El anuncio del club «Euclides», en apariencia, era como los demas. Mostraba el nombre del local en grandes letras rojas y anadia: «Lugar selecto para un encuentro intimo». Pero habia algo escrito debajo:

Viernes 8 de julio, a las 23.15,

recepcion especial: ven y hablemos. Te interesa.

Le costaba esfuerzo respirar.

El viernes 8 de julio era ese mismo dia.

8

– Ignoraba que fueses a salir esta noche -dijo su madre mientras hojeaba una revista frente al televisor, escudrinandola por encima de las gafas de lectura.

– He quedado con un amigo -mintio. O quiza no. Aun no lo sabia.

– ?Con ese estudiante de periodismo?

– Si.

– Me alegro. Te conviene conocer gente.

Elisa estaba sorprendida. La semana anterior habia hecho un comentario sobre Javier Maldonado, una frase banal en medio de los amplios silencios que surgian entre ambas. Habia creido que su madre ni siquiera la habia oido, pero ahora comprobaba lo equivocada que estaba. Le intrigo aquel detallado interes materno: siempre habia supuesto que a ninguna de las dos le importaba lo que hiciese la otra, o con quien lo hiciese. Da igual, de cualquier forma tambien es mentira. Aun la oyo decir algo mas (quiza: «Que lo pases bien») mientras abria la puerta de la calle. Sonrio ante aquella ultima cortesia, ya que ignoraba como iba a «pasarlo», ni siquiera sabia exactamente adonde se dirigia.

Porque el club Euclides no existia.

La direccion, en una pequena calle de Chueca, era correcta, pero en ninguna guia general o especializada habia podido hallar referencias sobre un bar o club de ese nombre en esa u otra direccion de Madrid. Paradojicamente, constatar aquel hecho habia renovado su confianza en la supuesta cita.

Su razonamiento era el siguiente: si el local hubiese sido autentico, el cumulo de coincidencias -el mensaje, la pagina web, la clave de «Euclides», la existencia del club- habria resultado sospechosamente excesivo. Pero la circunstancia de que no viniera en las guias desperto su curiosidad; mas aun cuando comprobo que los otros tugurios si se correspondian con lugares reales. Quiza ello significaba, tan solo, que todo se trataba de una fantasia. O quiza indicaba que su anonimo remitente habia trazado un habil plan con el nombre de Euclides para hacerla acudir a un sitio concreto en una hora determinada. Pero ?por que? ?Quien podia ser y que pretendia?

Cuando salio de la estacion de metro de Chueca al aire caluroso de la calle, y se hallo en medio de la barahunda de jovenes, razas y sonidos que poblaban los pequenos reductos, no pudo evitar cierto desasosiego. Era una sensacion que no radicaba en nada concreto (porque tampoco esperaba ni temia nada concreto), pero que produjo en su espalda, bajo la camiseta y la ligera rebeca que llevaba, un leve hormigueo. Se alegro de que su atuendo, completado con los vaqueros rotos, no resultara precisamente llamativo en aquella zona.

La direccion correspondia con el final de una de las pequenas calles que partian de la plaza, y estaba encajada entre dos portales. Se trataba de un bar, un club o ambas cosas, pero no se llamaba Euclides. Al neon de su verdadero nombre le faltaban letras, aunque eso no intereso a Elisa. En lo que si se fijo fue en su aspecto: dos puertas batientes y oscuras, de cristal opaco. Por lo demas, no parecia ningun escondite secreto, ningun garito clandestino dedicado a atraer, mediante subterfugios matematicos, a jovencitas graduadas en fisica teorica para someterlas a crueles vejaciones. La gente entraba y salia, los Chemical Brothers resonaban en las profundidades, no parecia haber gorilas que controlaran a la clientela. En su reloj de pulsera daban las once y diez. Decidio entrar.

Habia una escalera con un recodo. Al doblar este ultimo podia vislumbrarse una aceptable panoramica. El salon, no muy espacioso, estaba atestado, de modo que parecia aun mas pequeno. Las unicas luces se concentraban en una barra al fondo y eran rojas, por lo que en las zonas mas alejadas solo se vislumbraban mitades de cabellos, brazos, muslos y espaldas rojizos. La musica atronaba de tal manera que Elisa estaba segura de que, de interrumpirse bruscamente, los oidos de todo el mundo seguirian zumbando durante horas. Al menos el aire acondicionado tenia cierto empeno en trabajar a toda potencia. ?Y que mas debo hacer, senor Euclides?

Termino de descender y se agrego a las sombras. Costaba esfuerzo avanzar sin tocar ni ser tocado. Quiza la cita sea en la barra. Se dirigio hacia alli sin importarle usar las manos para apartar a la gente.

De pronto alguien uso las manos con ella. Un ferreo apreton en su brazo.

– ?Ven! -Oyo aquella voz-. ?Rapido!

La sorpresa la dejo aturdida, pero obedecio.

Todo se transformo entonces en una veloz sucesion de imagenes. Se dirigieron al fondo del local, donde estaban los aseos, subieron otra escalera, mas angosta que la de entrada, y accedieron a un corto pasillo con una puerta al fondo. Esta mostraba una barra de apertura y un cerrador neumatico sobre cuyo dintel destacaba el letrero de «Exit». Cuando la alcanzaron, el presiono la barra y la abrio unos milimetros. Observo el exterior, la cerro. Luego se volvio hacia ella.

Elisa, que lo habia seguido como atada por un collar a su mano, se pregunto que iba a suceder. Dadas las circunstancias, esperaba cualquier cosa. Pero la pregunta que escucho desbordo todas sus expectativas. Creyo haber oido mal.

– ?Mi telefono movil?

– Si. ?Lo llevas encima?

– Si, claro…

– Dejamelo.

Boquiabierta, introdujo la mano en el bolsillo de los vaqueros. Apenas habia sacado el pequeno aparato cuando el se lo arrebato.

– Quedate aqui y mirame.

Ella sostuvo la puerta mientras el salia. Se asomo el tiempo justo de verle atravesar la estrecha calle y (apenas logro creerlo) arrojar su movil a una papelera cenida a un poste. Luego regreso y cerro la puerta.

– ?Has visto bien donde lo deje?

– Si, pero ?que…?

El se llevo un indice a los labios.

– Sssh. No tardaran.

Durante la pausa que siguio, ella lo miro a el y el miro hacia la calle.

– Ahi vienen -dijo de repente. Habia bajado la voz hasta convertirla en un susurro-. Acercate despacio. -Sintio otra vez la necesidad de obedecerle, pese a que lo que menos deseaba era acercarse-. Fijate.

A traves de la hendidura de la puerta lo unico que pudo ver fue un coche de motor rugiente que en aquel momento atravesaba la calle y, en la acera de enfrente, un hombre introduciendo la mano en la papelera. Otro coche paso, y luego otro. Cuando su campo visual quedo libre, pudo comprobar que el hombre habia sacado un objeto y lo limpiaba con sacudidas que revelaban cierto enfado. No necesito aguzar la vista: se trataba de su movil, sin duda alguna; el hombre lo habia abierto dejando en libertad la familiar lucecita azul de la pantalla. Era un tipo desconocido, calvo, con camisa de manga corta y (casi para su sorpresa) sin bigote.

De repente el hombre giro la cabeza hacia ellos. Todo volvio a oscurecerse.

– No queremos que nos vean, ?verdad? -dijo el junto a su oido tras cerrar la puerta-. Seria estropear un bonito plan… -Entonces sonrio de una forma que hizo que Elisa se sintiera incomoda-. Deberia comprobar si llevas otros micros encima… Quiza escondidos en la ropa, o en algun rincon de tu anatomia… Pero ya habra tiempo esta noche de estudiarte exhaustivamente.

Ella no respondio. No sabia que la impresionaba mas: si el tipo que acababa de ver rescatando su movil de la

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