infinitamente desdenosa.

– ?Dijo por que tenia una partida tan grande de droga?

– Sinceramente -reprocho Lavik-, aunque este muerto, me parece fuera de lugar estar aqui relatandole a la Policia lo que me conto.

Los dos policias aceptaron callados el razonamiento.

Wilhelmsen se concentro un instante antes de jugar su ultima baza. Se paso el dedo por la sien rapada, una mania que habia desarrollado durante los ultimos dias. El cuarto estaba tan silencioso que se imaginaba que los demas podian oir el ruido que hacia al rascarse con la punta de los dedos.

– ?Por que se cito con un hombre el viernes a las tres de la madrugada en Grunerlokka?

La voz era incisiva, como si quisiera que sonara mas dramatico de lo que realmente era. El estaba preparado.

– Ah, eso, si, era un cliente. Tiene un problema muy gordo y necesitaba ayuda urgente. De momento, la Policia no esta involucrada, pero tiene mucho miedo y tenia que darle algun que otro consejo.

Lavik exhibio una sonrisa tranquilizadora que daba a entender que era para el bastante habitual tener que levantarse de la cama en plena noche para atender a clientes en los barrios mas desfavorecidos de la ciudad. Su rostro expresaba incluso que ocurria a diario, practicamente todas las noches.

– ?Y quiere que me trague eso? -dijo ella por lo bajo-. ?De verdad quiere que me lo trague?

– Me importa muy poco lo que crea o deje de creer -dijo Lavik dirigiendole una sonrisa-. Lo importante es que yo cuente la verdad. Si usted opina otra cosa, su deber es demostrarlo.

– Es exactamente lo que voy a hacer -contesto Wilhelmsen-. Puede irse, por esta vez.

El abogado Lavik se puso el abrigo, dio las gracias, se despidio cordialmente y cerro la puerta educadamente al salir.

– Anda que has hablado mucho -dijo Hanne, irritada, dirigiendose a su colega-. ?De que me sirve tenerte aqui?

La lesion de la cabeza la habia vuelto mas irascible. Hakon hizo caso omiso. Su estado emocional era fruto de la decepcion que sentia por el brillante modo en que Lavik controlo y bloqueo el interrogatorio. Hakon lo sabia y se limito a sonreir.

– Mejor decir poco que demasiado -dijo como defensa-. Ademas, sabemos una cosa: el propietario de la bota ha tenido que hablar con Lavik despues de lo que ocurrio el viernes por la noche. Parecia muy preparado. Por cierto, ?por que no le mencionaste nada sobre el papelito?

– Me lo reservo para mejor ocasion -dijo ella tras un instante de reflexion-. Me voy a casa a dormir, me duele la cabeza.

– ?No saben nada!

Estaba radiante y satisfecho, algo que el hombre mayor pudo apreciar incluso a traves del auricular que distorsionaba la voz. Habia estado preocupado por su joven companero; durante su ultimo encuentro en el valle Maridalen habia estado al borde de un ataque de nervios. Una confrontacion con la Policia tendria consecuencias catastroficas, pero Lavik estaba completamente seguro de que no sabian nada. Se habia enfrentado a una policia con la cabeza trasquilada y a un companero de estudios estupido, ambos desconcertados y sin ningun as en la manga. Como es obvio, el episodio del sabado por la noche fue muy desafortunado, pero se habian tragado su explicacion, de eso estaba seguro. Lavik era, sencillamente, feliz.

– Me juego lo que sea a que no saben nada -repitio-. Ademas, estando muerto Frostrup, Van der Kerch como una cabra y la Policia a dos velas, ?no tenemos nada que temer!

– Te olvidas de un detalle -dijo el otro-, te olvidas de Karen Borg. No tenemos ni idea de lo que sabe, pero algo sabra, al menos eso cree la Policia. Si tienes razon cuando dices que la Policia esta sin pistas, es porque la mujer no ha cantado todavia…, y no sabemos cuanto tiempo tardara en hacerlo.

Lavik tuvo poco que decir a eso; su entusiasmo infantil del inicio se fue desmoronando.

– Puede que se equivoquen -replico-. Tal vez la Policia se equivoque, quiza no sepa absolutamente nada. Ella y el fiscal eran como una y carne en el instituto. Apuesto a que le hubiese soltado lo que sabe si tuviera algo que decir, estoy casi seguro. -El joven se repuso y volvia a sentirse en posicion dominante, pero el hombre mayor no parecia nada convencido.

– Karen Borg representa un problema -afirmo con seguridad-. Es y seguira siendo un problema. -Se hizo el silencio durante unos segundos antes de que el mayor de los dos pusiera punto final a la conversacion-. No vuelvas a llamarme jamas. Ni desde una cabina ni desde un movil. No llames, utiliza el metodo habitual; hare la comprobacion cada dos dias. Colgo el telefono, estampandolo contra la mesa. Lavik se sobresalto al otro lado, el golpe retumbo en sus oidos y la ulcera de estomago lanzo el aviso de que todavia seguia alli. Saco de su bolsillo interior un sobre de Ballancid, lo abrio a mordiscos y se lo trago entero. Sus labios se cubrieron de una capa fina y blanca que acabaria permaneciendo ahi todo el dia. Al cabo de diez segundos empezo a sentirse mejor, miro a ambos lados y salio de la cabina de telefono. La alegria triunfalista que habia sentido al salir de la jefatura se habia apagado. Volvio regurgitando a su despacho.

Jueves, 29 de octubre

«Codicia. La codicia es el peor enemigo del delincuente. La moderacion es la clave del exito», se dijo.

Hacia un frio de perros; a esas alturas la montana llevaba ya muchas semanas cubierta de nieve. En Dokka cambio las ruedas y puso unas cubiertas de invierno; se decidio tras un peligroso patinazo con el coche que lo habia obligado a invadir el carril contrario. Aun asi, tuvo enormes problemas para subir la larga y abrupta cuesta que atravesaba el bosque hasta la cabana, hasta el punto de tener que hacerlo dando marcha atras. Solo una vez habia experimentado dificultades parecidas, y eso que la cabana era propiedad de la familia desde hacia mas de veinte anos. ?Que fue lo que le jugo esa mala pasada, la calzada o los nervios? El pequeno aparcamiento estaba vacio y solo podia divisar el contorno de las cuatro cabanas que poblaban el lugar. Sin ninguna fuente humana de luz, pero con la luna para ayudarle a caminar con sus raquetas de nieve en los pies, recorrio los doscientos metros que lo separaban de la cabana. Tenia las manos congeladas y se le cayeron dos veces las llaves en la nieve antes de conseguir abrir la puerta.

Al entrar olia a moho y a cerrado; aunque no era necesario, cerro la puerta de la entrada con llave. Le costo mucho prender la mecha de la lampara de parafina, debido a la propia falta de combustible y a la humedad ambiental. Tras algunos intentos consiguio encenderla y las amenazadoras nubes de hollin empezaron a amontonarse en el techo. El grupo que proporcionaba energia solar estaba vacio de corriente, debia de estar estropeado. Colgo la linterna del techo, se quito el gaban y se puso un jersey gordo de lana.

Al cabo de una hora estaba todo en su sitio. El quemador de parafina habia dejado su lugar a la antigua pero inmejorable chimenea. El cuarto estaba aun lejos de haber alcanzado una temperatura agradable, sobre todo porque habia estado ventilando durante media hora, pero el fuego ardia con impetu y el tubo de evacuacion parecia aguantar la avalancha de fuego y humo. El horno de gas seguia funcionando, asi que decidio obsequiarse con una taza de cafe. Decidio que el importante asunto que lo habia llevado hasta alli debia esperar hasta haber calentado la cabana lo suficiente; ademas de pasar frio, iba a tener que calarse hasta los huesos para poder cumplir su mision. Reparo en el revistero de mimbre repleto de viejos comics de los sesenta, agarro uno de ellos y empezo a hojearlo con los dedos todavia yertos. Los habia leido cientos de veces, pero cumplian con su proposito de pasatiempo, aunque el desasosiego le atormentaba.

Eran ya las doce de la noche cuando volvio a vestirse, esta vez con un mono de invierno Nelly-Hansen que encontro en el desvan junto a unas botas militares desgastadas, que seguian acoplandose a sus pies a la perfeccion despues de treinta anos, desde que las sustrajo del ejercito. La luna continuaba llena y luminosa en el cielo austral y hacia que el uso de la linterna fuese de momento innecesario. Llevaba una cuerda enrollada al hombro y una pala quitanieves, de aluminio, en la mano; sin embargo, dejo las raquetas atras: podia vadear sin problemas los cuarenta metros que separaban el pozo de la cabana.

El pozo se encontraba dentro de una caseta que asomaba como una senal en medio de lo que aparentaba ser un humedal. En el letrero de la puerta, se advertia sobre la posible insalubridad del agua, pero aquello nunca habia afectado a nadie, el agua siempre estaba fresca y dulce, con distinto sabor segun las estaciones. Cuatro troncos, atados en un extremo y separados en el otro, formaban sencillamente los cuatro pilares de una tienda

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