A Elisa le producia un mareo placentero aquella paradoja. Le ocurria lo mismo siempre que vislumbraba un destello de la extraneza del mundo. ?Como era posible que la realidad estuviese hecha, en su diminuta intimidad, por locuras semejantes a trozos de cuerdas con extremos que no eran extremos?

En todo caso, creia conocer la respuesta a la pregunta que formulaba Blanes. Ni siquiera necesito escribirla en su cuaderno: ya la habia desarrollado en casa y las conclusiones flotaban dentro de su cabeza.

Tragando saliva, pero segura de si misma, decidio afrontar el riesgo.

Veinte pares de ojos estaban clavados en la pizarra, pero solo una mano se alzo de inmediato.

La de Valente Sharpe.

– Cuentenos, Valente -sonrio Blanes.

– Si existieran bucles en los segmentos intermedios de cada cuerda, podriamos identificarlas mediante cantidades discretas de energia. Incluso aislarlas, si la energia fuese suficiente para separar los bucles. Es decir… -y siguio un torrencial chorro de lenguaje matematico.

Hubo un silencio cuando la explicacion finalizo. La clase entera, incluyendo a Blanes, parecia estupefacta.

No era Valente quien habia contestado. A guisa de muneco de ventrilocuo, el joven habia abierto la boca para hablar, pero una voz distinta habia tomado la palabra a dos puestos de distancia a su izquierda, interrumpiendole.

Todos miraron a Elisa. Ella solo miraba a Blanes. Podia oir los latidos de su corazon y sentia calor en las mejillas, como si en vez de ecuaciones hubiese estado murmurando frases de amor. Se quedo esperando las consecuencias mientras soportaba aquellos parpados entornados fijos en ella (la tipica manera de mirar de Blanes, que le recordaba a la del viejo actor de Hollywood Robert Mitchum) con una calma que a ella misma le resultaba inconcebible. Sin embargo, lo que en otras situaciones constituia su principal defecto, su caracter apasionado, le servia ahora de ventaja: creia tener razon, y pensaba luchar por eso fuera cual fuese el oponente.

– No creo haberla visto pedir la palabra, senorita… -dijo Blanes con voz tan inexpresiva como su rostro, pero con cierto matiz de dureza. El silencio se hizo mas denso.

. -Robledo -replico Elisa-. Y no me ha visto pedir la palabra porque no la he pedido. Llevo mas de una semana pidiendola y usted parece no verme, asi que hoy he preferido hablar.

Los cuellos giraban hacia Blanes o Elisa por turno, con tanto afan como si se tratara de ver a dos grandes tenistas disputar los ultimos segundos de un set decisivo. Entonces Blanes se volvio de nuevo hacia Valente y sonrio.

– Cuentenos, por favor, Valente -pidio otra vez.

Con su notoria delgadez y la blancura angulosa de su piel, como una estatua de hielo sentada en un pupitre, Valente respondio de inmediato, en voz alta y clara.

Mientras contemplaba su demacrado perfil, Elisa quedo admirada de un simple detalle: aunque Valente respondio lo mismo que ella, lo hizo de manera particular, con otras palabras, dando la impresion de que eso era lo que habia pensado decir en un principio, sin tener en cuenta para nada la respuesta de ella, incluso incurriendo en un ligero error de variables que Blanes se apresuro a corregir. Defiende lo suyo, como yo -penso complacida-. Estamos empatados, Valente Sharpe.

Cuando Valente acabo su exposicion, Blanes dijo: «Muy bien. Gracias». Luego bajo la vista y contemplo un espacio entre sus pies.

– Esto es un curso para licenciados en fisica teorica -agrego con suavidad, con su voz enronquecida-. Es decir, para personas adultas. Si alguno de ustedes quiere manifestar otra reaccion infantil, rogaria que lo hiciera fuera de aqui, por favor. No lo olviden. -Y, volviendo a alzar la mirada, no ya hacia Valente o Elisa sino hacia toda la clase, anadio, en el mismo tono-: Al margen de esto, la solucion ofrecida por la senorita Robledo es exacta y brillante.

Elisa sintio escalofrios. Me nombra a mi sola porque fui la primera en decirlo. Recordo una frase de uno de sus profesores de optica: «En ciencia puedes permitirte ser un hijo de puta, pero debes intentar serlo antes que los demas». Sin embargo, no experimento especial placer, ni siquiera alegria. Por el contrario, una amarga oleada de verguenza la anego.

Observo de reojo el impasible perfil de Valente Sharpe, que nunca la miraba, y se sintio miserable. Enhorabuena, Elisa: hoy has sido la primera hija de puta.

Bajo la cabeza y disimulo las lagrimas haciendo visera con la mano.

Estaba tan aturdida por lo sucedido que apenas le preocupo encontrar un nuevo correo de «mercuryfriend» al llegar a casa. Como sabia que, hiciera lo que hiciese, el archivo adjunto se cargaria en la pantalla, lo abrio tal cual. Comenzaron a desfilar las imagenes.

Iba a apartar la vista cuando se dio cuenta de la diferencia. Mezcladas con las figuras eroticas habia otras: un hombre caminando encorvado bajo el peso de una piedra sobre los omoplatos, un soldado con uniforme de la Primera Guerra Mundial llevando a una chica en un sillin a su espalda, un bailarin encaramado sobre los hombros de otro… Al final, en letras rojas sobre fondo negro, aparecio una nueva y enigmatica frase: «SI ERES QUIEN CREES SER, LO SABRAS».

?De que iba aquel anuncio? Elisa se encogio de hombros sin entender y apago el ordenador, aunque una idea muy vaga la mantuvo inmovil frente a la pantalla unos cuantos segundos mas.

Decidio que se trataba de un detalle banal (algo que habia olvidado y pugnaba por recordar). Ya se acordaria.

Se quito la ropa y se dio una ducha calida y prolongada que termino de relajarla. Para cuando salio del bano ya habia olvidado todo lo relacionado con el mensaje y solo pensaba en lo, ocurrido en clase. Se sentia espoleada por el desprecio que Blanes le manifestaba. ?No quieres caldo? Tres tazas. Sin pensar siquiera en vestirse, extendio la toalla en la cama, se echo encima con apuntes y libros y se puso a realizar ciertos calculos que se le habian ocurrido para el trabajo que debia entregar.

Al curso solo le quedaban cinco dias. Coincidiendo con la ultima sesion se habia programado un simposio internacional de dos dias en el Palacio de Congresos al que asistirian algunos de los mejores fisicos teoricos del mundo, como Stephen Hawking o el propio Blanes. Para entonces cada alumno tendria que haber entregado un estudio sobre las posibles soluciones a los problemas que planteaba la teoria de la secuoya.

Elisa sometio a prueba una idea nueva. Los resultados no parecian claros, pero el simple hecho de tener un camino que recorrer le devolvio la calma.

Por desgracia, perdio toda la calma poco despues.

Fue cuando salio a comer algo. En ese instante se topo con su madre, que cumplia con su deber de hacerle mas dificil la vida.

– Vaya. Pense que no habias llegado aun. Como te metes en tu habitacion y ni siquiera te preocupas de saludar…

– Pues ya ves. He llegado.

Se habian encontrado en el pasillo. Su madre, perfectamente vestida y peinada, olia a esa clase de perfumes cuyos anuncios ocupaban una pagina entera en revistas de moda y casi siempre mostraban a mujeres desnudas. Elisa, por su parte, se habia echado un viejo albornoz por encima y sabia que parecia lo de siempre: un adefesio. Supuso que su madre diria algo al respecto y no se equivoco.

– Al menos podrias ponerte un pijama y peinarte un poco. ?Aun no has comido?

– No.

Se dirigio descalza a la cocina y recordo a tiempo cerrarse el albornoz cuando vio a «la chica». Los platos, cubiertos con plasticos protectores, estaban, como siempre, artisticamente preparados. Asi lo exigia Marta Morande, baronesa de Piccarda. Elisa se habia hartado de pedir comidas sencillas que pudiera comer con los dedos, para mayor rapidez, pero oponerse a las decisiones maternas era como darse de cabezazos contra un muro. En aquella ocasion habia risotto. Comio hasta que la molesta sensacion en su estomago desaparecio. De repente la asalto otra idea, y se dedico a jugar con el tenedor y beber agua sentada en la cocina, extendiendo sus largas piernas, desnudas y morenas, mientras su cerebro embestia de nuevo las inexpugnables ecuaciones desde diversos angulos. Apenas si fue consciente de que su madre habia entrado en la cocina y solo se percato cuando su voz la distrajo.

– … una persona muy simpatica. Dice que el hijo de su amiga ha sido companero tuyo en la universidad. Hemos estado hablando mucho sobre ti.

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