.

Llevaban ya alli tres horas y era su tercer dia de vigilancia, apostados frente al complejo de adosados donde vivian Jorgen Lavik y su familia. La casa era aburrida y de color marron, pero las bonitas cortinas y la suave luz interior transmitian calor hogareno. Los miembros de la familia se acostaron tarde, aunque los policias estaban ya acostumbrados a ver las ultimas luces apagarse alrededor de medianoche. De momento, su espera en un coche frio no habia dado frutos, la familia Lavik se comportaba de un modo tediosamente normal. La luz azul de un televisor parpadeo a traves de la ventana del salon, desde los programas infantiles hasta la ultima edicion de las noticias. Sobre las ocho de la tarde se apagaron dos luces de un dormitorio de la segunda planta, los dos agentes supusieron que se trataba de los cuartos de los ninos. Solo una vez salio alguien por la puerta de madera blanca, que lucia una oca fijada con clavos que croaba la bienvenida con letras goticas. Era probable que fuera la senora Lavik, que solo iba a sacar la basura. No les habia resultado facil verla bien, pero ambos tuvieron la impresion de estar ante una mujer arreglada, delgada y bien vestida, incluso en una noche de tinte casero.

Se aburrian, el radiocasete estaba prohibido en los coches oficiales y los avisos que escupia la radio de la Policia, acerca de la criminalidad capitalina del viernes por la noche, no eran especialmente entretenidos, pero los dos agentes se armaron de paciencia.

Habia empezado a nevar, los copos eran grandes y secos y el coche llevaba tanto tiempo aparcado que la nieve ya no se derretia encima del capo, que no tardo en estar vestido de blanco. Billy T. acciono los limpiaparabrisas para mejorar la vision.

– Ya es de noche noche -dijo, apuntando hacia la casa cuyas luces se apagaban una tras otra.

Una de las ventanas de la segunda planta siguio encendida algunos minutos mas, pero pronto la luz de la entrada quedo como la unica fuente de iluminacion que permitia discernir la silueta de la casa.

– Bien, pues vamos a ver si el bueno de Jorgen tiene otra cosa que hacer el viernes por la noche aparte de regocijarse debajo de las sabanas -dijo Hanne, sin parecer demasiado esperanzada.

Paso una hora y seguia nevando, serena y silenciosamente. Hanne acababa de proponer la retirada. Billy T. resoplo despreciando la idea. ?Acaso era la primera vez que vigilaba a alguien? Tenian que aguantar otras dos horas mas.

Alguien salio de la casa y los ocupantes del coche estuvieron a punto de perderselo, habian empezado a cerrar los ojos y a dormitar. El perfil de un hombre emergio del frio, vestia un abrigo de cuero negro e intento torpemente cerrar la puerta con la llave. Al volverse, se levanto el cuello del abrigo, cruzo los brazos a la altura del pecho y empezo a correr hacia el garaje situado al borde de la carretera. La puerta se abrio antes de que alcanzara la cochera, «apertura automatica», dedujeron los dos policias.

El Volvo era de color azul oscuro, pero con las luces encendidas fue facil seguirlo. Billy T. se mantenia a una distancia prudencial, el trafico a esas horas de la noche era tan poco denso que el peligro de perderlo de vista era minimo.

– Es una locura vigilar con una sola unidad -murmuro Billy T.-. Esos tios son unos paranoicos, deberiamos tener al menos dos coches.

– Dinero, dinero -contesto Hanne-. Este no esta acostumbrado al juego, no se cubre las espaldas.

Bajaron hasta el cruce de Storo. Los semaforos de la bifurcacion parecian enormes ciclopes descerebrados cuyo ojo de color ambar parpadeaba de forma intermitente para empujar a los automovilistas hacia el siniestro. Habia dos coches cruzados en la calzada de la autovia periferica Store Ringvei, uno de ellos con importantes danos en la parte delantera. Los policias no podian permitirse parar, asi que prosiguieron hacia Sandaker.

– Ha parado -dijo Hanne, con brusquedad.

El Volvo estaba aparcado con el motor en marcha junto a una cabina telefonica en el distrito de Torshov. Lavik tenia problemas para abrir la puerta de la cabina, el hielo y la nieve atascaban las bisagras, y solo pudo penetrar por una estrecha apertura. Billy T. paso lentamente por delante de la cabina, giro a la derecha en la primera bocacalle y luego viro el vehiculo ciento ochenta grados. Volvio al cruce y aparco cincuenta metros mas alla del hombre al telefono. Era evidente que la luz que iluminaba el habitaculo era molesta, porque el tipo se encorvo para proteger su rostro y se coloco de espaldas hacia los dos policias.

– Conversacion telefonica desde una cabina. Vale, un viernes por la noche; creo que nuestras sospechas tienen fundamento -dijo Billy T. con satisfaccion manifiesta.

– Puede que tenga una amante.

Hanne quiso frenarle en seco, pero no consiguio sofocar el entusiasmo de su colega.

– ?Una amante a la que llama desde una cabina a las dos de la manana? Venga ya, por favor -dijo el, a modo de censura y consolidado por el peso de su propia experiencia.

La conversacion se prolongo durante un rato. La calle estaba casi vacia, tan solo se veia a algun que otro chotacabras borracho, que volvia a casa dando tumbos, vadeando por la nieve que tapizaba el entorno y que conferia un aspecto navideno al mes de octubre.

De repente el hombre colgo, parecia seguir teniendo prisa y se zambullo en el coche, que patino un poco con las ruedas antes de soltarse y bajar la calle Vogt como un alud.

El coche de Policia salio del cruce y acelero siguiendo el rastro del Volvo, que luego volvio a parar de pronto, esta vez en el distrito de Grunerlokka, tras tomar una bocacalle y practicamente aterrizar en una plaza de aparcamiento libre. Los policias aparcaron cien metros mas arriba. Jorgen Lavik desaparecio del campo de vision en cuanto doblo la esquina. Hanne y Billy T. cruzaron sus miradas y sin hablar acordaron salir del coche en ese mismo instante. Billy T. la rodeo con el brazo, le susurro al oido que eran novios y, abrazados, bajaron el callejon por donde se habia esfumado el abogado. El pavimento estaba resbaladizo. Hanne tuvo que aferrarse con fuerza a Billy T. para no caerse, sus botas tenian las suelas de piel.

Torcieron por la misma esquina y enseguida avistaron a Lavik con otro hombre. Hablaban en voz baja, pero los aspavientos que hacian con los brazos decian mucho acerca del contenido de la conversacion. No parecian muy amigos. La distancia que los separaba de los policias era de unos cien metros, cien largos metros.

– Los cogemos ahora -murmuro Billy T., impaciente como un Setter ingles que acaba de rastrear una perdiz blanca.

– No, no -bufo Hanne-. ?Estas loco! ?Con que fundamento? No esta prohibido charlar con alguien de noche.

– ?Fundamento? ?Que cono significa eso? ?Arrestamos gente todos los putos dias basandonos solamente en nuestro instinto!

Noto la sacudida que recorrio el largo cuerpo de su companero y se colgo de la chaqueta para retenerle. Los dos hombres se percataron de su presencia y los policias, ya muy cerca de la pareja, percibieron sus voces, pero sin discernir las palabras. Lavik reacciono ante los curiosos, levanto el cuello del abrigo y volvio despacio pero con paso firme hacia el coche. Hanne y Billy T. se camuflaron en un abrazo apasionado y sintieron como los pasos a sus espaldas se dirigian hacia el Volvo oscuro, mientras el otro hombre permanecia de pie en el mismo lugar. De repente Billy T. se solto y echo a correr en direccion al hombre desconocido. Lavik habia cruzado la calzada y tomado la primera bocacalle, estaba ya fuera del campo de vision, el extrano echo a correr, y Hanne se quedo sola y desconcertada.

Billy T. estaba bien entrenado y recortaba la distancia con su presa a razon de un metro por segundo, pero al cabo de unos cincuenta metros de carrera el hombre se escabullo por un zaguan. Billy T. estaba ya a solo diez metros de el y alcanzo la puerta justo antes de que esta se trancara. Era imposible que el porton hubiera estado cerrado antes, el hombre tenia que haberlo empujado con mucha fuerza al entrar corriendo. La puerta de madera era grande y pesada, y entretuvo lo bastante a Billy T. como para que este perdiera de vista a su contrincante al entrar.

Se precipito a traves del portal que desembocaba en un patio trasero de diez metros por diez, cercado por tapias de tres metros de altura. Uno de los muros aparentaba ser la pared trasera de un garaje o de un cobertizo; desde la parte superior de esa pared nacia un tejado de hojalata en pendiente. En una esquina asomaba un macizo enladrillado del cual brotaban, atravesando la capa de nieve, tristes y mustios restos de flores y, detras, emergia una espaldera chapucera, totalmente desnuda y cuyas plantas apenas se agarraban al palo transversal inferior. En la parte superior, el fugitivo intentaba pasar al otro lado del muro.

Billy T. tomo la diagonal y alcanzo la esquina con diez zancadas, logro atrapar una bota, pero el hombre pateo con violencia y golpeo al agente en plena frente. El policia no lo solto y ademas intento trincar el pantalon con la

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