– Retire a su sabueso.
– Hable claro, por el amor de Dios.
– Quiteme a Ira Hagen de encima mientras todavia pueda respirar.
– ?Quien?
– Ira Hagen, un viejo condiscipulo suyo que trabajo en el Departamento de Justicia.
El presidente miro a traves de la ventanilla, como tratando de recordar.
– Parece que ha pasado una eternidad desde la ultima vez que hable con Ira.
– No hace falta que mienta, senor presidente. Usted le contrato para que descubriese el «circulo privado».
– ?Que? -El presidente fingio una autentica sorpresa. Despues se echo a reir-. Olvida usted quien soy. Me bastaria una llamada telefonica para que todo el FBI, la CIA y al menos otras cinco agencias de informacion se les echasen encima.
– Entonces, ?por que no lo ha hecho?
– Porque he preguntado a mis consejeros cientificos y a algunas personas muy respetadas que participan en nuestro programa espacial. Y todos estan de acuerdo. La Jersey Colony es un castillo en el aire. Se expresa usted muy bien, Joe, pero no es mas que un farsante que vende alucinaciones.
Hudson se desconcerto.
– Juro por Dios que Jersey Colony es una realidad.
– Si, esta a medio camino entre Oz y Shangri-la.
– Creame, Vince, cuando nuestros primeros colonos regresen de la Luna, la noticia inflamara la imaginacion del mundo.
El presidente hizo caso omiso del descarado empleo de su nombre de pila.
– Lo que le gustaria realmente es que anunciase una batalla simulada con los rusos por el dominio de la Luna. ?Que es lo que pretende? ?Es usted un agente de publicidad de Hollywood que trata de promocionar una pelicula espacial, o se ha escapado de una clinica mental?
Hudson no pudo reprimir su colera.
– ?Idiota! -grito-. No puede volver la espalda a la mas grande hazana cientifica de la historia.
– Fijese en lo que voy a hacer. -El presidente descolgo el telefono del coche-. Roger, detenga el automovil. Mi invitado va a apearse.
Al otro lado del cristal, el chofer del Servicio Secreto levanto una mano del volante en senal de comprension. Despues informo de la orden del presidente a los otros vehiculos. Un momento mas tarde, la caravana entro en una tranquila calle residencial y se detuvo junto a la acera.
El presidente alargo una mano y abrio la portezuela.
– Final de trayecto, Joe. No se que piensa hacer con Ira Hagen, pero si me entero de su muerte, sere el primero en declarar en el juicio que usted le amenazo. Es decir, si no le han ejecutado ya por cometer un asesinato en masa en un restaurante.
Irritado y confuso, Hudson bajo despacio del automovil. Vacilo antes de acabar de hacerlo.
– Esta cometiendo un terrible error -dijo, en tono acusador.
– No sera la primera vez -dijo el presidente, dando por terminada la conversacion.
El presidente se retrepo en su asiento y sonrio con aire satisfecho. Una magnifica representacion, penso. Hudson estaba perplejo y construia barricadas donde no debia. Aplazar una semana la inauguracion del monumento al
Hudson se quedo plantado en la hermosa avenida, contemplando como se alejaba la caravana y se perdia de vista al doblar la primera esquina. Estaba confuso y desorientado.
– ?Maldito y estupido burocrata! -grito, presa de la mas absoluta frustracion.
Una mujer que paseaba un perro por la acera le dirigio una mirada de disgusto.
Una camioneta Ford sin distintivos redujo la marcha y se detuvo, y Hudson subio a ella. Habia en su interior unas sillas tapizadas de cuero, alrededor de una pulida mesa de secoya. Dos hombres, impecablemente vestidos con trajes de calle, le miraron con expectacion mientras el se sentaba cansadamente en una de las sillas.
– ?Como te ha ido? -pregunto uno de ellos.
– El estupido bastardo me echo de su automovil -dijo desesperado Hudson-. Dice que no ha visto a Ira Hagen en muchos anos, y parecio importarle un bledo que le matasemos y volasemos el restaurante.
– No me sorprende -dijo un hombre de mirada intensa, cara cuadrada y colorada, y nariz de condor-. Es un tipo pragmatico como el infierno.
Gunnar Eriksen tenia una pipa apagada entre los labios.
– ?Que mas? -pregunto.
– Dijo que creia que la Jersey Colony era una broma -contesto Hudson.
– ?Te reconocio?
– Creo que no. Siguio llamandome Joe.
– Pudo ser una comedia.
– Se mostro muy convincente.
Eriksen se volvio al otro hombre.
– ?Como lo interpretas tu?
– Hagen es un enigma. He vigilado de cerca al presidente y no he descubierto ningun contacto entre ellos.
– ?No puede ser que Hagen haya sido contratado por uno de los directores de las agencias de informacion? -pregunto Eriksen.
– Por lo menos, seguro que no por canales ordinarios. La unica reunion que celebro el presidente con algun miembro de los servicios de informacion fue para recibir un informe de Sam Emmett, del FBI. No pude ver este informe, pero estaba relacionado con los tres cadaveres encontrados en el dirigible de LeBaron. Aparte de esto, no ha hecho nada.
– No; estoy seguro de que ha hecho algo. -La voz de Hudson era tranquila pero rotunda-. Temo que hemos menospreciado su astucia.
– ?En que sentido?
– Sabia que yo volveria a ponerme en contacto con el y le pediria que nos quitase a Hagen de encima.
– ?Que te ha hecho sacar esta conclusion? -pregunto Nariz de Condor.
– Hagen -respondio Hudson-. Ningun buen agente secreto llama la atencion sobre si mismo. Y Hagen era uno de los mejores. Debia tener buenas razones para anunciar su presencia con aquella llamada telefonica al general Fisher y su pequena charla cara a cara con el senador Porter.
– Pero, ?por que queria el presidente forzarnos la mano, si no nos exigio ni pidio nada? -pregunto Eriksen.
