Al menos, eso era lo que creia en aquella feliz epoca.
– Si -contesto con voz firme, esperando oir cualquier cosa.
Pero lo que oyo la dejo completamente paralizada. Cuando colgo, se quedo mirando a Victor con cara de tonta.
Su madre, cosa excepcional, cancelo todas las citas en
La mayor alegria la recibio cuando vio a Victor. Fue el unico companero que acudio a despedirla. No la beso, pero palmeo su espalda.
– Te felicito -dijo el-, aunque aun no comprendo como lo conseguiste…
– Ni yo -admitio Elisa.
– Pero era logico. Que os eligiera a los dos, quiero decir: fuisteis los mejores del curso…
Ella sentia un nudo en la garganta. Su felicidad no tenia ni una sola nube: ni siquiera pensaba en Valente, a quien, sin duda, encontraria en Zurich. A fin de cuentas, ninguno de los dos habia ganado la apuesta. Estaban empatados, como siempre.
Faltaba mas de media hora para que el avion despegara, pero ella queria esperar en la puerta de embarque. En un momento dado, frente al escaner de control de pasajeros, madre e hija se miraron en silencio, como decidiendo cual de las dos daria el siguiente paso. De repente Elisa tendio los brazos y rodeo el perfumado y elegante cuerpo. No queria llorar, pero mientras lo pensaba las lagrimas resbalaban por sus mejillas. Tomada por sorpresa, Marta Morande la beso en la frente. Un contacto leve, frio, discreto.
– Que seas muy feliz y que todo te vaya bien, hija.
Elisa agito la mano y paso el bolso a traves del escaner.
– Llama y escribe, no te olvides -le decia su madre.
– Mucha, mucha suerte-repetia Victor. Incluso cuando ella dejo de oirlo le parecio, por el movimiento de sus labios, que seguia diciendo lo mismo.
A partir de ese instante las caras de Victor y de su madre quedaron atras. Por la ventanilla del avion contemplo Madrid desde la altura y se le antojo que aquello significaba un nuevo capitulo en la historia de su vida.
Sonrio y cerro los ojos, gozando de la sensacion.
Anos despues llegaria a pensar que, de haber sospechado lo que le aguardaba tras ese viaje, no habria tomado aquel avion, ni respondido la llamada del movil ese domingo.
De haberlo siquiera imaginado, habria regresado a casa y se habria encerrado en la habitacion tras clavar puertas y ventanas, permaneciendo oculta para siempre.
Pero en aquel momento lo ignoraba todo.
III LA ISLA
La isla esta llena de ruidos.
WILLIAM SHAKESPEARE
12
Los ojos la observaban fijamente mientras se movia desnuda por la habitacion.
Fue entonces cuando tuvo el primer presentimiento, un leve espectro de lo que mas tarde sucederia, aunque en aquel momento ni siquiera supiese que se trataba de eso. Solo despues llego a comprender que aquellos ojos eran un preambulo. En realidad, los ojos no eran la oscuridad: eran la puerta de la oscuridad.
No empezo a inquietarse hasta que la llevaron a la casa. Hasta ese instante todo habia resultado normal, incluso divertido. Que un tipo bien trajeado la estuviera esperando en el aeropuerto de Zurich con un cartel donde se leia su nombre lo considero una muestra de la pulcritud suiza. Reprimio la risa al pensar, mientras seguia las firmes zancadas del hombre, que lo habia confundido al principio con algun colega y casi se habia sentido dispuesta a debatir con el los grandes problemas de la fisica. Pero se trataba del chofer.
El viaje en el Volkswagen oscuro fue placentero, con ese color del paisaje tan distinto de los descampados de oro que cenian Madrid. Le parecia descubrir un millar de tonos verdes diferentes, como aquellos lapices con los que, de nina, emborronaba los cuadernos de dibujo (?no eran lapices suizos?). Ya conocia un poco aquel pais: durante la carrera habia pasado unas semanas en el CERN, el Centro Europeo de Investigacion Nuclear, en Ginebra. Ahora sabia que se dirigian al Laboratorio Tecnologico de Investigacion Fisica de Zurich, en cuya residencia tenia una habitacion reservada. Nunca habia estado en el famoso laboratorio donde habia nacido la «teoria de la secuoya», pero habia visto innumerables fotos del edificio.
Por eso fruncio el ceno cuando comprobo que no la llevaban alli.
Debian de estar a pocos kilometros al norte (ella habia leido «Dubendorf» en uno de los letreros), y aquello parecia una finca con bonitos arboles, cesped bien recortado y coches lujosos estacionados en la entrada.
Si el nombre y el castellano que chapurreaba no lo hubiesen delatado, Cassimir habria dispuesto de otras cualidades para hacerle saber que era cualquier cosa menos espanol: su complexion de armario empotrado dotado de vida, su pelo dorado, su piel pintada de un blanco anglosajon que contrastaba con el jersey de cuello vuelto negro y los pantalones grises. Cumplia a la perfeccion su papel de felpudo con la palabra «Bienvenida» grabada encima. ?Habia tenido buen viaje? ?Habia estado antes en Suiza? Al tiempo que le hacia esas y otras preguntas corteses, la hizo pasar a un despacho luminoso y la invito a sentarse frente a un escritorio de madera de cerezo. Detras del asiento de Cassimir, una ventana se abria al soleado dia suizo, y a la izquierda de Elisa (a la derecha de Cassimir) un largo espejo replicaba la habitacion mostrando otra Elisa de ondulado cabello negro, camiseta rosa de tirantes rotulando la piel morena por encima de los tirantes blancos del sujetador (su madre odiaba aquellos contrastes «vulgares»), cenidos vaqueros y zapatillas deportivas, y otro enorme Cassimir de perfil, las gigantescas manos entrelazadas. Ella sofoco la risa: habia recordado un video erotico que se habia bajado por Internet cierta vez, en el que una chica era invitada a desnudarse en el despacho de un productor de peliculas porno mientras era observada desde el otro lado del espejo.
– El profesor Blanes no se encuentra aqui. -Cassimir habia sacado dos clases de papeles, unos blancos y otros
