– ?Mierda! -exclamo Bertram.

– ?Que pasa?

– Hay luz en mi despacho.

– Esto promete -dijo Candace mientras extraia una carpeta del primer cajon del archivador. La carpeta era de color azul oscuro y estaba cerrada con bandas elasticas. En el extremo superior derecho se leia: Isla Francesca.

Melanie cerro el cajon del escritorio y se acerco a Candace. Kevin entro en el despacho interior. Candace retiro las bandas elasticas, abrio la carpeta y desparramo el contenido sobre una mesa. Habia diagramas de equipos electronicos, graficos de ordenador y numerosos mapas. Tambien habia un abultado sobre marron con la inscripcion Puente Stevenson.

– Caliente, caliente… -dijo Candace. Introdujo la mano en el sobre y saco un llavero con cinco llaves identicas.

– Voila -dijo Melanie. Cogio el llavero y desengancho una de las llaves.

Kevin examino los mapas y separo uno topografico.

Cuando comenzaba a desplegarlo, noto una luz parpadeante con el rabillo del ojo. Miro hacia la ventana y vio el reflejo de los faros de un coche sobre las tablillas de las persianas venecianas. Se acerco a la ventana y miro hacia fuera.

– ?Caray! -dijo-. Es el coche de Siegfried.

– ?Rapido! -exclamo Melanie-. Guardemos todo en el archivador.

Melanie y Candace amontonaron ra.pidamente el material de la carpeta, la pusieron en el archivador y cerraron el cajon. Casi de inmediato, oyeron el ruido de la puerta principal al abrirse.

– Por aqui -murmuro Melanie con nerviosismo.

Senalo una puerta situada detras del escritorio de Bertram y los tres salieron a toda prisa. Cuando Kevin la cerro, oyo que se abria la puerta del despacho exterior. Estaban en la consulta de Bertram, cubierta de azulejos blancos y con una mesa de acero inoxidable en el centro. Al igual que en el despacho interior de Bertram, las ventanas tenian cortinas venecianas, que dejaban entrar suficiente luz para que pudieran correr hasta la puerta del pasillo. Por desgracia, en el camino Kevin choco con una papelera de acero inoxidable que estaba junto a la mesa. El cubo golpeo contra la pata de la mesa y resono como un gong en un parque de atracciones. Melanie empujo la puerta del pasillo y corrio hacia la escalera. Candace la siguio. Mientras Kevin corria tras ellas, oyo que se abria la puerta del despacho de Bertram. Ignoraba si habia alcanzado a verlo o no.

Una vez en la escalera, Melanie descendio tan rapidamente como permitia la escasa luz. Oia a Candace y a Kevin a su espalda. Al pie de la escalera, aflojo el paso para buscar a tientas la puerta del sotano. La abrio en buena hora, pues en ese preciso instante se entorno la puerta del primer rellano y se oyeron pasos en los peldanos de metal.

El sotano estaba completamente a oscuras, salvo por un contorno rectangular de luz en la distancia. Cogidos en una pina echaron a andar hacia la luz. Solo cuando llegaron alli, Kevin y Candace se percataron de que se trataba de una puerta de incendios, iluminada por la luz que se filtraba por las rendijas. Melanie la abrio con la tarjeta magnetica en cuanto localizo la cerradura.

Al otro lado de la puerta habia un pasillo brillantemente iluminado que les permitio correr a toda velocidad. Melanie se detuvo abruptamente en el centro del pasillo y abrio una puerta senalada con un rotulo que rezaba Anatomia Patologica.

– Entrad -ordeno Melanie, y los dos la siguieron sin rechistar.

Estaban en la antesala de dos anfiteatros anatomicos. Habia un par de fregaderos, varios escritorios y una gran puerta metalica que conducia al cuarto refrigerado.

– ?Por que hemos entrado aqui? -pregunto Kevin con voz cargada de panico-. Estamos atrapados.

– No exactamente -respondio Melanie con la respiracion entrecortada-. Por aqui.

Les hizo senas para que la siguieran hasta un rincon de la estancia, donde, para sorpresa de Kevin, habia un ascensor.

Melanie pulso el boton de llamada, que produjo un chirrido inmediato del mecanismo. Al mismo tiempo, el indicador luminoso se encendio en la tercera planta.

– Venga -dijo Melanie, como si su suplica pudiera acelerar el descenso.

Puesto que el ascensor era en realidad un montacargas, bajaba con penosa lentitud. Apenas habia llegado a la segunda planta cuando oyeron la puerta del pasillo y una imprecacion ahogada.

Los tres cambiaron una mirada de horror.

– Llegaran en unos segundos -dijo Kevin-. ?Hay alguna otra salida?

Melanie nego con la cabeza.

– Solo el ascensor.

– Tendremos que escondernos en algun sitio -dijo Kevin.

– ?Que os parece el frigorifico? -propuso Candace.

Sin tiempo para discutir, los tres corrieron hacia la nevera.

Kevin abrio la puerta, y un vapor fresco salio del interior, acumulandose al nivel del suelo.

Candace entro en primer lugar, seguida por Melanie y Kevin. Este cerro la puerta metalica, que produjo un fuerte chasquido. La estancia, de unos seis metros cuadrados, tenia estantes de acero inoxidable desde el suelo hasta el techo, a ambos lados y en el centro. En los estantes habia cadaveres de varios primates. El mas impresionante era el de un gorila macho, situado en la estanteria central. La nevera estaba iluminada por unas bombillas protegidas por estructuras metalicas y acopladas al techo a intervalos regulares encima de los pasillos.

Instintivamente, los tres corrieron hacia la parte posterior de la estanteria central y se agacharon. En la fria temperatura, la respiracion agitada de los tres amigos formaba fugaces nubecillas de vapor. El olor a amoniaco no era agradable, pero resultaba soportable. Rodeados por las paredes de material aislante, Kevin y las chicas no oian ningun sonido del exterior, ni siquiera el chirrido del ascensor. Al menos hasta que oyeron el ruido inconfundible de la puerta del frigorifico.

Cuando se abrio la puerta, el corazon de Kevin dio un vuelco. Preparado para ver la cara despectiva de Siegfried, levanto ligeramente la cabeza para espiar por encima del cuerpo del gorila muerto. Para su sorpresa, no era Siegfried, sino dos hombres con uniformes de cirugia que cargaban el cuerpo de un chimpance. Sin decir una palabra, los hombres dejaron el cadaver en un estante de la derecha, muy cerca de la entrada y se marcharon.

En cuanto la puerta volvio a cerrarse, Kevin miro a Melanie y suspiro.

– Creo que este ha sido el peor dia de mi vida -dijo.

– Todavia no ha terminado -repuso ella-. Aun hemos de salir de aqui. Pero al menos tenemos lo que vinimos a buscar. -Abrio la mano y les enseno la llave. La luz destello sobre la superficie cromada.

Kevin miro su propia mano. Inadvertidamente habia llevado consigo el mapa topografico.

Bertram encendio la luz del pasillo mientras salia de la zona de escaleras. Habia subido a la segunda planta y entrado en el pabellon de pediatria para preguntar al personal si habian visto a alguien corriendo. Le respondieron que no.

Entro en su consulta y encendio la luz. Siegfried aparecio en la puerta que conducia al despacho.

– ?Y?

– No se si ha entrado alguien -dijo Bertram. Advirtio que la papelera metalica no estaba en su sitio, junto a la mesa.

– ?Ha visto a alguien?

– No -respondio negando con la cabeza-. Es probable que el personal de limpieza dejara la luz encendida.

– Bueno, eso justifica mi preocupacion por las llaves -senalo Siegfried.

Bertram hizo un gesto afirmativo. Empujo con el pie la papelera metalica para devolverla a su posicion normal. Luego apago la luz de la sala de revision y siguio a Siegfried al despacho. Abrio el primer cajon del archivador y saco la carpeta de la isla Francesca. Solto las bandas elasticas y examino el contenido.

– ?Que pasa? -pregunto Siegfried al ver que titubeaba.

Bertram era un maniatico del orden y no recordaba haber dejado los papeles en ese estado caotico. Temia lo peor, por eso sintio un enorme alivio al ver el sobre del puente Stevenson y el bulto de las llaves en su

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