– Esta es tu habitacion. Ahora no se ve bien porque por las noches solo se deja conectada la luz del bano, pero…

– Es estupenda.

En verdad, habia pensado que viviria en una especie de «zulo». Pero el lugar era espacioso -mas tarde contaria unos buenos cinco metros de ancho y tres de largo- y estaba pulcramente amueblado con un armario, un pequeno escritorio y una cama en el centro con su mesilla. A partir de la cama la habitacion se estrechaba con la otra dependencia, cuya puerta la senora Ross se apresuro a abrir. «El cuarto de bano», dijo.

Ella se limitaba a asentir y a comentar todo lo bueno, pero la senora Ross fue al grano de inmediato, en una especie de interrogatorio «de mujer a mujer»: cuantas mudas de ropa habia traido, si usaba un champu especial, que clase de compresas necesitaba, si tenia pijama o dormia sin el, si disponia de traje de bano, etc. Luego le senalo la puerta de entrada y Elisa se percato de que tambien poseia una mirilla rectangular de cristal, al estilo de las que se veian en tantas peliculas en las celdas de los locos peligrosos. Le produjo una rara sensacion. Habia otra mirilla identica en la puerta del bano, que asimismo carecia de cerradura y pestillo.

– Son instrucciones de seguridad -le explico Ross-. Ellos lo llaman «cabinas de baja privacidad grado dos». Para nosotras lo que significa es que cualquier morboso puede espiarnos. Por suerte, estamos rodeadas de hombres serios y decentes.

Elisa cedio de nuevo a la tentacion de sonreir, pese a que aquella perdida de intimidad le provocaba un cumulo de extranas sensaciones que, en conjunto, resultaban desagradables. Pero parecia que al lado de la senora Ross nada podia ser malo.

Antes de que su anfitriona la dejara, Elisa la contemplo bajo el escrutinio de la luz del bano: regordeta y madura, quiza mas de cincuenta anos, vestida con un chandal plateado y zapatillas deportivas, perfectamente maquillada, con el pelo como recien modelado por un estilista, pendientes, anillos y pulseras dorados. Una tarjeta pellizcaba el chandal con su foto, su nombre y su cargo: «Cheryl Ross. Scientific Section».

– Me da pena haberla hecho levantarse de madrugada a causa de mi llegada -se excuso Elisa.

– Para eso estoy. Ahora debes descansar. Manana, a las nueve y media (bueno, dentro de cuatro horas mas o menos), habra una reunion en la sala principal. Pero antes puedes ir a la cocina a desayunar. Y cualquier cosa que precises a lo largo de estos dias, habla con Mantenimiento.

Aquella ultima frase le hizo pensar que la senora Ross aguardaba una pregunta. La complacio.

– ?Donde esta Mantenimiento?

– Estas viendo a Mantenimiento -dijo la senora Ross, en efecto complacida.

«Imagine el que quiera entender cuanto vi», decia la frase del adhesivo. Se habia inclinado para leerla cuando se percato de que no estaba sola.

Los ojos la observaban con la fijeza de los reptiles.

Comprendia que no tenia que haberse asustado de aquella ridicula forma, pero no pudo evitar dar un respingo y retroceder de un salto mientras se llevaba una mano a los pechos y otra al pubis y se preguntaba donde rayos habia dejado la toalla. Cierta parte de su conciencia, mas indulgente, la comprendia. Despues de no haber pegado ojo durante las horas de descanso debido a los estresantes acontecimientos (ayer estaba en Madrid despidiendome de mi madre y Victor, y esta manana estoy en pelotas en una isla en mitad del Indico, por Dios), la fatiga habia hecho mella en ella mermando su umbral nervioso. Pese a todo, el entusiasmo no la habia abandonado. Se habia levantado mucho antes de la hora prevista, tras advertir luz a traves de un rectangulo acristalado en la pared del fondo, y se habia quedado boquiabierta al asomarse por el. Una cosa es saber que estas en una isla y otra, muy distinta, contemplar un oscuro horizonte de olas movedizas mecerse brutalmente casi al alcance de tu mano, mas alla de un cerco de alambradas, palmeras y playa. Luego decidio darse una ducha, y se quito la camiseta y las bragas sin pensar en mirillas ni vigilancia de ningun tipo. El bano disponia del espacio imprescindible para que sus rodillas no rozaran la pared cuando se sentaba en el retrete, pero aun asi el agua que cayo sobre su cuerpo en el cuadrado de metal sin cortinas le parecio deliciosa, a la temperatura justa. Encontro una toalla y se seco. Salio del bano secandose y examino con el ceno fruncido la mirilla de cristal: estaba oscura. No le gustaba exhibirse, pero tampoco iba a modificar sus costumbres por eso. Arrojo la toalla a… a algun condenado lugar (?donde, joder?) y abrio la cremallera de su maleta en busca de ropa.

Entonces se fijo en la decoracion de la pared que hacia de cabecero de la cama: pegatinas y postales como puestas alli para dar un aire mas confortable al cubo forrado de aluminio que la albergaba. Se acerco para ver la que mas le atraia y, de repente, tuvo aquella rara sensacion y descubrio los ojos en la mirilla de la puerta.

Fue entonces.

Al tiempo que saltaba y se protegia como una doncella ofendida.

Justo entonces paso por su cabeza, por primera vez, un presagio de la oscuridad.

– Bienvenida a Nueva Nelson, aunque supongo que eso ya te lo han dicho.

Lo reconocio antes de verlo entrar. Penso que reconoceria aquellos ojos azul verdosos en cualquier parte: en medio del Indico, el Pacifico o el Polo Norte. Y lo mismo sucedia con su voz.

Ric Valente entro en la habitacion y cerro la puerta. Llevaba una camiseta y unas bermudas verdes bien conjuntadas, aunque ni de lejos se parecian a la clase de ropa que solia usar (como si a el tambien le hubiese pillado por sorpresa el traslado a una isla, penso ella), y sostenia dos jarras con algo humeante. S rostro huesudo estaba distendido en una sonrisa.

– Pedi una habitacion con cama de matrimonio, pero no tenian. Me contentare con verte asi cada manana. Por cierto, si buscas la toalla, esta aqui, en el suelo. -Senalo el otro lado de la cama pero no hizo ningun ademan por recogerla-. Lamento haberte asustado, pero ya sabes que aqui la intimidad esta prohibida por decreto. Esto es una especie de comuna sexual, todos gozamos de todos. La temperatura ayuda lo suyo: quitan la climatizacion por las noches. -Dejo las jarras en el escritorio y saco de sus abultados bolsillos un par de vasos de papel y cuatro triangulos de sandwich envueltos en celofan.

De pie junto a la ventana, aun cubriendose con los brazos, Elisa sintio un ligero desanimo. Valente era la unica espina clavada en medio de su felicidad. Por supuesto, el seguia siendo el mismo de siempre, con la misma intencion de humillarla de siempre, y parecia hallarse en su elemento, quiza debido a la sencillez con que habia conseguido hacerla enrojecer. Sin embargo, ya esperaba encontrarse con el tarde o temprano (bien es verdad que no esperaba estar desnuda) y, de cualquier forma, tenia otras muchas cosas en que pensar para preocuparse por algo tan infimo como que el la viera sin ropa.

Lanzo un suspiro, bajo los brazos y camino con naturalidad hacia la toalla. Valente la observaba divertido. Al final movio la cabeza con gesto evaluador.

– No esta mal, pero no te doy un diez, desde luego, ni siquiera con cuatro centesimas menos: todo lo mas, un siete. Tu cuerpo es… ?como definirlo? Demasiado abrumador, exuberante… Con mucha glandula, muchas cachas… De ser tu, yo me afeitaria las ingles.

– Me alegro de verte, Valente -replico ella con indiferencia, dandole la espalda, cubierta por la toalla. Siguio buscando en su equipaje-. Creo que tenemos una reunion a las nueve y media.

– Tendre mucho gusto en acompanarte, pero supuse que no te apeteceria tomar el desayuno junto a gente desconocida, de modo que opte por compartirlo contigo a solas. ?Prefieres de jamon y queso o de pollo?

Lo del desayuno a solas era cierto. Estaba hambrienta y no queria comenzar la manana saludando a todo el mundo.

– ?Cuando llegaste? -le pregunto, optando por el de pollo.

– El lunes. -Valente le mostro las jarras: estaban llenas de cafe hasta la mitad-. ?Con o sin azucar?

– Sin.

– Igual que yo. Comparto tu amargura.

Elisa habia sacado una camiseta de tirantes y unos pantalones cortos que, por suerte, habia metido en el equipaje para sus dias de ocio en Suiza

– ?De que va todo esto? -indago-. ?Lo sabes?

– Ya te lo he dicho: un experimento sexual. Las cobayas somos nosotros.

– Hablo en serio.

– Yo tambien. Carecemos de intimidad y estamos obligados a mirarnos el culo mutuamente dentro de jaulas metalicas en una isla del Indico con temperatura tropical. A mi eso me suena a sexo. Por lo demas, se lo mismo

Вы читаете Zigzag
Добавить отзыв
ВСЕ ОТЗЫВЫ О КНИГЕ В ИЗБРАННОЕ

0

Вы можете отметить интересные вам фрагменты текста, которые будут доступны по уникальной ссылке в адресной строке браузера.

Отметить Добавить цитату