ahora claramente audibles.

– Una cosa mas, hijos… Me sorprende que Tramaco, hallandose tan preocupado, decidiera de buenas a primeras salir a cazar en solitario… ?Era esa su costumbre?

– Lo ignoro, maestro -dijo Antiso.

– ?Que opinas tu, Eunio?

Algunos objetos de la habitacion cayeron al suelo debido a la creciente vibracion: la ropa colgada de las paredes, una pequena lampara de aceite, las fichas de inscripcion para los sorteos de competiciones… [22]

– Yo creo que si -murmuro Eunio. El rubor tenia sus mejillas.

Las fuertes, cuadrupedas pisadas, se aproximaban cada vez mas.

Una estatuilla de Poseidon se tambaleo en la repisa de la pared y cayo al suelo haciendose anicos.

La puerta del vestuario retumbo con un ruido espantoso. [23]

– Oh, buen Eunio, ?recuerdas acaso ocasiones parecidas? -inquirio Diagoras con suavidad.

– Si, maestro. Al menos dos.

– Asi pues, ?Tramaco acostumbraba a cazar en solitario? Quiero decir, hijo, ?era una decision normal en el, aunque le preocupara cualquier otro asunto?

– Si, maestro.

Una terrible embestida combo la puerta. Se escuchaban arpaduras de pezunas, bufidos, el poderoso eco de una enorme presencia exterior.

Eunio, completamente desnudo -salvo la cinta perfecta que albergaba sus cabellos negros-, extendia con calma sobre sus muslos un unguento color tierra.

Diagoras, tras una pausa, recordo la ultima pregunta que debia hacer:

– Fuiste tu, Eunio, quien me dijo aquel dia que Tramaco no asistiria a las clases porque habia ido a cazar, ?no es cierto, hijo?

– Creo que si, maestro.

La puerta soporto un nuevo embate. Saltaron miriadas de astillas sobre el manto de Heracles Pontor. Se oyo un mugido de rabia.

– ?Como lo supiste? ?Te lo dijo el mismo? -Eunio asintio-. ?Y cuando? Quiero decir: tengo entendido que partio de madrugada, pero la tarde anterior habia estado hablando conmigo y nada me revelo sobre su intencion de marcharse a cazar. ?Cuando te lo dijo?

Eunio no respondio enseguida. El pequeno hueso de su nuez embistio su torneado cuello.

– Esa… misma… noche, creo, maestro…

– ?Lo viste esa misma noche? -Diagoras enarco las cejas-. ?Solias reunirte con el por las noches?

– No… Me parece que… fue antes.

– Comprendo.

Hubo un breve silencio. Eunio, descalzo y desnudo, con la doble piel del unguento brillando en sus muslos y hombros, colgo cuidadosamente la tunica del gancho que llevaba su nombre. Sobre una repisa instalada encima del gancho se hallaban algunos objetos personales: un par de sandalias, alabastros de unguentos, un rascador de bronce para cepillarse tras los ejercicios y una pequena jaula de madera con un diminuto pajaro en su interior; el pajaro agito las alas con violencia.

– El paidotriba me espera, maestro… -dijo entonces.

– Claro, hijo -sonrio Diagoras-. Nosotros tambien nos vamos.

Obviamente incomodo, el desnudo adolescente dirigio una mirada de reojo a Heracles y volvio a disculparse. Paso por entre los dos hombres, abrio la puerta -que, casi destrozada, se desprendio de sus goznes- y salio de la habitacion. [24]

Diagoras se volvio hacia Heracles esperando cualquier senal que le indicara que ya podian marcharse, pero el Descifrador observaba a Antiso sonriendo:

– Dime, Antiso, ?que es lo que te da tanto miedo?

– ?Miedo, senor?

Heracles, que parecia muy divertido, extrajo un higo de la alforja.

– ?Cual es el motivo, si no, de haber elegido servir en el ejercito lejos de Atenas? Desde luego, si yo sintiese el mismo miedo que tu, tambien intentaria huir. Y lo haria con una excusa tan plausible como la tuya, para que, en lugar de cobarde, me considerasen justo lo opuesto.

– ?Me llamais cobarde, senor?

– En modo alguno. No te llamare ni cobarde ni valiente hasta que no conozca la razon exacta de tu miedo. El valor se diferencia de la cobardia unicamente en el origen de sus temores: quiza la causa del tuyo sea de tan espantosa naturaleza que cualquiera en su sano juicio elegiria huir de la Ciudad lo antes posible.

– Yo no huyo de nada -replico Antiso acentuando las palabras, aunque siempre en tono suave y respetuoso-. Llevaba largo tiempo deseando custodiar los templos del Atica, senor.

– Mi querido Antiso -dijo Heracles placidamente-, acepto tu miedo pero no tus mentiras. Ni por un momento se te ocurra ofender mi inteligencia. Has tomado esa decision hace pocos dias, y teniendo en cuenta que tu padre le ha pedido a tu antiguo pedagogo que te haga cambiar de opinion, pudiendo el mismo haberse ocupado de tal menester, ?no quiere eso decir que tu decision le ha cogido completamente por sorpresa, que se encuentra abrumado por lo que considera un violento e inexplicable cambio en tu actitud y que, sin saber a que achacarlo, ha acudido al unico que, aparte de tu familia, cree conocerte bien? Me pregunto, por Zeus, a que se ha debido este cambio tan brutal. ?Quiza la muerte de tu amigo Tramaco ha influido en algo? -y sin transicion, con absoluta indiferencia, mientras se frotaba los dedos con los que habia sostenido el higo, anadio-: Oh, disculpa, ?donde podria limpiarme?

Ajeno por completo al silencio que lo rodeaba, Heracles escogio un pano cercano a la repisa de Eunio.

– ?Acaso mi padre ha requerido tambien de vuestra ayuda para hacerme recapacitar? -en las suaves palabras del adolescente Diagoras advirtio que el respeto (a semejanza de una res acorralada que, por miedo, abandona su eterna obediencia y embiste con violencia a sus amos) comenzaba a transformarse en colera.

– Oh, buen Antiso, no te enojes… -balbucio, fulminando a Heracles con la mirada-. Mi amigo es un poco exagerado… No debes preocuparte, pues has cumplido la mayoria de edad, hijo, y tus decisiones, aun siendo incorrectas, merecen siempre la mejor consideracion… -y, acercandose a Heracles, en voz baja-: ?Quieres hacer el favor de venir conmigo?

Se despidieron de Antiso con rapidez. La discusion se inicio antes de salir del edificio.

– ?Es mi dinero! -exclamo Diagoras, irritado-. ?Lo has olvidado?

– Pero se trata de mi trabajo, Diagoras. No olvides eso tampoco.

– ?Que me importa a mi tu trabajo? ?Puedes explicarme a que ha venido esa salida de tono? -Diagoras se enfadaba cada vez mas. Su calva cabeza se hallaba enrojecida por completo. Inclinaba mucho la frente, como si estuviera preparandose para embestir a Heracles-. ?Has ofendido a Antiso!

– He disparado una flecha a ciegas y he dado en la diana -dijo el Descifrador con absoluta calma.

Diagoras lo detuvo, tirando con violencia de su manto.

– Voy a decirte algo. No me importa si consideras a las personas unicamente como papiros escritos donde leer y resolver complicados acertijos. No te pago para que ofendas, en mi nombre, a uno de mis mejores discipulos, un efebo que lleva la palabra «Virtud» escrita en cada uno de sus hermosos rasgos… ?No apruebo tus metodos, Heracles Pontor!

– Me temo que yo tampoco los tuyos, Diagoras de Medonte. Parecia que, en vez de interrogarlos, estabas componiendo un ditirambo en honor de los dos muchachos, y todo porque te parecen muy bellos. Creo que confundes la Belleza con la Verdad…

– ?La Belleza es una parte de la Verdad!

– Oh -dijo Heracles, e hizo un gesto con la mano indicando que no queria iniciar en aquel momento una conversacion filosofica, pero Diagoras volvio a tirar de su manto.

– ?Escuchame! Tu eres tan solo un miserable Descifrador de Enigmas. Te limitas a observar las cosas materiales, juzgarlas y concluir: esto ocurrio de este modo o de este otro, por tal o cual motivo. Pero no llegas, ni llegaras nunca, a la Verdad en si. No la has contemplado, no te has saciado con su vision absoluta. Tu arte consiste unicamente en descubrir las sombras de esa Verdad. Antiso y Eunio no son criaturas perfectas, como

Вы читаете La Caverna De Las Ideas
Добавить отзыв
ВСЕ ОТЗЫВЫ О КНИГЕ В ИЗБРАННОЕ

0

Вы можете отметить интересные вам фрагменты текста, которые будут доступны по уникальной ссылке в адресной строке браузера.

Отметить Добавить цитату