– No he perdido -recalco.
Valente se aparto, pero no pudo escapar. Caminaron juntos hasta la salida y se encararon en el vestibulo. El aspecto de el, como siempre, hizo pensar a Elisa que llevaba sobre los hombros un letrero de neon anunciando «Aqui esta Valente Sharpe»: camisa vaquera rojo fuego de manga larga cerrada hasta el ultimo boton, cinturon y pantalones rojo burdeos, botas de piel rojizas y un aderezo de collar y pendientes dorados. La tarjeta de asistente al congreso (que Elisa habia guardado en el bolsillo) colgaba de su camisa a la altura de la tetilla proclamando su nombre entre reflejos. Tenia todo el flequillo rubio y humedo cuidadosamente colocado sobre su ojo derecho. Su tono de voz revelo cierto disgusto.
– Te he dado la primera orden: ve al bano de caballeros.
– No pienso ir.
Un destello asomo a la mirada de el, como si por dentro se burlara, aunque sus angulosas facciones seguian rigidas.
– Me parece muy cobarde por tu parte que ahora te eches atras, senorita Robledo.
– No me echo atras, senor Valente. Pagare cuando pierda.
– Esta claro que has perdido. Blanes ha dicho que tus variables de tiempo local son como caca de perro en la suela del zapato.
– Se trata de una opinion -objeto ella-. No ha demostrado nada, solo ha expresado su opinion. Pero la fisica no es cuestion de opiniones.
– Oh, vamos…
– Hay mucho en juego. Quiero asegurarme de que tu tienes razon y yo no. ?O es que eres tu quien tiene miedo de perder?
Valente la miraba sin pestanear. Ella le devolvia la mirada integramente. Al rato, el respiro hondo.
– ?Que propones?
– No voy a enzarzarme en una discusion con Blanes durante el turno de preguntas, desde luego. Pero hagamos algo. Todo el mundo sabe que Blanes decidira a quien reclutara para Zurich en funcion de los trabajos que le hemos entregado. Estoy segura de que si mi idea le parece digna de estudio, me llamara a mi. Si, por el contrario, piensa que es estupida, me rechazara. Propongo que esperemos hasta ese momento.
– Me elegira a mi -dijo Valente con suavidad-. Ve asumiendolo, querida.
– Mejor para ti. Pero ni siquiera tendria que hacerlo. Solo con que me descarte a mi, pagare.
– ?A que te refieres con «pagare»?
Elisa tomo aliento.
– Ire a donde digas y hare lo que digas.
– No te creo. Encontraras otra excusa.
– Te lo juro -dijo ella-. Te doy mi palabra. Hare lo que quieras si me rechaza.
– Estas mintiendo.
Ella lo miro con ojos brillantes.
– Me tomo esto mas en serio de lo que tu te crees.
– ?El que? ?Mi apuesta?
– Mis ideas. Tu apuesta me parece una chorrada, como todo lo que me contaste en tu casa la otra noche. Nadie nos esta «estudiando», nadie nos vigila. Lo del movil fue una casualidad: me lo devolvieron el otro dia. Creo que quieres hacerte el interesante conmigo. Pues te voy a decir una cosa. -Elisa mostro la dentadura en una amplia sonrisa blanca-. Ten cuidado, senor Valente, porque has despertado mi interes.
Valente la observaba con extrana expresion.
– Eres una tia muy especial -dijo en voz baja, como para si mismo.
– Tu, en cambio, con detalles como el del «bano de caballeros», cada vez pareces mas del monton.
– La forma de pago la decide quien gana.
– Estoy de acuerdo -convino Elisa.
De repente el se echo a reir. Era como si llevara reprimiendo aquella risa durante toda la conversacion.
– ?Eres la hostia! -Durante un rato solo repitio esa frase mientras se frotaba los ojos-. ?Eres, literalmente, la hostia! Queria probarte, a ver que hacias. Te juro que me habria mondado si hubieses ido al bano de caballeros… -Entonces la miro con algo similar a la seriedad-. Pero acepto tu desafio. Estoy totalmente seguro de que me van a elegir a mi. De hecho, diria que ya me han elegido, querida. Y cuando eso ocurra, te llamare al movil. Una sola llamada. Te dire donde tendras que ir y como, que podras llevar encima y que no, y tu obedeceras cada palabra como una perrita de concurso… Y eso solo sera el comienzo. Voy a disfrutar como nunca, te lo juro… Ya te lo he dicho: me resultas interesante, aun mas con ese caracter que tienes, y sera curioso saber hasta donde estas dispuesta a llegar… O bien comprobare lo que ya sospecho: que eres una mentirosa, una cobarde sin palabra…
Elisa aguanto el chaparron mirandolo con calma, pero por dentro su corazon latia aceleradamente y la boca se le habia secado.
– ?Quieres echarte atras? -pregunto el con seriedad fingida, mirandola con el ojo izquierdo (el derecho cubierto por un parche de pelo)-. Es tu ultima oportunidad.
– Ya hice mi apuesta. -Elisa se obligo a sonreir-. Si quieres retirarte tu…
La expresion de Valente era la de un nino que hubiera descubierto un juguete insospechado.
– Genial -dijo-. Voy a pasarmela en grande contigo.
– Ya veremos. Y ahora, si me perdonas…
– Espera -pidio Valente, y miro a su alrededor-. Ya te he dicho que estoy seguro de que voy a ganar, pero quiero ser totalmente honesto contigo. Te dire que hay detalles en este congreso que me hacen pensar que no todo es como lo pintan… Blanes y Marini parecen demasiado interesados en demostrar que su «secuoya» se ha convertido en un bonsai, pero he notado algo extrano… -Le hizo senas mientras se alejaba-. Ven si quieres verlo.
Caminaron por el vestibulo en direccion paralela a los mostradores de registro, esquivando a gente de muy diverso aspecto: extranjeros y autoctonos, profesores y alumnos, tipos con traje y corbata y tipos con camiseta y vaqueros, apariencias que intentaban imitar a sus idolos (a Elisa le hacian reir los fisicos que ostentaban una melena einsteniana) o manos que deseaban el contacto con alguna celebridad (la silla de Hawking habia desaparecido tras una nube de admiradores). De repente Valente se detuvo.
– Alli estan. Juntitos, como una familia.
Ella siguio la direccion de su mirada. En efecto, formaban un grupo aparte, como si hubiesen querido aislarse voluntariamente del resto. Identifico a David Blanes, Sergio Marini y Reinhard Silberg, asi como a un joven fisico experimental de Oxford que habia intervenido despues de Silberg, Colin Craig. Charlaban animadamente.
– Craig fue uno de mis mentores en fisica de particulas -le explico Valente-. Me animo a presentarme a la prueba de admision de Blanes… Silberg es profesor de filosofia de la ciencia y doctor en historia. Y fijate en esa tia tan alta del vestido morado que esta junto a Craig…
Hubiera sido dificil no fijarse, opinaba Elisa, porque se trataba de una mujer despampanante. Su largo pelo castano colgaba en vertical hasta el centro de las nalgas, como la punta de un lapiz, y su esplendida silueta se moldeaba con una ropa elegante aunque sencilla. Iba acompanada de una chica que parecia muy joven y ostentaba una llamativa melena albina. Elisa no conocia a ninguna de las dos. Valente agrego:
– Es Jacqueline Clissot, de Montpellier, una figura de la paleontologia mundial, ademas de antropologa. La de pelo blanco debe de ser una de sus alumnas…
– ?Que hacen aqui? No intervienen en ninguna mesa…
– Es justo lo que me pregunto yo. Creo que han venido a reunirse con Blanes. Este simposio ha sido una especie de encuentro familiar. Y entretanto, papa Blanes y mama Marini se encargan de decirle a la comunidad cientifica que no esperen que la «secuoya» florezca este ano. Se diria que su objetivo ultimo ha sido mostrar las cartas y aclarar que nadie hace trampas. Curioso, ?no? Pero no es todo.
Se alejo paseando con las manos en los bolsillos y Elisa lo siguio, intrigada a su pesar. Recorrieron el vestibulo. Por los ventanales se advertia que la luz del verano aun no habia capitulado.
– Lo mas curioso es esto -continuo el-. Coincidi con Silberg y Clissot en Oxford, hace un par de meses. Tenia que tratar con Craig un asunto, y llame a su despacho. Me abrio la puerta, pero estaba ocupado. Reconoci a
