Miro a su madre con ojos completamente vacios.
– ?Que?
– Su nombre no te sonaria. Es una clienta nueva, y muy, muy bien relacionada… -Marta Morande hizo una pausa para ingerir las pastillas adelgazantes que tomaba al medio dia con un vaso de agua mineral-. Me dijo: «?Es usted la madre de esa chica? Pues dicen que su hija es un genio». Aunque te moleste, te dire que presumi de ti con orgullo. Pero lo tuve facil, porque la senora estaba que alucinaba contigo: queria saber como era la convivencia con un genio de las matematicas…
– Ya. -De inmediato habia comprendido por que su madre se hallaba tan feliz. Los logros de Elisa solo le gustaban cuando podia presumir de ellos en su salon de belleza, ante una «
– «Y ademas, es guapisima, segun me han contado», me dijo. Yo le dije: «Si, es la chica perfecta».
– Podrias ahorrarte las ironias.
Inclinada ante la nevera abierta, Marta Morande se volvio y la miro.
– Pues veras, si te soy sincera…
– No, por favor, no lo seas.
– ?Puedo decir algo? -Elisa no contesto. Su madre se alzo mirandola con fijeza-. Cuando me hablan tan bien de ti, como han hecho hoy, me siento orgullosa, si, pero no puedo evitar pensar como seria todo si, ademas de ser perfecta, te esforzaras por parecerlo…
– Para eso ya estas tu -replico Elisa-. Eres… ?Como lo llama ese libro de psicologia religiosa que lees? ?
Pero Marta Morande prosiguio, como si no hubiese oido:
– Mientras escuchaba las maravillas que me decia esa senora sobre ti, estaba pensando: «Que opinaria si supiera lo poco que mi hija lo aprovecha todo…». Hasta me dijo que, sin duda, te lloverian ofertas de trabajo, ahora que has acabado la carrera…
Se puso en guardia. Eso era terreno pantanoso y llevaba, sin remedio, a la cienaga de una amarga discusion. Sabia que su madre estaba deseosa de que sus estudios «sirvieran» para algo, de verla ocupar algun tipo de puesto en algun tipo de empresa. Nada teorico encajaba en la mentalidad de Marta Morande.
– ?Adonde vas?
Elisa, que habia iniciado la retirada, no se detuvo.
– Tengo cosas que hacer. -Empujo las puertas batientes y salio de la cocina al tiempo que oia:
– Yo tambien tengo cosas que hacer, y, ya ves, de vez en cuando pierdo el tiempo contigo.
– Es tu problema.
Cruzo el salon casi corriendo. Al ir a salir por la otra puerta tropezo con «la chica» y fue consciente de que llevaba el albornoz abierto, pero no le importo. Oyo los pasos de tacon a su espalda y decidio volver a enfrentarse a ella en el corredor.
– ?Dejame en paz! ?Quieres?
– Por supuesto -replico su madre friamente-. Es lo que mas deseo hacer en este mundo. Pero se da la circunstancia de que tu tambien debes ir pensando en dejarme en paz…
– Te juro que lo intento.
– … y mientras no podemos dejarnos en paz mutuamente, te recuerdo que estas viviendo en mi casa y debes acatar mis reglas.
– Claro, lo que tu digas. -Era inutil: no tenia fuerzas ni deseos para luchar. Dio media vuelta, pero se detuvo al oirla de nuevo.
– ?Que opinion tan distinta tendria la gente de ti si supieran la verdad!
– Dimela tu -la desafio.
– Que eres una nina -dijo su madre sin alterarse. Nunca levantaba la voz: Elisa sabia que ella era buena calculando en matematicas, pero para el calculo de las emociones nadie supe raba a Marta Morande-. Que tienes veintitres anos y aun eres una nina que no se preocupa por su aspecto, ni por conseguir un trabajo estable, ni por relacionarse con otras personas…
– ?Quieres que te pague el alojamiento? -murmuro apretando los dientes.
Su madre callo un instante. Pero replico con perfecta calma:
– Sabes que no es eso. Sabes que solo deseo que vivas en el mundo, Elisa. Y aprenderas tarde o temprano que el mundo no es acostarte en esa pocilga de habitacion a estudiar matematicas, o pasearte casi desnuda por la casa mientras comes…
Cerro de un portazo cercenando aquella voz inflexible.
Paso un tiempo indeterminado apoyada en la puerta, como si su madre tuviera la intencion de echarla abajo de un empujon. Pero lo que oyo fueron los lujosos tacones alejandose, perdiendose en el infinito. Entonces contemplo los papeles y libros llenos de ecuaciones y dispersos por su cama y se tranquilizo un poco. Tan solo verlos le resultaba relajante.
De repente se quedo mirandolos absorta.
Creia comprender que significaban aquellos mensajes.
Se sento al escritorio, cogio papel, regla y lapiz.
Realizo un esbozo repitiendo el mismo patron: un muneco llevaba a otro sentado sobre el hombro. Entonces, con un lapiz mas fino, trazo tres cuadrados que abarcaban a las figuras dejando en el centro un area triangular. Contemplo el resultado.
Con una goma nueva borro cuidadosamente las figuras procurando modificar lo menos posible las lineas que habia trazado debajo. Por ultimo, completo los segmentos que habia borrado sin querer:
Cualquier estudiante de matematicas conocia bien aquel diagrama. Se trataba del celebre postulado numero cuarenta y siete del primer libro de los
A lo largo de los siglos la prueba de Euclides se habia popularizado entre los matematicos con dibujos simbolicos alusivos, entre los cuales destacaba el de un soldado llevando a su novia a la espalda en una silla: aquel dibujo -la «silla de la novia» lo llamaban- le habia dado la clave. Comprendio que el resto de las figuras tenian que haber sido entresacadas de un libro de arte relacionado con las matematicas (?no con el erotismo!). Incluso recordo haber visto un libro asi en cierta ocasion.
Se estremecio. ?Podia ser cierto lo que imaginaba?
Nadie que no tuviese conocimientos matematicos profundos habria establecido tal conexion entre las figuras. El anonimo remitente queria decir que solo alguien como ella hubiese sido capaz de dar con la solucion. La conclusion le parecio obvia.
Pero ?que significaba?
El vertigo de aquella nueva idea y las posibilidades que encerraba la aturdieron.
Encendio el ordenador, abrio el navegador y entro en la red. Accedio a la pagina de mercuryfriend.net y reviso la lista de anuncios de bares y clubes.
Se le seco la boca.
