Cientificos y filosofos han debatido sobre el tema sin llegar a un acuerdo. Ello se debe a que el tiempo parece adoptar un disfraz distinto segun como lo estudiemos, incluso como lo experimentemos. Para el fisico, la definicion de «un segundo» es el lapso exacto que transcurre entre 9192631,770 latidos de un atomo de cesio. Para el astronomo, un segundo puede equivaler a la unidad dividida entre 31556925,97474, que es el tiempo que tarda la Tierra en desplazarse trescientos sesenta grados, es decir, el ano tropico. Pero, como sabe cualquier persona que aguarda la llegada del medico que le comunicara si ha tenido exito la operacion a vida o muerte del ser que ama, un segundo de cesio o astronomico no son siempre iguales a un segundo. Los segundos pueden arrastrarse con suma lentitud en nuestro cerebro.
La idea de un tiempo subjetivo no resultaba ajena a la ciencia y la filosofia mas antiguas. Los sabios nunca habian tenido inconveniente en suponer que el tiempo psicologico podia variar segun el sujeto, y sin embargo estaban convencidos de que el tiempo fisico era unico, inmutable para todos los observadores.
Pero se equivocaban.
En 1905, Albert Einstein asesto un golpe definitivo a esa creencia con su teoria de la relatividad. No existe un tiempo privilegiado, sino tantos como lugares de observacion, y es inseparable del espacio: no se trata, pues, de una entelequia o una sensacion subjetiva, sino de un requisito indispensable de la materia.
Sin embargo, este hallazgo dista mucho de aclararlo todo y respecto de nuestro escurridizo amigo. Pensemos, por ejemplo, en el movimiento de las manecillas de un reloj. Intuitivamente sabemos que el tiempo
Por otra parte, si realmente se trata de una dimension mas, tal como afirma la relatividad, es bastante distinta de las otras tres: porque en el espacio podemos desplazarnos arriba y abajo, a izquierda y derecha y adelante y atras, pero en el tiempo solo podemos ir hacia
Muy extrano.
Con estas palabras abria el profesor Reinhard Silberg, del departamento de filosofia de la ciencia de la Technischen Universitat de Berlin, su conferencia introductoria en la sala UNESCO del Palacio de Congresos de Madrid, donde se celebraba el simposio internacional «La naturaleza del espacio-tiempo en las modernas teorias». La sala, de tamano modesto, se hallaba abarrotada de invitados y periodistas pendientes de escuchar a Silberg, Witten, Craig, Marini y a las dos grandes «estrellas» del evento: Stephen Hawking y David Blanes. Elisa Robledo asistia, tambien, por otros motivos. Queria saber si su teoria de variables locales tenia alguna posibilidad de exito, y, si no era asi, como pensaba Ric Valente cobrar su apuesta.
Estaba casi convencida de dos cosas: que no ganaria y que rechazaria todo lo que el iba a ordenarle.
La semana habia sido para ella una carrera contra el tiempo. Lo cual resultaba paradojico, teniendo en cuenta que la habia dedicado, sobre todo, a intentar estudiar el tiempo en profundidad.
En Elisa, pasion e inteligencia iban siempre de la mano. Tras el derroche emocional que le habia supuesto el encuentro con Valente, se sento a razonar y tomo una decision muy simple: tanto si estaba siendo «estudiada» como si no, con «apuesta» o sin ella, haria sus deberes. Ya habia abandonado todo intento de llegar la primera en la carrera de Blanes, pero no queria descuidar el final del curso y la realizacion del trabajo.
Se zambullo en esa tarea con denuedo. Durante varias noches solo logro dormir un par de horas seguidas. Sabia que no iba a demostrar nada con su hipotesis de la variable de tiempo local, y se inclinaba a darle la razon a Valente, que habia tachado su solucion de «peticion de principio», pero no le importaba. Un cientifico tenia que saber luchar por sus ideas aunque nadie las aceptara, se dijo.
Al principio tampoco penso en la apuesta. De hecho, y aunque el lunes casi sufrio un mareo al encontrarse cara a cara con Valente en clase (no se miraron ni se saludaron, como si nada hubiera pasado), y pese a que, a lo largo de los dias, percibio su oleaginosa presencia como un olor leve pero persistente, en ningun momento se le ocurrio preocuparse por lo que le sucederia -o lo que accederia a hacer para salvaguardar su palabra- si perdia. Habia conocido a pocos sujetos mas engreidos e infantiles que Ricardo Valente Sharpe y no le impresionaba la pueril bajeza que el habia cometido al intentar chantajearla con sus secretos de alcoba.
O, al menos, esa fue la conviccion que quiso mantener a toda costa.
Ni siquiera estaba segura ya de que la vigilaran, como Valente pretendia. El martes por la tarde la policia la habia llamado. Le dieron un buen susto, pero lo unico que querian era informarle de que habia aparecido su movil. Un probo ciudadano lo habia encontrado el viernes por la noche al ir a arrojar una tarrina de helado en una papelera de una calle de Chueca, y, sin saber a quien pertenecia, lo habia depositado en la comisaria del distrito Centro. Despues de algunas indagaciones (un movil abandonado resultaba sospechoso, incluso alarmante, le habia dicho el policia) habian averiguado a quien pertenecia.
Esa tarde, tras pasar por la comisaria, Elisa abrio el aparato en casa con un pequeno destornillador. No conocia con exactitud las tripas de un cacharro asi (lo suyo era el lapiz y el papel), pero no le parecio que hubiese ningun objeto extrano en su interior. El hombre que lo habia encontrado bien podia ser el mismo que ella habia visto desde la puerta del bar, y Valente se habria limitado a aprovechar esa coincidencia.
El miercoles se dirigio a la secretaria de Alighieri para la gestion del certificado de asistencia al curso, y de paso hizo unas cuantas preguntas. La chica que le atendio se lo confirmo todo: en efecto, Javier Maldonado era un alumno matriculado en ciencias de la informacion y existia un profesor de estadistica apellidado Espalza. ?Cabia imaginar una conspiracion urdida con tales mimbres?
Empezo a pensar que el responsable de aquel montaje no era otro que Valente. Estaba claro que deseaba establecer con ella una relacion «especial» (porque ella le resultaba… ?que habia dicho?, «muy interesante»). Era un tipo muy astuto. Sin duda favorecido por ciertas casualidades, habia tramado todo aquel cuento sobre vigilancias para amedrentarla. Curiosamente, Elisa no le tenia ningun miedo.
El viernes entrego su trabajo. Blanes lo acepto sin decir nada y se despidio de sus alumnos, emplazandolos para el simposio del dia siguiente, donde se comentarian «algunos aspectos espinosos de la teoria, como las paradojas del extremo del pasado». No menciono que tales paradojas pudiesen ser resueltas. Elisa volvio la cabeza y miro a su rival. Este sonreia sin mirarla.
De modo que alli estaba, en el simposio, para oir el dictamen de los sabios y conocer el resultado de su exotica apuesta. Sin embargo, las cosas iban a dar un giro que ella ni siquiera sospechaba.
Llevaba horas escuchando la brujeria de la fisica de finales del siglo XX, y todo le resultaba conocido: «branas», universos paralelos, agujeros negros en fusion, espacios de Calabi-Yau, desgarros de la realidad… Hubo referencias a la «secuoya» por parte de casi todos los ponentes, pero ninguna a la posibilidad de identificar las cuerdas de tiempo aisladamente resolviendo la paradoja del extremo «pasado» con variables locales. El fisico experimental Sergio Marini, colaborador de Blanes en Zurich, cuya intervencion Elisa habia esperado con ansiedad, afirmo que era preciso convivir con las contradicciones de la teoria, y cito como ejemplo los resultados infinitos de la cuantica relativista.
De pronto, en un silencio unanime de expectacion y respeto, vio deslizarse hacia la tarima la silla electrica que transportaba a Stephen Hawking.
Retrepado en su oscuro respaldo, el celebre fisico de Cambridge, poseedor de la misma catedra que Newton habia ocupado siglos atras, apenas parecia otra cosa que un cuerpo enfermo. Pero Elisa sabia la deslumbrante inteligencia que albergaba, asi como la abrumadora personalidad -que derrochaba a traves de sus ojos sumidos en grandes gafas- y la ferrea voluntad que le habian llevado, a pesar de su padecimiento neuronal, a convertirse en uno de los mas importantes cientificos del mundo. Elisa pensaba que no lo admiraba lo suficiente: Hawking era
