– Puedes compartirlas conmigo si lo necesitas -prosiguio Kovac-. Te aseguro que lo he visto todo.
Por supuesto, eso no era cierto, pero tampoco se lo dijo. Habia aprendido largo tiempo atras cuando podia discutir y cuando debia callar.
Kovac lanzo un suspiro.
– El cuarto de bano esta al fondo del pasillo a la derecha.
Kovac la siguio con la mirada mientras salia de la habitacion a medio vestir. Si eso era todo lo que iba a compartir con ella, al menos era mejor que cualquier cosa que se hubiera atrevido a sonar siquiera. Que guardara sus secretos si queria. De todos modos, Kovac llevaba ya dos fracasos sentimentales a sus espaldas, asi que, ?por que intentarlo de nuevo? Pero aquellos argumentos no lo convencian. Amanda era un misterio, un rompecabezas, y Kovac no descansaria hasta llegar al fondo de su corazon. Siendo como era una persona tan reservada, no le haria ni pizca de gracia la intrusion, lo cual acabaria por destruir lo poco que tenian.
Kovac se vistio, se meso el cabello y se sento en el brazo del sofa, tomando whisky mientras esperaba el regreso de Amanda. Reaparecio tal como habia llegado a su casa, hermosa, reservada, camuflada.
– No se que decirte -suspiro, mirando el acuario.
– Pues no digas nada. Los jefes sois la pera -bromeo Kovac con una mueca-. No todo tiene que responder a un plan maestro, ?sabes?
A Amanda parecieron preocuparla aquellas palabras. Kovac se acerco a ella y le acaricio el rostro con el dorso de la mano.
– A veces necesitamos seguir un camino para ver hasta donde nos conduce -declaro Sam Kovac, el sabio-. Madre mia, como si supiera de lo que hablo. He fracasado dos veces. Cada camino que tomo acaba en un tunel oscuro y con un tren abalanzandose sobre mi. Deberia limitarme a ser policia; eso si que se me da bien.
Amanda le dedico una debil sonrisa que se disipo cuando bajo la mirada hacia la mesita.
– ?Que es esto? -inquirio con el ceno fruncido.
– Articulos sobre el asesinato de Thorne y el tiroteo. Andy lo estaba investigando. Estoy indagando un poco, a ver si encuentro algo.
– Siguiendo el camino para ver hasta donde te conduce -repitio ella con aire ausente.
Separo un poco las paginas para mirarlas, pero no cogio ninguna.
– Es una historia triste; eres demasiado joven para recordarla.
– Triste -murmuro Amanda con la mirada clavada en la borrosa fotografia de la viuda de Bill Thorne.
– La vida cambia cuando menos te lo esperas -dijo Kovac.
– Si.
Amanda se irguio, se ajusto la bufanda de terciopelo, respiro hondo y desvio la vista.
– Limitate a decir «Ya nos veremos, Sam» -pidio Kovac-. Es mucho mejor que decir adios.
Amanda intento sonreir, pero no lo consiguio. En lugar de ello, se puso de puntillas y lo beso en la mejilla mientras le oprimia los hombros con las manos.
– Lo siento -susurro.
Y al cabo de un instante se habia ido, y lo unico que le quedaba a Kovac para entrar en calor era una botella de whisky de cincuenta dolares.
– No tanto como yo -dijo en el umbral de la puerta principal, viendola marcharse en su coche.
En la casa del vecino, el papanoelometro contaba los minutos. En aquel momento sono el telefono, y Kovac corrio a contestar; le daba igual quien fuera.
– Club de los Corazones Solitarios -dijo-. Inscribase ahora. La desgracia adora tener compania.
– ?Aceptan a masoquistas? -pregunto Liska.
– Hacemos un descuento del cincuenta por ciento si se lia con un sadico.
– ?Que haces, Kojak? ?Estas sentado en casa, compadeciendote?
– No tengo nadie mas a quien compadecer. Mi vida es un cascaron vacio.
– Pues comprate un perro -sugirio Liska sin un apice de comprension-. Adivina quien fue companero de Eric Curtis hasta un ano antes de su muerte.
Kovak tomo un sorbo de Matallan.
– Si me dices que fue Bruce Ogden, me largo de la pelicula.
– Derek Rubel -repuso su companera-. Y adivina quien estaba ayer en el hospital del condado haciendose un analisis de sangre y luego mintiendo al respecto.
– Derek Rubel.
– Premio para el caballero.
– Que me aspen -mascullo Kovac.
– A ti no se, pero creo que a Derek lo asparan bien aspado.
Capitulo 32
Steele's era la clase de gimnasio que requeria grandes cantidades de sudor y grunidos. No habia clases de aerobic ni yoga, solo pesas, tios cachas y heavy metal a todo volumen. El ambiente recordaba a un taller, y el hedor a hombres sobrados de testosterona resultaba casi insoportable.
Liska mostro la placa a la recepcionista con pinta de motera y expresion aburrida y entro en la sala de pesas principal. Se detuvo un instante en el umbral, paseando la mirada por los presentes, asombrada en secreto por los cuerpos que veia, cuerpos humanos normales convertidos en aquello a traves de un comportamiento obsesivo y, en algunos casos, gracias a las maravillas de la quimica moderna. Uno de cada tres tipos en aquel gimnasio tenia pinta de Increible Hulk.
Rubel estaba de pie en un rincon, observando a alguien que levantaba pesas en un banco. Llevaba una camiseta con las mangas cortadas para dar cabida a unos biceps del grosor de postes telefonicos. Tenia los musculos tan bien definidos que podrian haberlo utilizado como modelo vivo para una clase de anatomia.
Liska se abrio paso entre el laberinto de hombres y maquinas, y supo exactamente cuando Rubel reparo en su presencia, aunque no la miro, pues percibio un cambio de energia en el aire. Se acerco al banco de pesas y se encontro cara a cara con el feo Bruce Ogden, que pugnaba por levantar una barra cargada de discos del tamano de ruedas de camion. Tenia el rostro enrojecido y emitia los grunidos de rigor. Liska miro a Rubel.
– ?Arma el mismo escandalo en la cama?
– No tengo ni idea.
– Se lo preguntaria a su novia, pero que yo sepa, nunca ha tenido -comento Liska antes de inclinarse sobre Ogden para mirarlo con expresion de disculpa-. Lo siento, las putas no cuentan.
Ogden profirio un rugido y levanto la barra.
– ?Que quiere, sargento? -pregunto Rubel-. Estamos ocupados.
– Eso ya lo se -espeto Liska muy seria, revelando parte del odio que le inspiraban aquellos dos hombres-. Estan y han estado muy ocupados, y he venido para decirselo a la cara; nada de llamadas anonimas desde una cabina ni fotografias enviadas por correo. Tengo mas pelotas que ustedes dos juntos.
Ogden colgo la barra del soporte y se incorporo con el rostro empapado en sudor.
– Eso tenemos entendido -espeto.
– Ah, asi que ahora resulta que soy lesbiana, ?eh? -bufo Liska-. Es usted la hostia, Ogden. Puede que si dejara de hacerse el macho heterosexual cachas y utilizara un poco el cerebro para variar, no estuviera metido en este lio, pero ya es demasiado tarde para cambiar. Cruzo la frontera en el momento en que decidieron involucrar a mis hijos; ya no hay vuelta atras. Y puesto que no es legal arrancarles los corazones aqui mismo y ensenarselos mientras mueren, me limitare a meterlos en la carcel.
– No se de que habla -mascullo Rubel sin inmutarse.
Liska lo miro a los ojos y guardo silencio un instante para ponerlo nervioso.
– Tengo a Cal Springer -revelo por fin-. Es mio, lo he puesto de mi parte. Y ahora empieza la diversion - murmuro con malicia-. El primero que vaya a ver al fiscal conseguira un buen trato. Cal y yo nos reuniremos con alguien de la oficina de Sabin manana a mediodia.
