El hombre era un personaje de aspecto formidable, alto y de anchas espaldas bajo su blusa y el chaleco de lana, y con el sombrero nos pasaba sus dos buenas cabezas. Esto convertia su timidez respecto a la excursion en algo comico para nosotros, aunque no deberia reirme de los temores de estos campesinos despues de lo que vi en Estambul (que te contare en persona, como ya te he dicho). Georgescu intento entablar conversacion con el durante nuestra travesia del bosque, pero siguio al mando de la riendas en un silencio desesperado (pense yo), como un prisionero conducido al tajo. De vez en cuando introducia la mano dentro de la camisa, como si guardara alguna especie de amuleto protector. Lo deduje de la tira de cuero que colgaba alrededor de su cuello, y tuve que resistir a la tentacion de pedirle que me lo ensenara. Senti pena por el hombre y lamente el mal trago que estaba pasando por nuestra culpa, contrario a todos los tabues de su cultura, por lo que decidi darle una propina al final del viaje.
Teniamos la intencion de pernoctar en el castillo aquella noche, con el fin de concedernos tiempo suficiente para examinar todo y tratar de hablar con los campesinos que vivieran cerca del lugar, y con este proposito el padre de nuestro guia nos habia proporcionado esteras y mantas, y su madre nos habia dado una provision de pan, queso y manzanas, liados en un aullo en la parte posterior del carro. Cuando entramos en el bosque, senti un escalofrio muy poco academico. Recorde al heroe de Bram Stoker cuando se interna en los bosques de Transilvania (una version ficticia de los autenticos, en cualquier caso) en diligencia, y casi desee haber ido de noche, para poder distinguir yo tambien hogueras misteriosas en los bosques y oir el aullido de los lobos. Era una pena, pense, que Georgescu no hubiera leido nunca el libro, y decidi que le enviaria un ejemplar desde Inglaterra, si algun dia regresaba a tan tedioso lugar. Despues recorde mi encuentro en Estambul, y eso templo mis animos.
Atravesamos con parsimonia el bosque, porque la carretera estaba sembrada de surcos y baches y porque empezo a trepar a la montana casi enseguida. Estos bosques son muy profundos, oscuros incluso en el mediodia mas radiante, con el frio tetrico del interior de una iglesia. Cuando los cruzas, te ves rodeado por completo de arboles, y por un silencio palpitante. Desde el carro no se ve nada en kilometros a la redonda, excepto troncos de arboles y maleza, una espesa mezcla de abetos y diversas especies de madera dura. La altura de muchos arboles es tremenda, y sus copas ocultan el cielo. Es como avanzar entre las columnas de una catedral inmensa, pero oscura, una catedral encantada donde esperas captar vislumbres de la Virgen Negra o santos martires en cada nicho. Observe al menos una docena de especies arboreas diferentes, entre ellas altisimos castanos y robles de un tipo que nunca habia visto.
En un punto en que el terreno se nivelaba, nos adentramos en una nave de troncos plateados, un hayedo como los que todavia se encuentran (pero muy raramente) en los mas boscosos terrenos solariegos ingleses. Los habras visto, no me cabe duda. Este habria podido ser el salon donde Robin Hood contrajo matrimonio, con troncos inmensos que sostenian un techo de millones de diminutas hojas verdes, mientras el follaje del ano anterior formaba una alfombra color beige bajo nuestras ruedas. Daba la impresion de que nuestro conductor no admiraba esta belleza. Tal vez, cuando vives toda la vida entre tales escenarios, no quedan registrados como «belleza», sino como el mundo en si. Seguia sumido en el mismo silencio desaprobador. Georgescu estaba ocupado con algunas notas de su trabajo en Snagov; de modo que yo no podia compartir con nadie el encanto de lo que nos rodeaba.
Despues de haber viajado casi la mitad del dia, salimos a campo abierto, verde y dorado bajo la luz del sol. Comprobe que habiamos subido mucho desde el pueblo, y se veia una espesa extension arbolada, la que descendia en una pendiente tan pronunciada desde el borde del campo que desviarse hacia ella significaba precipitarse al vacio. Desde alli, el bosque se sumergia en una garganta, y vi por primera vez el rio Arges, una vena plateada muy abajo. En su orilla opuesta se elevaban enormes pendientes boscosas que parecian imposibles de escalar. Era una region para aguilas, no para personas, y pense con admiracion en las numerosas escaramuzas dirimidas en ese lugar entre otomanos y cristianos. Que cualquier imperio, por osado que fuera, se hubiera atrevido a penetrar en ese paisaje se me antojaba la locura maxima. Comprendi mejor por que Vlad Dracula habia elegido esa zona para su fortaleza; el propio emplazamiento la convertia en inexpugnable.
Nuestro guia salto al suelo y desempaqueto nuestra comida, y comimos sobre la hierba bajo robles y alisos dispersos. Despues se tumbo bajo un arbol y se tapo la cara con el sombrero.
Georgescu se tumbo bajo otro, como si fuera lo mas normal del mundo, y durmieron durante una hora mientras yo vagaba por el prado. Reinaba un silencio sobrenatural, aparte del gemido del viento en aquellos inmensos bosques. El cielo, de un azul brillante, se extendia sobre todas las cosas. Camine hacia el otro lado del campo y vi un claro similar bastante mas abajo, presidido por un pastor vestido de blanco y tocado con un sombrero marron. Su rebano (de ovejas, me parecio) deambulaba a su alrededor como nubes, y pense que bien podria haber estado alli, apoyado en su baston, desde los tiempos de Trajano. Senti que una gran paz me inundaba. La naturaleza macabra de nuestra mision se desvanecio de mi mente, y pense que podria quedarme en aquel prado fragante uno o dos eones, al igual que el pastor.
Por la tarde, nuestro camino ascendio por sendas cada vez mas empinadas, y por fin entramos en un pueblo que, segun Georgescu, era el mas cercano a la fortaleza. Nos sentamos un rato en una taberna con vasos de aquel reconfortante brandy al que llaman palinca. Nuestro conductor dejo claro que su intencion era quedarse con los caballos mientras nosotros ibamos a pie a la fortaleza. Bajo ninguna circunstancia subiria alli, y mucho menos pasaria la noche con nosotros en las ruinas. Cuando le insistimos, gruno: «Pentru nimica in lime», y apoyo la mano en la tirilla de cuero colgada de su cuello.
Georgescu me dijo que eso significaba «de ninguna manera». Tan obstinado se mostro el hombre que al final Georgescu rio y dijo que la caminata era razonable, y que de todos modos habia que hacer a pie la ultima parte. Me pregunte por un momento por que queria Georgescu dormir al raso, en lugar de regresar al pueblo, pues para ser sincero no me hacia mucha gracia la idea de pasar la noche en las ruinas, aunque no lo dije.
Por fin, dejamos al sujeto con su brandy y a los caballos con su agua, y emprendimos el camino con los bultos de comida y mantas a la espalda. Mientras recorriamos la calle principal, recorde de nuevo la historia de los boyardos de Targoviste, que habian subido con grandes esfuerzos hasta la fortaleza en ruinas, y luego pense en lo que habia visto (o creido ver) en Estambul y senti una punzada de intranquilidad.
La senda pronto se estrecho hasta convertirse en un angosto camino de carros, y despues en una pista forestal que atravesaba el bosque, el cual ascendia ante nosotros. Solo el ultimo tramo era empinado, pero lo recorrimos sin dificultad. De pronto nos encontramos en lo alto de una cresta azotada por el viento, un espinazo de piedra que surgia del bosque. A la cumbre de dicho espinazo, en una vertebra mas elevada que las demas, se aferraban dos torres en ruinas y restos de murallas, todo lo que quedaba del castillo de Dracula. La vista era impresionante, con el rio Arges apenas centelleando en la garganta y pueblos diseminados a un tiro de piedra de las aguas. Hacia el sur vi colinas bajas que, segun Georgescu, eran las llanuras de Valaquia, y al norte altas montanas, algunas coronadas de nieve. Habiamos alcanzado un nido de aguilas.
Georgescu me precedio sobre rocas derrumbadas, y nos erguimos por fin en mitad de las ruinas. Observe al instante que la fortaleza era mas bien pequena y hacia mucho tiempo que estaba abandonada a los elementos. Flores silvestres de todo tipo, liquenes, musgo, hongos y arboles doblados por el viento habian fundado su hogar en ella. Las dos torres que aun se alzaban eran como huesos silueteados contra el cielo. Georgescu explico que, al principio, habia cinco torres, desde las cuales los servidores de Dracula podian vigilar las incursiones turcas. El patio en el que nos encontrabamos habia contado en su tiempo con un pozo profundo, para defenderse de los asedios, y tambien, segun la leyenda, con un pasadizo secreto que conducia a una cueva situada mucho mas abajo, gracias a la cual Dracula habia escapado de los turcos en 1462, despues de utilizar la fortaleza de manera intermitente durante unos cinco anos. Por lo visto, nunca habia vuelto. Georgescu creia haber identificado la capilla del castillo en un extremo del patio, donde escrutamos el interior de una cripta derrumbada. Los pajaros entraban y salian de las paredes de la torre, serpientes y animales pequenos huian de nuestra presencia, y experimente la sensacion de que la naturaleza pronto se apoderaria del resto de la ciudadela.
Cuando nuestra leccion de arqueologia hubo terminado, el sol flotaba justo sobre las colinas del oeste y las sombras de rocas, arboles y torres se habian alargado a nuestro alrededor.
– Podriamos volver andando al ultimo pueblo -dijo Georgescu en tono pensativo-, pero eso significaria volver a subir al castillo manana por la manana. Yo prefiero acampar aqui, ?no te parece?
Para entonces yo preferia irme, pero Georgescu parecia tan practico, tan cientifico, con su cuaderno de dibujo en la mano, que no quise admitirlo. Se puso a recoger lena, yo le ayude, y pronto encendimos un fuego sobre las losas del antiguo patio, despues de limpiarlo de musgo.
