– No, no se quedara. En cuanto firme sera trasladada a otro lugar. ?Ha leido el epigrafe «Aislamiento y filtros de seguridad»?

– La segunda pagina del grupo azul -la ayudo Cassimir, interviniendo por primera vez en la nueva conversacion.

– El aislamiento sera completo -dijo Harrison-. Todas las llamadas que haga, todos los contactos con el exterior a traves de cualquier medio, deberan pasar por un filtro. En lo que al mundo respecta, e incluyo a familiares y amigos, usted seguira en Zurich. Cualquier imprevisto que surja derivado de esta situacion sera responsabilidad nuestra. Usted no tendra que preocuparse, por ejemplo, de que su familia o amigos la visiten por sorpresa y descubran que no esta: nos encargaremos nosotros.

– Cuando dice «nosotros», ?a quien se refiere?

El hombre sonrio por primera vez.

– Al senor Carter y a mi. Nuestra mision es procurar que usted solo tenga que pensar en ecuaciones. - Consulto su reloj de pulsera-. El tiempo de las preguntas se ha agotado. ?Firmara o aguardara aqui el proximo avion hacia Madrid?

Elisa contemplo los papeles sobre la mesa.

Tenia miedo. Un miedo que al principio califico como «normal» -cualquiera en su situacion lo tendria-, pero que luego comprendio que ocultaba algo mas. Como si una voz mas sabia dentro de ella le gritara: No lo hagas.

No firmes. Vete.

– ?Puedo leer todo esto mas despacio mientras me tomo un vaso de agua? -dijo.

Las experiencias misteriosas pueden resultar imborrables, pero, al mismo tiempo, y paradojicamente, los detalles que recordamos sobre ellas quiza sean nimios, inconexos y hasta estupidos. Nuestro grado de alteracion nos graba a fuego en la memoria determinadas percepciones, pero a la vez impide que estas sean las mas adecuadas para describir objetivamente el conjunto.

De aquel primer viaje, embriagada por los nervios, Elisa albergaba escenas triviales. Por ejemplo, la discusion que mantuvo Carter, el hombre corpulento (que fue quien la acompano, porque a Harrison no volvio a verlo hasta mucho despues), con uno de sus subordinados mientras subian al avion de diez plazas que les aguardaba aquel mediodia en el aeropuerto de Zurich, discusion surgida, al parecer, por la obsesiva duda de si «Abdul se encontraba en su puesto» o si «Abdul se habia marchado» (nunca supo quien era Abdul). O las manos grandes, peludas y venosas de Carter, sentado al otro lado del pasillo del avion mientras sacaba del maletin un dossier. O el olor a flores y gasoleo (si tal mezcla era posible) del aeropuerto en el que aterrizaron (le dijeron que pertenecia a Yemen). O el divertido momento en que Carter tuvo que ensenarle a ponerse el chaleco salvavidas y atarse el casco mientras subian al enorme helicoptero que aguardaba en una pista apartada: «No se asuste, son normas de seguridad en los vuelos largos con helicopteros militares». O el pelo cortado a cepillo de Carter y su ligera barba espolvoreada de canas. O sus maneras algo bruscas, sobre todo cuando daba ordenes por telefono. O el calor que sintio con el casco puesto.

Todas y cada una de aquellas insignificancias constituyeron su experiencia del dia mas corto y la noche mas larga de su vida (viajaban hacia el este). Con aquellas piezas tuvo que apanarse a lo largo de los anos para reconstruir un trayecto de mas de cinco horas, entre avion y helicoptero.

Pero, de entre todos los recuerdos que el acido del tiempo fue disolviendo, uno se mantuvo indeleble, nitido hasta el fin, y ella lo recuperaba intacto cada vez que rememoraba aquella aventura.

La palabra que figuraba en la portada del dossier que extrajo Carter de la maleta.

Mas que ninguna otra cosa, aquella curiosa expresion fue su resumen visual del dia. Y los acontecimientos posteriores harian que no la olvidara jamas.

«Zigzag.»

13

«Imagine el que quiera entender cuanto vi»: la curiosa frase figuraba, en ingles, al pie de un dibujo que mostraba a un hombre contemplando dos circulos de luces en el cielo. Estaba buscando algo de ropa que ponerse cuando aquel dibujo llamo su atencion. Se hallaba en una pegatina adosada a la pared del cabecero de su cama, pero no se habia fijado en el hasta entonces.

Fue en ese momento.

No se trato de un pensamiento racional, sino de una especie de sensacion fisica, un calor en las sienes. Estaba desnuda, y eso agudizo su alarma. Volvio la cabeza y miro hacia la puerta.

Y vio los ojos.

No era que no lo hubiese esperado. Le habian avisado de que tal eventualidad podia llegar a producirse: en Nueva Nelson no iba a gozar precisamente de su amada vida intima. Se lo habia dicho la senora Ross la noche anterior, al recibirla en el terreno arenoso donde el helicoptero se habia posado (es decir, aquella misma noche, las horas se mezclaban en su cabeza). La senora Ross habia estado, en verdad, muy amable, incluso afectuosa: Su sonrisa, mientras la aguardaba al pie del helicoptero, alcanzaba a rozar los dorados pendientes en forma de trebol que llevaba en cada lobulo. Le tendio ambas manos.

– Welcome to New Nelson! -exclamo en tono entusiasta cuando se alejaron del ensordecedor rugido de las aspas, como si todo aquello se tratara de una gran fiesta y ella fuese la encargada de atender a los invitados y organizar los juegos.

Pero no era una fiesta. Era un lugar muy oscuro y calido, especialmente oscuro y calido, donde flotaban luces de reflectores iluminando esqueletos de alambradas. Una brisa marina como jamas habia sentido antes en ninguna playa desordeno su pelo y, pese a que tenia los oidos taponados, percibio extranos rumores.

– Estamos a unos ciento cincuenta kilometros al norte del archipielago de las Chagos y a unos trescientos al sur de las Maldivas, en pleno oceano Indico -continuo la senora Ross en ingles, avanzando a saltos por la arena-. La isla la descubrio un portugues que la llamo «La Gloria», pero cuando paso a ser colonia britanica fue rebautizada como Nueva Nelson. Pertenecio al BIOT (el British Indian Ocean Territory) hasta, 1992, pero ahora forma parte de unos terrenos adquiridos por un consorcio de empresas de la Union Europea. Es un bendito paraiso, ya veras. Aunque, no creas, es mas pequena que la palma de tu mano, apenas algo mas de once kilometros cuadrados. -Habian cruzado la alambrada a traves de una verja que un soldado (no un policia, sino un soldado armado hasta los dientes; ella nunca habia pasado tan cerca de alguien que llevara armas asi) mantenia abierta. Elisa se volvio para comprobar si el senor Carter las seguia, pero solo vio a otro par de soldados junto al helicoptero que acababa de abandonar-. La conoceras bien por la manana. Supongo que estas cansada.

– No mucho. -En realidad le parecia como si hubiese olvidado que habia que hacer para cansarse.

– ?No tienes sueno?

– En mi casa… -Se interrumpio al comprender que estaba hablando en espanol. Rapidamente lo tradujo-. En mi casa suelo acostarme tarde.

– Ya veo. Pero son las cuatro y media de la madrugada.

– ?Que?

La risa de la senora Ross resultaba agradable. Elisa tambien rio al comprender su error. En su reloj no habian dado aun las once de la noche. Bromeo un poco sobre el tema: no queria que la senora Ross pensara que se trataba de una novata en cuestion de viajes, lo cual tampoco era cierto. Pero sus nervios le jugaban malas pasadas.

Caminaron hasta el ultimo barracon de una hilera de tres. La senora Ross abrio una puerta y penetraron en un pasillo iluminado por pequenas bombillas, como las usadas en las salas de cine cuando se apagan las luces. Pero lo que Elisa percibio con mas intensidad fue el cambio de temperatura, incluso de atmosfera: del pegajoso entorno del aire libre al recinto clausurado de aquellas casas portatiles. El pasillo se hallaba flanqueado de puertas con curiosas mirillas. La senora Ross abrio otra puerta al fondo, se detuvo en la primera de la izquierda, hizo girar el picaporte sin usar llave alguna y encendio las luces de un cuarto adyacente.

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